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domingo, 31 de mayo de 2015

De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del significante









¿Cómo divulgar sin vulgarizar? ¿Cómo hacer sencillo lo complicado? ¿Cómo dar cuenta de lo complejo sin banalizarlo? ¿Cómo hablar de Lacan sin ser un tostón, un galimatías o un cacatúa? ¿Cómo transmitir el legado de Freud a un público forastero, variopinto y jaranero, pero al que la curiosidad, si no el deseo, le empuja a asomarse al ruedo?

Estas preguntas laten y se responden en el título de este blog, Psicoanálisis en zapatillas, (o en chanclas, si hace calor), un lugar en el que poder expresarme con la naturalidad y la confianza del que está en su casa y de las que hace partícipe a sus invitados.

Todo eso está muy bien, pero hay veces que por muy cómodo que te pongas se hace muy arduo  el aplicar el viejo adagio del instruir deleitando. Hay temas que adolecen invariablemente de una insoportable pesadez del ser, metafísica o patafísica. El que voy a tutear hoy arrastra merecida fama de fárrago de postín y listón de altura, y cotiza al alza en la Academia. Podríamos titularlo De la dimensión lingüística del síntoma y otras hazañas del Significante por ejemplo, y si se animan a seguir leyendo les sugiero que se lo tomen con calma y su infusión favorita. El que avisa no es traidor.

En estos tiempos de paradigma neuroquímico tropezarse con el título de este post lo condena automáticamente a ese cibercementerio sin alma que es la desalmada papelera de reciclaje, así que si estás leyendo estas líneas quiere decir que la patera hizo costa y ahora les toca a sus maltrechos argumentos buscarse la vida en un territorio extraño y hostil, y sorteando a la policía neurociéntífica, hacerse un sitio entre los prejuicios y la ignorancia.

Hablar de la dimensión lingüística del síntoma puede sonar marciano o esotérico pero en realidad es algo tan prosaico como llamar al pan pan y al vino vino. Y es lo que nos enseñó Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana (inolvidable olvido de Signorelli) o ya en sus primeros casos clínicos, sus pormenorizados Estudios sobre la histeria donde nos  ilustra a través de un conjunto de damas y frauleins de una burguesía de balneario la lógica verbal subyacente en los malestares que les aquejaban, un surtido catálogo de algias varias, paresias y parestesias.

Concretemos. Elisabeth von R, una atribulada joven que ha sufrido sucesivamente la pérdida de su querido padre tras una larga enfermedad que ella veló abnegadamente al pie de su lecho y tiempo más tarde la de su querida hermana, admirada y felizmente casada con su cuñado que quedó viudo y al que profesaba una franca simpatía.

Tras un largo y minucioso recorrido por sus experiencias dolorosas, es a través de rastrear como un sabueso el relato de las mismas y sus asociaciones y derivas sentimentales que va a postular que su astasia-abasia es una parálisis funcional simbólica. Que los dolores de sus piernas y su incapacidad para andar son la expresión en el cuerpo de un conflicto emocional, es decir, de orden psíquico, es decir, fruto de pensamientos y deseos inadmisibles para su moral y por tanto rechazados de su conciencia.

No hace falta ser Poirot para intuir que con el cuñado había tomate. Pero no había sangre por ningún lado, ni arma del delito. Sólo un fugaz pensamiento cruzó su imaginación ante el cadáver de su pobre hermana:  “Ahora él ya está libre y puede hacerme su mujer”

Tengamos en cuenta que este es el protoFreud de 1895. Su tesis novedosa sobre la etiopatogenia de la histeria es la teoría del trauma sexual que la sujeto ha sufrido en la infancia a manos de un adulto, que sospechosamente frecuente parece el padre, y que tal representación traumática ha sido apartada (reprimida) de la conciencia, a una segunda conciencia (futuro inconsciente). Pero aquí ya se vislumbra que lo traumático va a ser el propio deseo, intolerable para sus rectos principios, y este atisbo anuncia el inminente hallazgo del llamado complejo de Edipo, verdadera bomba epistémica del siglo XX.

Pero que el fulgor mayúsculo del Edipo no nos impida apercibirnos de la letra pequeña que Freud nos presenta con rigor metódico, la escucha literal del discurso, la dimensión lingüística del inconsciente, y por tanto del síntoma, que es el tema que nos ocupa. Para ejemplificarlo transcribiré unas líneas: “Era innegable que en el desarrollo de la astasia-abasia había intervenido un tercer mecanismo. Observando que la enferma cerraba el relato de toda una serie de sucesos con el lamento de haber sentido dolorosamente “lo sola que estaba” (stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar de pie”) y que no se cansaba de repetir que lo más doloroso para ella había sido el sentimiento de “impotencia” y la sensación de que “no lograba avanzar un solo paso en sus propósitos”, transcripción a la letra de sus síntomas de “no poder estar de pie” o “no poder avanzar un paso”, que Freud califica de parálisis funcional simbólica.

Es más. En su afán de cernir la especifidad de los matices termina describiendo una verdadera geografía sintomal dintiguiendo que los dolores del  muslo derecho se correspondían con el conflicto con el padre, pues fue en ese muslo donde sostenía el pie paterno al realizarle sus curas, y los del  izquierdo remitían a la problemática hermana/cuñado.

Es a través de todas estas observaciones que Freud va a ir delimitando una característica singular del cuerpo que lo distingue de su simple condición biológica, el cuerpo como escenario de tramas deseantes que lo van a configurar como cuerpo erógeno.
Así pues, por la vía del cuerpo, del síntoma histérico, Freud accede a establecer la existencia de un lenguaje corporal que viene a expresar lo que las palabras no dicen. Y es en ese no-dicho que así se dice que se manifiesta la verdad inconsciente. Y así podemos pensar lo inconsciente como una verdad velada, no dicha, que hace por decirse empujando en distintos frentes para desvelarse. Se les llama las formaciones del inconsciente y abarca entre otros al síntoma, del que venimos de disertar, a los sueños y a los fallidos (lapsus, olvidos…) que salpican nuestras vidas.

Esta dimensión lingüística, o simbólica, de sus formaciones, que Freud explicita, es la que Lacan recoge y sentencia en su más célebre apotegma:  “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” que hace fortuna y bandera de su enseñanza. Y ahí sí, entra a saco vía Jakobson, en la Lingüística estructural de Saussure. Es un tema apasionante donde los haya, pero excede el cabotaje de este navío. Me limitaré a señalar como le hinca el diente al signo lingüístico de Saussure, ya saben, la unidad básica del lenguaje compuesto por dos socios bien amigados, el significado o concepto y el significante o imagen acústica, y los presenta como un algoritmo, a la manera de un quebrado, ligados por una línea bisagra con el significado arriba y el significante abajo y  encerrados confortablemente en una elipse. Y llega Lacan y, zorro él,  les hinca el diente y hace una verdadera escabechina. Zas, tajo a la elipse, zas, fuera bisagra,  y cataplás, te impone una barra divisoria donde encima, cual en un trono,  te planta a un Significante (S) machote como el primo de zumosol y debajo, en los sótanos del signo, castiga de rodillas al pobre significado (s) sin decir ni mu.

A este golpe de mano le va a llamar la Primacía del Significante, y a partir de ahí el tal S va a campar a sus anchas haciendo de las suyas. Ni que decir tiene que no por arrogante no va a conllevar seductores desarrollos de mucha enjundia teórica y técnica, pero, de-paso-cañaso, ajusta cuentas con la IPA y su monopolio del significado y del yo.

Y ya así establecido el nuevo signo va a proponer que el valor de un Significante no viene de su vínculo con el significado humillado sino de su relación con otros significantes, en la estela de los planteamientos estructuralistas.

Así que el significante es polisémico, promíscuo por naturaleza y presto a cargarse de nuevas significaciones. Es el caso del significante Vela, que solo cuando veamos de quién se acompaña podremos entender de qué se trata, pues no apunta a lo mismo “apaga las velas” que “arría las velas”, pues es evidente que no es lo mismo que hablemos de una fiesta de cumpleaños que de  una tormenta en altamar.

Esta primacía del significante y su cualidad polisémica es todo menos una frivolidad, pues dinamitada la fijeza del signo y la univocidad del sentido, el lenguaje nos aboca al territorio de la incertidumbre y al malentendido estructural. Pero aunque eso resulte un incordio en ocasiones, cuando no un drama, también es el humus del humor y del juego de los dobles sentidos. Esa condición cojitranca del significante es la que posibilita la función de la significancia, neologismo lacanés que da cuenta de la tesis freudiana de que uno cuando dice,  dice más de lo quiere o cree decir.

Pero, ¿en qué reside ese plus de sentido que guardan las palabras en su piel? Cualquiera que haya visto El jovencito Frankestein, (si alguien todavía no la ha visto me estará eternamente agradecido por la oportunidad que le brinda el destino de restañar su carencia cinéfila a través de mi afortunada cita) recordará sin dificultad el momento en el que llegan por primera vez al castillo de Transilvania Fróncostin y su secretaria Inga conducidos por Aigor en un carricoche. Mientras desciende en sus brazos a la escotada secretaria, Fróncostin exclama ante el gran portalón del palacio al ver sus dos inmensos picaportes, “¡Vaya par de aldabas!”, a lo que la secretaria ruborizada responde, “gracias doctor”.

Un conjunto de factores en feliz coincidencia propicia ese desencuentro feliz. O mejor podríamos hablar de encuentro en el desencuentro. Desencuentro semántico que propicia un encuentro significante presidido por un deseo que está por advenir. ¿Quién iba a deducir consultando un diccionario que “aldaba” podría dar de sí ser carne de piropo?

Y es que si como dicen, “a las armas las carga el diablo”, a las palabras también. ¿Quién es ese diablo lúbrico que erotiza a las palabras a poco que se presten al juego? ¿Quién demonios instiló en el discurso el erotismo verbal? Y no vale echarle la culpa a Freud. Él solo ejerció de notario de una realidad que en su habla rezuma picardía por sus cuatro costados, o por sus costuras.

Y es que el inconsciente es sexual, una sexualidad reprimida que nos funda y nos impulsa.
Y es que el inconsciente es verbal, una verbalidad que tapiza a la pulsión y la encauza por los desfiladeros del significante.
Y el deseo transita infatigable por la senda de las palabras, las dichas, pero sobre todo las no dichas, que se matan por decir.

Cantaba Sabina aquello de: “Calla más de lo que dice, pero dice la verdad”. Me tomaré la licencia de parafrasearlo. Tómese más como homenaje que como osadía, y en freudiano sabiniano diré que cuando recibo al analizante de turno con mi habitual “Te escucho”, siempre pienso que en lo que está por decirme, “dice más de lo que dice, y en ese más que dice, es que dice la verdad”.

Y aguzando la atención flotante y abriéndome a la resonancia significante, ahí vamos, golpe a golpe y verso a verso, haciendo camino al hablar.

    
       En Mamouna, el 31 de mayo y el triplete a un tiro de piedra.