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sábado, 28 de noviembre de 2015

PADRE HAY MÁS QUE UNO



       




De la incertidumbre


"Una gota puede saber todos los secretos del mar" nos susurraba quedo Jorge Drexler en uno de sus discos mozos. Es un secreto a voces (bajitas) que el trepidante ruido de lo urgente arrambla en su frenesí. Y lo vela. Por suerte, me digo, porque hay verdades profundas que siento patrimonios íntimos que me gusta compartir con el cuidado con el que se comparte una confidencia.
¿Pero qué sentido tiene hablar de intimidad y de confidencias cuando uno escribe en un espacio público como es la blogosfera?
El mismo que avala a los poetas.
Mmm...¿Poesía, me dices? No sé yo...
Sí, poesía te digo, y no finjas no saber, pues te lo tengo dicho y redicho que poesía eres tú.
Vale, dejémoslo estar.
Apelar a la poesía no denota por mi parte ningún interés por ponerme lírico. Me guía más bien el propósito de rescatar de club tan selecto una herramienta que ayuda a afinar la aproximación a la cosa, cualquiera que ésta fuere.
En este caso, y volviendo con Drexler, tratar de plantear cómo lo pequeño, la gota, contiene las claves de lo grande, el mar. O, llevándolo a mi terreno, plantear cómo poder encerrar en un simple post las infinitas cuestiones que el tema del Padre concita. Y se hace obvio que no es cuestión de número sino de esencia.
Y de eso se trataría. De poder despejar de entre la multiplicidad de variables que atoran el campo, aquellas pocas que configuran el núcleo del asunto. Abordarlo pues, desde una perspectiva estructural. Ahí vamos.
Veníamos de la Madre Fálica, de la que dijimos que, más allá de sus máscaras, detentaba el protagonismo de ese primer tiempo del mosaico edípico que en familia conocemos como el Huevo. En ese huevo fusional dejamos suspendido al baby, atrapado en su condición de objetotapóncompletantedelamadre que llamamos falo.
Lugar bifaz donde el horror se viste de gloria, que ni la casita de chocolate.
Y dijimos que zafarse de esa trampa fetal y fatal era misión improbable sin la presencia de un tercero al que llamaremos padre.
Pero, ¿de quién hablamos cuando hablamos del padre?
Pater incertum est, mater certissima  fue nuestra despedida citando a los clásicos. "El padre, siempre incierto, nos salva de la letal certeza materna y nos abre la puerta de la bendita incertidumbre" fue nuestra conclusión. Pero, ya que estamos, ¿por qué la incertidumbre habría de ser bendita?

Con permiso de Heinserberg y sus derroteros cuánticos, que desconozco con conciencia, diré que la incertidumbre es uno de los nombres de la falta.
Y de Jorge Wagensberg, un científico con querencias humanistas, citaré un aforismo con el que inicia uno de sus textos:
"Pensar, es pensar la incertidumbre"
Se puede decir más alto y más largo, pero no mejor ni más breve.
Seguro que a Lacan le hubiera encantado, aunque no lo hubiera firmado. Demasiado poco críptico para su gusto. Pero aún así, igual vale la pena desencriptarlo un poco para pillarle la enjundia. Me disculpen los lectores seguidores veteranos de este blog si les suena a repetido, pero prefiero arrostrar los bostezos del repaso que el emparre de los jeroglíficos.
Así que si como proponía unas líneas arriba, la incertidumbre es uno de los nombres de la falta, y sólo desde la falta es pensable el pensar, ejercicio simbólico por excelencia, es de cajón concluir que pensar es un transitar por lo incierto.
Ya dijimos en su día, parafraseando al poeta, que no había un camino preescrito, que se hacía camino al hablar, que a fin de cuentas no es otra cosa que pensar en voz alta, golpe a golpe y verso a verso.
Y vivir, es transitar la incertidumbre, con mayor o menor fortuna.
Y el mayor infortunio a ese respecto es verse abocado al carril de las certezas.
Ya imagino a muchos pensando, "¿Pero qué me está contando este tío?" "¿Por qué le tiene esa manía a la certeza?" "¿Qué tiene de malo saberse la tabla del siete?" "¿Qué
mosca subversiva le ha picado con la incertidumbre esa?" Menos poesía y más ciencia.
Comprendo su irritación. Ya es mucho rato divagando y dando vueltas sin llegar a ningún sitio ni sacar nada en claro que valga la pena. Algo así les ocurre a muchos analizantes sumidos en el extravío de un ir a la deriva sin un rumbo fijo y una meta incierta.
Anhelantes de directrices, de consejos, de respuestas.
Pero desde ya les digo: desconfíen de los atajos y de las recetas.

Del Padre Fálico

Entramos en el segundo tiempo, y decíamos que al irrumpir el padre resquebrajaba la verdad monolítica de la certeza materna. Es lo que tienen los monopolios. No hay lugar para la disidencia. No hay lugar para la diferencia. Y ser, es ser diferente.
Y es porque el padre aparece en escena que toda la escena cambia. No sin desgarros.
Porque es preciso desgarrarse para desagarrarse.
No es fácil soltar, soltarse.
Porque soltar es perder, pero no hacerlo es perderse.
Soltar y perder para poder ser.

Perder ese lugar de objeto del goce del otro 
Para poder ser sujeto del deseo propio.
No es un mal trueque.
De objeto a sujeto y tiro porque me toca.
Y entrar a jugar tu deseo es entrar a jugarte la vida.
Y jugarte la vida es jugarla con riesgo, pues nadie te garantiza la victoria.
Aprender a ganar, como se puede ver, pasa por aprender a perder.
Aprender a perder es un arte. Y no cualquiera.
El arte de la derrota.

Y la primera derrota es fundante.
Dime cómo perdiste y te diré quién eres. 

Esa primera derrota que el padre infringe  es la derrota narcisista que nos derroca del trono fálico. En ese destronamiento no caemos solos. Es el Huevo entero el que se derrumba. La Reina Madre pierde el cetro y...Habemus Papa.
Con todos ustedes: El Padre Fálico.
Hay que dejar claro desde el principio que el fulgor que irradia esa figura todopoderosa le viene otorgado por la mirada deseante de la madre. O por su palabra. Una palabra que le designa como portador de un valor que la madre reconoce y valida.
Es esa mirada más allá de él, la que el baby va a registrar como indicio de que la madre está en falta, que algo le falta que él no le procura. Esa confrontación con la dimensión de la falta resquebraja el espejismo de completud que habitaba. Y es esa inscripción de la falta materna y de la propia la que será registrada como Castración Imaginaria en tanto que gira alrededor del pene que la madre no tiene y busca en el padre, portador del órgano investido como falo, atributo de la máxima valoración. Y en cuanto que lo posee aparece como completo.
Esa figura singular va a generar en el baby sentimientos de intensa ambivalencia, desde la admiración más fascinada a la envidia y rivalidad más enconada. Amor y odio, simultáneo y feroz. Y angustia. Y culpa. Y dolor. Y temor. Un cóctel conflictivo en el mejor de los casos. Traumático con cierta profusión. Y no es ése el destino peor.
Desde su pedestal dicta la ley de la que es amo. Es el primer dictador. Detenta un lugar muy codiciado. Con su estatus sostiene el binomio fálico-castrado. Amo-esclavo. Binomio que recorre la historia de la humanidad. 'Ser califa en el lugar del califa' era el mantra monocorde del gran visir Iznogood, el de las Mil y una Noches. Y es que en el silencio de la noche muchos sueñan con ser él. Y puede incluso que si afinas el oído aténtamente alcances a percibir el rumor ahogado y siniestro de un afilar de cuchillos. La pesadilla  está servida. Continuará.

Del Padre Simbólico

Pero un día descubres que tu padre tiene un jefe que le manda, o que le para la poli por exceso de velocidad, que tiene que hacer cola en la panadería, pasar la ITV cuando toca o que se pone enfermo como todos los demás. Sí, es la autoridad de la casa, pero ya no es el amo de la ley sino su representante. Que la hace valer pero que está sujeto a ella. Que hay sherifs y sherifs. Y que él no es John Wayne derribando la puerta donde se esconden los malhechores sino más bien James Stewart solicitando una orden judicial. Sí, sabes que no fue él quien mató a Liberty Valance, que no bebe whisky ni se va de putas, y le quieres igual, si no más. O no.
Porque en este tercer tiempo que él preside bajo el título de Padre Simbólico o Padre de la Ley, se constata que no hay nadie exento de ella, Ley Simbólica universal que regula cualquier comunidad social, ley que prohíbe el incesto,confirmarán los antropólogos, ley edípica, designará Freud, ley del 'no todo' dirá Lacan. Ley que introduce el límite, la falta, falta que nos despega de la Cosa y nos permite hablar. Hablar la lengua común, un discurso que hace lazo social.
Y a esta falta que nos cercena y que nos circunda, que marca y sella nuestro pasar por el aro de la palabra no plena, la conocemos como Castración Simbólica en palabras de Lacan. Y es nuestro más preciado pasaporte para circular sin demasiados problemas por los laberintos de la vida, tormentas del desierto, Babelias sin marcha atrás.
¿Y ya está? ¿Colorín colorado y este cuento se ha acabado?
Me temo que no. Quien quiera puede ir a darse una vuelta, o simplemente dejarlo estar. Pero noto en mis adentros que algo todavía se mueve y empuja. Y es que esto de escribir es ciertamente un parto, pero sin ecografía previa, ni oxitocina, ni epidural. Contracciones creativas a pelo. Las noto. Ahí vienen. Ahí va.

Una historia del Bronx

¡Qué hermosa película se marcó el Robert de Niro para estrenarse tras las cámaras! Se nota que la llevaba en la sangre, como su amigo y paisano Scorsese en Uno de los nuestros, películas de mafiosos italoamericanos que recrean una poética de la violencia en la estela de los Corleone, que no de los Soprano, ¡ay!
Pero ése es solo el marco y no es de lo que me interesaba hablar en este momento, aunque si no la han visto paren aquí mismo de leer estas líneas y vayan a pillarla sin demora, porque más allá de los spoilers, hay cosas, y ésta es una de ellas, que hay que hacer desde la inocencia. Vayan y vean la sonrisa de Jane mirándote irresistible con fondo de du-du-aa y luego me cuentan.
A lo que íbamos. Precioso ejemplo para ilustrar lo que hemos venido desarrollando. Las distintas caras de la paternidad en su salsa.
Hay un chaval, Calógero, que acompaña a menudo a su padre, Robert de Niro, al volante de un autobús municipal. Charlan amigablemente de cosas de la vida cotidiana y apasionadamente de béisbol. Son fans acérrimos de los New York Yankees, el equipo sito en su barrio, el Bronx, y el padre le examina sobre los detalles más nimios y sobre sus hitos. Calógero, siempre con la gorra de su equipo calada, se sabe bien la lección. Pero cuando se baja del bus le esperan las calles de su barrio, un par de coleguillas con los que hacer gamberradas y sobre todo dejar pasar las horas muertas sentados en su soportal mientras no le quita ojo a un gánster que dirige el bar de al lado y que se llama Sonny (un Chazz Palminteri perfecto), al que admira e imita en sus mínimos gestos, pero del que dice, "Él nunca se ha fijado en mí , no sabe ni que existo".
Un incidente sorpresa precipita los acontecimientos.
En un choque de coches y la consiguiente pelea por un aparcamiento, uno de los conductores agrede violentamente con un bate de béisbol al otro, e inesperadamente Sonny le larga dos tiros en la cabeza. El chaval, pasmado, lo ve todo. Se congela el tiempo en el silencio, y entonces Él le mira, sus miradas por primera vez se cruzan, se produce un encuentro mudo, tenso, intenso, y ese encuentro va a cambiar su vida.
Poco después la policía le requiere como testigo para una ronda de identificación de sospechosos. Alineados contra la pared observa y descarta a cada uno hasta que le llega el turno al asesino. Hay un juego de miradas a tres, porque está también presente su padre, al que tantea con seriedad inquisitiva. Es un instante crítico. Decisivo. Del que sale diciéndole al inspector, "no, no es él". Esa declaración va a sellar un vínculo. A solas con su padre en casa le preguntará, "¿ Lo hice bien papá? ¡No me chivé! ¡Cómo tú siempre me dices, no hay que ser un chivato! ¿Lo hice bien, verdad?" De Niro le responde:
" Sí, hijo, sí. Hiciste bien. Has hecho algo bueno con la persona mala"
"No entiendo, papá"
"Bueno, no te preocupes, cuando seas mayor lo entenderás"
A partir de ahí el gánster agradecido le ofrece al conductor de autobuses la posibilidad de ganarse un buen dinero fácil participando en apuestas ilegales. Él rechaza la oferta. Es interesante la conversación con la mujer cuando le cuenta lo sucedido y cómo ella asiente a su decisión no sin cierta contrariedad, "pero si es sólo dinero, Marcello, y ¡todo el mundo lo hace!" "No, no quiero nada de ellos, ya sabes que ir por ese camino no lleva a nada bueno"
Pero es por ese camino por el que se va a adentrar su hijo, y una situación semejante se repetirá tiempo después cuando le descubran un fajo de seiscientos dólares que ha reunido a escondidas, él sí participando en apuestas.
El padre se decide a devolverlos y la madre se resiste.
Es importante este dato, apenas una pincelada, pero suficientemente elocuente en lo que a la posición gozosa de la madre se refiere y al valor fálico que el dinero cobra, objetivo a conseguir sea cual sea la vía, y no importa a qué precio, aunque conlleve como es el caso, la corrupción del hijo.
Así que ese hijo se encuentra con Sonny, ese otro padre poderoso y con dinero, al margen de la ley, que como le dirá al cura al confesarse su pecado, "el jefe allá arriba será Dios, pero en mi barrio es mi amigo" a lo que el cura se aviene con tres avemarías y dos padres nuestros.
Así pues C, como lo bautiza su nuevo y todopoderoso amigo, se encuentra en un dilema donde las cartas están marcadas. Yo aún diría más. No hay color.
Donde se ponga el fulgor del Falo Imaginario, representante de la completud, lo tiene crudo el Falo Simbólico, representante de la falta, aquí y en Sebastopol.
Se lo va a escupir a la cara en una de las escenas clave de la película, la de la discusión en la cocina,  cuando tras un comentario despectivo hacia los abuelos inmigrantes, De Niro se enerva y muy enfadado le dice:
"No te consiento que les faltes al respeto a tus abuelos, ellos hicieron todo lo posible para darme una vida mejor, como yo he intentado contigo, de forma honrada, darte una vida mejor"
"¿Una vida mejor??? ¡No tenemos coche! ¡No tenemos dinero! ¡No tenemos nada!
¡Y tú no eres más que un pobre conductor de autobús!"
Y con un portazo desaparece, dejando al padre plantado y de una pieza, sólo, con sus gastadas lecciones morales.
¿Qué podemos decir de esta lección de vida en forma de ostia a bocajarro, Robert?               ¡Tanto esfuerzo para esto!. ¿Valió la pena tanta honestidad, tanta renuncia, tanto empeño?¿Tiene algún sentido ser fiel a unos principios, no traicionar uno sus valores éticos? ¿Acaso no serán más que pamplinas de viejo?
No voy a destripar el final de la trama, no viene al caso.
Sólo me interesaba presentar cómo se juegan las distintas caras del padre, o, como aparece en la película, los distintos padres formulados en los tiempos del Edipo.
Queda claro que no son tiempos etapistas, logrados, saldados y estancos. Que están sometidos a un permanente tironeo conflictivo y dinámico.Y que no, no hay vacuna ni antídoto que nos exima de ese pulso perpetuo, en el que no siempre, por supuesto, ganan los buenos.
¿Qué hacer con esto?
Depende.
Es tarea de cada uno mirárselo.
Un análisis precisamente versa en despejar y clarificar los distintos modos en que declinamos al padre.
Declinar al padre es conjugarlo.
Conjugar bien al padre es la mejor manera para aprender a manejarse con la gramática de la vida. Porque, porque el padre hace metáfora, dejamos atrás el nido de la tarántula. Y no es poesía.
Y esto vale para todos, sean de letras o de ciencias, efepé o aprendiz de ganster.

Uno no elige las cartas que le sirven, pero sí cómo las juega. 

                                         En Mamouna, despidiendo a Noviembre del 15 

viernes, 30 de octubre de 2015

DE LA MADRE FÁLICA Y SUS (MÁS)CARAS









De sus caras

En Enero del 82, licenciado en medicina y con "la blanca" y el petate recién liquidados, asistí a mi primera clase de mi formación en psicoanálisis, la primera piedra de un edificio que está en plena construcción 33 años después. La cosa es que la tal primera piedra fue, como marcan los cánones, en la frente.

Se daba la circunstancia de que el Seminario (sí, así de solemne  se denomina esta enseñanza) había comenzado en Octubre, a razón de una sesión al mes. Me incorporé pues un trimestre tarde, acogido en un gesto de deferencia por mis deberes patrios.

Debíamos ser una docena larga de alumnos sentados en círculo alrededor de un profesor argentino que nos impartía una lección en un lenguaje extraño que muchos años después pude bautizar como lacanés. La peña tomaba apuntes a destajo. Yo no. No entendía nada. Lo atribuí al retraso de mi incorporación. En un momento preciso y sin saber bien por qué, me animé a preguntar por un concepto enigmático que pillé al vuelo en el revolutum de aquella jerga filistea. 

Lo recuerdo perfectamente. Fue una pregunta directa, sin preámbulos. A bocajarro.
"¿Qué es la madre fálica?", cortando en seco aquella perorata interminable de acento porteño.

Un silencio perplejo sucedió a mi inopinada intervención. ¡Cielos! ¿qué había mentado? Repuesto de la sorpresa el oficiante me dio una respuesta que a mí me sonó a logaritmo chino. Insistí. Él también. En vano. Al tercer intento zanjó la cuestión con un "Mejor te lo estudias". Fue una revelación. Cumplí al pie de la letra su indicación. No volví por allí y desde entonces no he dejado de estudiar. Tuve la fortuna de encontrar un maestro, argentino también, pero éste hablaba español, y me enseñó, entre otras cosas, que el psicoanálisis no era ni iglesia ni religión. Y ahí vamos. (Bueno, él ya se fue, pero en mi soledad, va conmigo)

Está claro que aquella pregunta marcó mi destino, y hoy, con la perspectiva de tantos años transcurridos, alucino con mi bisoña puntería resonante. Porque esa pregunta no es cualquier pregunta, esa pregunta es realmente la madre del cordero.

Así que, en acrobático looping, retomemos: ¿qué o quién demonios es la tal Madre Fálica?

Situémonos. En 1923, Freud, en plena onda expansiva de la bomba teórica que supuso su Más allá del principio del placer y la irrupción de la pulsión de muerte, publica La organización genital infantil en la que propone la existencia de una nueva etapa en la escala libidinal, la fase fálica, que la va a incluir entre la fase anal y la genital, y se caracterizaría por la así llamada premisa fálica, consistente en la creencia infantil de la universalidad del pene, es decir, aquella que considera que todos tienen pilila, y quien todavía no, ya le crecerá. En este planteamiento Freud no distingue entre pene y falo, y usa esos términos como sinónimos. Va a ser Lacan quien sí los distinga, refiriéndose con pene al órgano anatómico y reservando falo para su representación, connotada ésta de un determinado valor. Ya lo vamos a ver.

La idea fuerte que sustenta la premisa universal y su "todos tienen pene", es que "a nadie le falte" y en ese "nadie" la implicada estelar es la madre. Es decir, es una teoría que viene a recusar la llamada por Freud castración materna, erigiendo como ingenioso recurso pantalla su figura antitética, la, por fin ante todos ustedes, increíble y fantástica Madre Fálica, 'la que tiene de to y no le falta de na'.

Pero la pantalla pierde su función cuando se acaba la película y se encienden las luces, aunque mejor sería aquí invertir el orden. Es porque se enciende la luz que se acaba la película. Porque es, antes o después, la fuerza de la evidencia la que se impone y derroca en su impostura a la mami superstar. 
Así que va a ser que mamá no tiene pito, y que el pito lo tiene papá.

Este es el enfoque freudiano que, como en otras ocasiones, a día de hoy nos resulta un tanto rústico en su primitivismo fenoménico.

Hay que decir en favor de la madre de turno que en realidad no le falta pito alguno, de la misma manera que no le falta ningún útero a papá. Es pues una falta imaginaria, como imaginaria era su supuesta completud. Espejismos de totalidad que velan sí, una falta más esencial que diremos simbólica. Estas dos modalidades de la representación, la imaginaria y la simbólica, son un aporte genuinamente lacaniano, imprescindible para entender la estratificación edípica y sus tiempos (Cfr. el post Por el camino de Hitchcock II)

Es desde ahí que podemos dar el salto de la-madre-con-pene freudiana a la madre fálica lacaniana, agente primordial del primer tiempo, al que para andar por casa y en zapatillas nos referiremos como el Huevo.

¿Y qué decir del Huevo sin repetirme demasiado?

Estadío mítico monodual donde el padre no consta en acta y no existe el límite como referencia, propiciando un estado de supuesta completud entre la madre y el hijo, de una supuesta fusión que es confusión, un alucinado mezclaíto de gloria y crujir de dientes. En ese pack tan religado la madre aparece como total en tanto que el baby la totaliza, fálica en tanto que el baby es su falo.

Y ahí toca enlazar con el planteamiento que hace Freud respecto a cómo se juega en la niña el llamado "Complejo de castración". Ya saben, nos toca vernos las caras con el tan polémico y denostado concepto de...¡la envidia de pene! ( pennisneid) síííí, luciendo flamante y lozano en pleno siglo XXI, tatuado por mil banderillas feministas.

La tesis es que ante la frustración que le supone asumir verse privada de ese signo de estatus que da el pene y que la madre busca en el padre, el camino habitual le lleva a envidiar su posesión (¡Cuántos sueños de analizantes lo testifican encontrándose para su sorpresa con "eso" brotado entre sus piernas!) Ante lo imposible de su anhelo, se producirá una mutación prodigiosa que Freud va a llamar la ecuación simbólica, donde pene = hijo, y mediante la cual la envidia del pene vendrá a ser sustituída por el deseo de un hijo, en dos tiempos, primero del padre (núcleo del fantasma histérico) y al que también habrá de renunciar, para darle paso, en un segundo tiempo, a un deseo postergado de tener un hijo con otro hombre.

¡Qué fuerte que es Freud! Por momentos me dan ganas de llamarle visionario. Estos planteamientos que son ya lugar común y que forman parte de la cultura de supermercado, en un día ya lejano fueron destello genial de una mente realmente brillante. Sí, ya sé que los popes del Santo Oficio terminaron metiéndolo en el saco basura de las "Pseudociencias", revuelto con la astrología y la quiromancia, pero como dijo aquel otro, ¡epur si muove!

Seguimos.

Es preciso este recorrido en apretada síntesis de conceptos bien complejos para intentar responder con rigor y fundamento a aquella pregunta que desde su densidad nos interroga.
Articular el Edipo freudiano y el lacaniano no es tarea tan simple si uno pretende ir más allá de los standars. Pero a poco que uno se pare a pensarlo caerá en la cuenta que bajo las siglas de la MF cohabitan dos caras.

Digamos que hasta ahora hemos visto la cosa desde la perspectiva del infantil sujeto, es  decir, desde su creencia.
Nos sirve para lo que nos toca, verlo desde el lado de la madre.

Así pues, cuando esa niñita que ha postergado su anhelo jugando a las muñecas crece y empieza a jugar a otras cosas más piripitosas, antes o después, cada vez más después que antes, y ya muchas a contrarreloj, en su particular carrera contra el "reloj biológico" que las apremia inexorablemente, llega un día en que queda embarazada.

Y ahí empieza otra historia. Aunque visto lo visto, sería más pertinente decir que empieza un capítulo nuevo y decisivo de la vieja historia.
Lo que me interesa destacar es precisamente la continuidad diacrónica entre aquella inicial envidia infantil, transmutada en deseo de maternidad, largamente postergado, y por fin, ya, cumplido.

Y esa premamá irá viviendo en su cuerpo el milagro de sentir crecer en sus carnes otra carne llena de vida que empuja, protuye y se hace panza. Y cuando ella se familiariza con el prodigio cotidiano de su panza, más allá de los vómitos y las náuseas, se siente sorprendentemente feliz, segura, 'completa'. Es tiempo de disfrutar de la fisicidad incontestable del anhelo encarnado, de soñar y de saborear el sueño.

Y un día (o una noche, nunca se sabe) llega el ansiado y también temido parto.Y cuando el amnios se rompe y el cordón se corta, algo más se rompe y corta, y pueden pasar muchas cosas y muy diferentes, entre ellas, una clínicamente muy típica bautizada como depresión  post  parto, consecuencia consecuente del abrupto aterrizaje forzoso, cuando no ostia de categoría, resultado de pincharse el globo y estamparte de bruces con la realidad.

Pero el Imaginario, como en los dibujos animados, se recompone rápido. Y a partir de ahí  la película se va a jugar en vivo y en directo con ese cachorrito indefenso y demandante que a golpe de leche y de caca, de llantos y de nanas, de besos, caricias y palabras va a ir configurándose a nuestra imagen y semejanza. En parte, sólo en parte, pues siempre hay algo que se nos escapa. Por suerte. Para su bien y el nuestro. ¡Viva la biodiversidad!

Pero hay mamás muy apegadas a su baby, muy mucho, al punto que así lo sienten, como si fuera una parte suya. ¿Les suena? Una parte, extensión de sí, que las completa, ¿les sigue sonando? Que no hay límite que valga, ni se le espera.           Que no se suelta ni te suelta. Que no querías caldo, toma dos tazas.  Que madre no hay más que una, y que la mano que gobierna el mundo, nunca lo olvides, es la mano que mece la cuna...
Ya saben. Madre fálica le llaman y es la que andábamos buscando.

De manera que tendremos que distinguir la Madre Fálica del primer tiempo del Edipo, vista de la perspectiva del baby, es decir, fase de pasaje estructural en la escala edípica que antecede al padre del segundo tiempo o Padre  Fálico, que viene a destronarla en lo que constituirá la Castración Imaginaria. Y la madre fálica, (convendré en escribirla con minúscula), como  aquella mujer que detenta en su maternidad esa posición fálica, es decir, totalizante, que ubica al hijo en posición de falo, y como tal, le coarta su subjetividad, dando lugar a diversas formas de estrago, siendo la más grave de ellas la posición psicótica.

Resumiendo, una que será figura de pasaje estructuralmente necesaria, y otra, que en su contingencia, será el resultado y causa de una fijación.


De sus máscaras

Y es esta figura terrible y fascinante la que se presenta  ante nosotros bajo las formas más variopintas que pueda uno imaginarse, embozada en todo tipo de disfraz del más variado pelaje.

¿Quién sinó la MF alienta las monstruosas arañas gigantes que Louise Burgoise ha sembrado a la vera de algunos de los más respetables museos de la modernidad?

Pero más peligrosa resulta investida de luchadora militante de una Causa, como Aurora Rodríguez, feminista de pro, que en los agitados años de la segunda República, antes del amanecer de un día de Julio, asesinó fríamente en el lecho a su hija Hildegart, de 18 años, disparándole cuatro tiros mientras dormía.

Es un suceso bien conocido que llevó al cine Fernando Fernán Gómez (Mi hija Hildegart 1977). La película relata la historia de Aurora Rodríguez, una gallega singular y avanzada a su tiempo que con un plan perfectamente diseñado decide engendrar a la hembra perfecta en provecho de la causa liberadora de la mujer. La llamará Hildegart y hará de ella una niña prodigio que a los 14 años ingresa en la Universidad. Con 18 años es una celebridad en los ambientes intelectuales y revolucionarios, defensora de las nuevas doctrinas sexuales, debatirá con importantes figuras de la época, llegando a cartearse con Freud. Pero en su evolución intenta apartarse del control omnipresente de su madre, atreviéndose incluso a enamorarse de un hombre y proyectar viajar a América. Es demasiada autonomía para su creadora, que cual si de una herramienta defectuosa se tratara, decide acabar con ella. Lo hace, y como quien ve llover, se entrega a la justicia. Después de ser juzgada y condenada por asesinato, un tribunal de apelación la declara paranoíca y es ingresada en un manicomio hasta el resto de sus días.

Hay que subrayar que la MF no precisa mostrarse poderosa o con tronío. También la encontramos en su envés. Sin irnos más lejos, nos asomaremos a Despertares, la peli sobre el texto de Sacks que comentamos en el último post.

¿Recuerdan a la madre de Leonard? Aquella pobre ancianita que consume su vida haciéndose cargo de su hijo severamente discapacitado. Cada día acude sin falta al hospital para darle de comer, cambiarlo y cualquier otro menester. Es la muestra de una dedicación abnegada y ejemplar. Eso que sólo es capaz de hacer una madre. Admirable.

Pero llega el Dr. Sayer y con su capacidad de observación y su perseverancia consigue despertar a su hijo de un letargo de décadas. Y una vez despierto, tras una vida secuestrada, quiere volar.
¿Cuál es la respuesta de su amorosa madre?

"¿Chicas? ¡nunca ha necesitado chicas!
Me ha dicho que me tome ¡unas vacaciones!
Pero no puedo dejarle solo en este hospital.
¡Sin mí se moriría!"

Da que pensar. ¿Quién se moriría sin quién?
Parece bastante obvio que ese consagrar su vida a cuidar de su hijo es lo que le da sentido, y que sin él al que cuidar, tendría que enfrentarse a sí misma y a su vacío.
Es duro verlo así, pero es lo que hay, y hay que verlo.
Fundida a su hijo enfermo llena su existencia.
Hijo-falo, tapón de su falta.
¡Ay de mi sin mi falo! rezará su epitafio.
O directamente, sin ambages, como rezaba aquella otra película:
"No sin mi hijo!"
Mantra a tropel.

Y en nombre de ese mantra radical se cometen las mayores tropelías.
La clínica solo es un espejo de ellas. No es el único.

En la mili, muchos años antes de la moda maorí que nos invade, descubrí sorprendido un tatuaje que se repetía monocorde en los brazos de algunos de aquellos aguerridos soldados preparados para la muerte,  AMOR DE MADRE.

Kortatu, la banda vasca pionera del ská, clamaban desafiantes por aquellas fechas aquello de:
"Mi madre, la única mujer que he amado"
Llevo tatuado, en mi cabeza rapada! 

Digámoslo otra vez. Hay amores que matan.

La araña gigante del Guggenheim responde al título de Maman.
Bajo su abdomen le cuelga un saquito lleno de huevos suspendidos en el vacío. Atrapados en un espacio de nadie.
Salir de esa pegajosa celda es cuestión de vida o muerte.

No es fácil, si no imposible, hacerlo solo. Es preciso la presencia de un padre, aunque sea  remoto.
Pater incertum est, mater certissima decían los clásicos.
El padre, siempre incierto, nos libra de la letal certeza materna y nos abre las puertas de la bendita incertidumbre.
Esa es su función.

Y le convocamos para una próxima ocasión.

                                                                               
                                                                             En Mamouna, 30 de Octubre del 2015  


martes, 8 de septiembre de 2015

THAT'S  ALL  FOLKS !










¡E-e-e-eso es todo amigos! tartamudeaba Porky desde la pantalla de la prototele cuando despedía puntualmente cada tarde/noche el show de The Looney Tunes a las ocho y veinticinco y daba paso a la familia Telerín y su "vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar" con el que cerrábamos metódicamente una jornada más de aquella infancia interminable de los tiempos de antes del Nesquick, es decir, territorio Cola Cao.

"Eso es todo amigos" era la despedida de aquel programa de dibujos animados que, pandilla de chiflados con Bugs Bunny a la cabeza, te recibía con un saludo inolvidable, "¿Qué hay de nuevo viejo?", chascarrillo juguetón y paradójico que todavía espeto a algún que otro compay superviviente.

Saludos y despedidas, despedidas y saludos, rituales que delimitan el intervalo de un encuentro. Algo que abre y algo que cierra. Y en el medio, la vida como lapso. Un instante o una eternidad. La vida es eterna en cinco minutos, le cantaba a Amanda el poeta, porque los cinco minutos, ese es el prodigio, te hacen florecer.
Hola y adiós. Y en el medio una historia. O muchas.

Desde niño ya me divertían las palabras, mejor, los juegos de palabras, atravesado el Rubicón escatológico del "caca, culo, pedo, pis". Me gustaban las adivinanzas, "Una señorita muy enseñorada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿quién es?", no sólo cuando conseguía adivinar triunfal la respuesta, "¡la lengua!", pues lo que realmente me encantaba era la formulación de la pregunta, tan ocurrente, su entonación, su rima, su melodía. Lo que ahora diríamos "sus maneras significantes", más que su significado. 
Y claro, hay maneras y maneras. No es lo mismo plantear un enigma cifrado del tipo de "En este banco están sentados un padre y un hijo, el padre se llama Juan y el hijo ya te lo he dicho", que provocar a tu perplejo intelecto  con aquél patriótico nacional catolicista "¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?" que desafiaba todas las leyes de la lógica, como Arsenio Lupin, y Lacan con él, en La carta robada de Poe.

En cualquier caso, maniobras palabreras en su heredad, que es el lenguaje. Y si de lenguaje hablamos es que nos hallamos en el reino de la Lingüística. O debiéramos. Pero tratándose de Lacan, ya se sabe, nunca se sabe. Bueno, algo sabemos. 
Los que se animaron a leer las últimas entradas del blog pese a mis advertencias ya están al tanto de la escabechina que le montó al venerable signo lingüístico de Saussure para ir abriendo boca. Claro, es comprensible que a los del gremio ling les tocara las narices que llegara un señor del gremio psi y, cual elefante por cacharrería, les diera la vuelta a sus fundamentos. Pero si a Lacan le sobraba osadía, no le faltaba perspicacia. Y con un chispazo de su ingenio - ¿no querías caldo? ¡toma dos tazas! - se sacó un neologismo de la manga que le vino al pelo. "Yo no hago lingüística, yo hago lingüisteria"  y chin pun. Muerto el perro se acabó la rabia.
Licencia para lingüistear sin que le dieran la tabarra purista.

Y claro que lingüisteó. Sintiéndose en racha, propuso un nuevo neologismo más inspirado si cabe, Lalangue, traducido, no muy afortunadamente a mi entender, por lalengua, pues huelga decir que en su homofonía, original y neologismo, se confunden, así que desde ya y aquí mismo propongo sustituirlo por laluenga, con permiso de Los Llopis.

Y ¿qué es lalangue

Cito a Zizek, afamado gurú poslacaniano, posmarxista y poscinéfilo: "El lenguaje como el espacio de placeres ilícito que desafía toda normatividad: la multiplicidad caótica de homónimos, juegos de palabras, relaciones metafóricas "irregulares" y resonancias".

Aclarar que esta dimensión gamberra del lenguaje no es una pose rebeldona ni trash, no. Por suerte o por desgracia es estructural. Y a mi, como cantaba el Kevin, "su idiosincrasia me hase mucha grasia", o no. Porque me matan los chistes malos. Como los indios sin grasia, con perdón.

Y una vez más Lacan hace de su argucia un ardid pertinente pues desvela una evidencia hasta entonces cegada, o, como mínimo, tuerta. Pues ya se sabe que evidentemente Evidente miente, y que a donde apunta Lacan con su lalangue es a desmarcarse de la lengua como sistema, concepción que defienden los lingüistas, y a remarcar su falta, su incompletud, su inconsistencia, estigmas que nos abocan al malentendido estructural, consecuencia de que las palabras se hallan infiltradas por el deseo y su sombra (de goce, glups). 
Ya lo dijimos, el inconsciente es lingüístico, o mejor, a la manera de Braunstein, diremos lenguajero
(Pero, sombreado y entre paréntesis, se me ha colado el bicho,  ése del que no quiero ni hablar, así que, nada como un mutis por el foro y un si te he visto no me acuerdo ...calamar!)

¿Qué hay de nuevo viejo?

Lamento decirte que, ¡maldita sea la gracia!, más que de saludos es tiempo de despedidas, crepúsculos, y de vuelta a trabajar.

De despedir al verano, ese tiempo pletórico siempre en fuga, que en su frenesí se llevó puntual a Oliver Sacks, ese hombre bueno y sabio que saboreó agradecido la vida hasta sus últimos sorbos. Y digo puntual, porque en Febrero publicó en el New York Times una carta donde comunicaba que recién le habían diagnosticado un cancer que le mataría en seis meses. Exacto. Cumplidora, la Parca se lo llevó en Agosto. La carta se titulaba De mi propia vida. Muchos la habrán leído, quien no, que no se la pierda. Es un texto breve y ejemplar, sencillo y entrañable, en el que le da gracias a la vida que tanto le había dado. Un testimonio del arte de bien vivir y de bien morir, que vistos así, parece claro que son el mismo. 
Gracias a ti, Oliver. Que tus palabras semilla circulen y germinen. Amén.

Así las cosas, no debe ser casualidad que el otro día viera Despertares, a no ser que pensemos con Borges el azar como una causalidad cuyas leyes ignoramos.

Awakenings, (qué bonito suena en inglés), es una peli de 1990, adaptación de un texto parcialmente autobiográfico de Oliver Sacks e interpretada por Robin Williams y Robert de Niro.
Relata la historia del Dr. Sayer, un neurólogo investigador sin experiencia clínica que consigue trabajo en un hospital de Nueva York donde se ha de hacer cargo de pacientes neurológicos crónicos graves. El, a su vez, es una persona con serias dificultades para establecer relaciones sociales, llevando al margen de su trabajo una existencia aislada y solitaria, y en el mismo, un trato reducido a lo estrictamente profesional evitando cualquier atisbo de aproximación o intimidad con sus compañeros, muy patente en el caso de Eleanor, la atenta y discreta enfermera que le acoge y le apoya desde el principio. Es desde esa condición de bicho raro que puede observar la realidad de los enfermos con otra perspectiva y va a abordar a un grupo de catatónicos diagnosticados de encefalitis letárgica. Se plantea experimentar con la L-dopa, un antiparkinsoniano de nueva  generación, pero ha de centrarse en un único paciente, Leonard, que encarna Robert de Niro. 
Probando con diferentes dosificaciones un día consigue inopinadamente que R.d.N. salga de su letargo y "despierte", al punto que recupera su motilidad y su conciencia, y habla y se comunica con él como si hubiera salido de un sueño, más bien una pesadilla, de más de treinta años. Tras la sorpresa y el júbilo correspondiente el tratamiento se hace extensivo al resto de afectados. El milagro es espectacular y variopinto, pero recuperar la salud no implica recuperar el tiempo perdido. Todo es nuevo, incierto y provisional. Leonard, que se enfermó siendo un chaval, va a tropezarse de morros con la atracción enigmática y rotunda que siente por una chica que visita el hospital, y va a buscar encontrase con ella y conocerla. Lo consigue. Pero ese enamoramiento que le asalta, esa fuerza motriz que le empuja a sentirse un hombre normal y a reclamar su derecho a vivirlo, es cercenado bruscamente por la directiva del centro, y en su rebeldía es reducido y encerrado en el pabellón de los locos peligrosos. Enjaulado, la rabia le subleva y en su impotencia resentida ...súbitamente se reencuentra con sus viejos espasmos. Es la señal de que lo que parecía curado es sólo un espejismo transitorio. La enfermedad contraataca, y tras un tortuoso periodo de convulsa batalla contra ella, el patético letargo catatónico vence y se impone. La cámara recorre despacio los distintos rincones del pabellón. Lo que antes fue una fiesta de alegría en movimiento ahora es un escenario silencioso donde cuerpos rígidos y rostros pasmados ven pasar el tiempo sin horas en la quietud mortífera de sus sillas de ruedas. Demoledor.

Pero esta es la síntesis de una parte de la historia, la relativa al curso fallido de un nuevo tratamiento y su desesperanzado pronóstico final. Podríamos quedarnos ahí, en el lado trágico de la experiencia de Leonard, en esa lectura sombría. Pero suceden muchas más cosas, muchas más historias  en esa simultáneidad incesante que es la vida, y esas otras tramas que se cruzan y se pierden, o se vislumbran y se adivinan, se abren a lecturas muy distintas. 

No pretendo hacer un análisis sintáctico ni sintagmático del film, para ese tipo de deconstrucción profunda y sistemática ya está el blog de Jaume Cardona, Cine y psicología. Sólo quisiera poner el foco en la fecunda  polisemia que encierra un texto, en el cubo de agua fría con el que a veces te espabila un oxímoron.

Y de nuevo el "¿Qué hay de nuevo viejo?", esa yuxtaposición chocante de opuestos que alumbra una salida paradojal.

Veamos. Aunque tarde su media hora larga en coger el timón parece obvio que es Robert de Niro el protagonista de la función. Basta irse a los títulos de crédito (conceptazo!) y ver quien aparece en primer lugar. Ese es un dato definitivo en Hollywood respecto a establecer las jerarquías. Por no entrar a valorar el regalito que es para cualquier actor de la Academia un papel que albergue algún tipo de discapacidad que permita lucir el más sofisticado repertorio de tics que ni en el Actor's Studio. Aquí de Niro cumple con creces. No hay discusión al respecto. La industria sonríe ufana.

Pero me van a permitir que proponga una visión alternativa y no sin fundamento. Creo que para Oliver Sacks el protagonista es Robin Williams, básicamente porque interpreta al doctor Meyer, que no es ni más ni menos que una suerte de alter ego.
Y añadiré:  para mí también.

Robin Williams/ Dr. Meyer se afana en "despertar" a sus pacientes de su letargia encefalítica, mientras su vida personal es un páramo emocional.
Pero es Leonard/De Niro, una vez despierto, quien le dice  en un diálogo confrontativo:
- Dr.- Mírame!
- L.-  No, mírate tú! Yo tengo una enfermedad 30 años, y lucho contra ella.
         Pero tú no tienes nada. Eres solo un hombre asustado y solitario.
          ¡Tú si que estás dormido!

Aunque ahí todavía no es capaz de recoger ese reflejo que le devuelve en espejo.
Es cierto que De Niro se ha pasado en latencia casi toda su existencia,  pero en ese regalo inesperado que fue su despertar ha podido sentir intensamente el milagro que supone estar vivo. La escena del baile con la muchacha es un prodigio de elocuencia sin palabras. Podrá derrotarle la oscuridad, pero él sabe ya para siempre lo que es sentirse en un cuerpo enamorado y nunca mejor podrá decir "que me quiten lo bailao!"
Y Williams lo sabe, porque se ha quedado fuera del baile, fuera de la vida, del contacto de la piel y del corazón.
Solo al final de la película va a darse cuenta de que "las cosas importantes son las que teníamos olvidadas, las más sencillas" y es en la última escena, después de que Eleanor, su fiel compañera de fatigas laborales, pasa a despedirse y él se queda sólo en el silencio de su despacho, que, tras una pronunciada pausa llena de dudas, deja la máquina de escribir, trastea unas carpetas, se encuentra unas fotos en las que aparece con Leonard y en un arranque decidido se levanta hacia la ventana y desde allí grita a Eleanor que le espere. Baja y la alcanza en la calle. Hace frío en la noche de invierno. Un diálogo cierra el film:
Dr.- Eleanor, ¿tiene usted algún plan ?
El.- ...¿un plan?...no, esta noche no.
Dr.- Porque me preguntaba si usted, si usted y yo, si nosotros...podríamos ir a tomar un café.
El.- ¡Me encantaría!...tengo el coche allí.
Dr.- ...¿Qué tal si vamos andando?

¡Cómo se han deslizado los papeles! Sólo falta Jorge Drexler cantando "cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da", esa canción que es puro retorno circular.

Yo no creo en el karma ni en el equilibrio universal. Y ya puestos, ni en las ventajas del bipartidismo ni en las de la democracia transversal. Ni siquiera tengo nada claro qué es eso tan en boga de la libre determinación. Azares y determinismos nos contemplan.
Paradojas. Incertidumbres. Sincronicidades. ...Oxímoron.

Se da la circunstancia de que Robin Williams murió hace un año, puntual en su cita con el agosto fatal. Se suicidó colgándose con su cinturón. Dicen los periódicos que a causa de una depresión contraída al enterarse de que padecía Parkinson. Vueltas te da la vida. Una opción muy diferente de la tomada por Sacks/Meyer al que en buena hora interpretó. 
No, no hay guión.

"En el exilio de mi voz existo" dejó escrito el poeta.

 Y por mi parte, That's all folks! 
(by the moment)


                      En Mamouna, septiembre del 2015, cuando el verano baja el telón.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Tormenta de verano







"Tormenta de verano dicen que eres, dicen que eres..." cantaba con brío aflamencado Javier Ruibal cuando lo descubrí y me enamoró en La piel de Sara, antes de volverlo a hacer en una versión diferente, ya hospedado en la Pensión Triana.

Tormenta de verano fue la que se me vino encima la otra tarde y me caló hasta los huesos del alma.

"Hasta los huesos del alma" es una metáfora, un tropo retórico frecuente, especialmente en el ámbito poético. "Tormenta de verano", si se lo dices a una chica, también.
La que me chopó de arriba a abajo, sin embargo, es un fenómeno atmosférico. Un dato de la realidad. Pero si nos ponemos periquitos, o profundos, podríamos preguntarnos, ...y la realidad ¿qué es? Pues verás, algo que como con la Iglesia, te topas. Pero toparse con la realidad o con la Iglesia ¿no es acaso otra metáfora?...Uff! Y además una metafóra taurina! Ya te vale.

Es lo que tiene el lenguaje, muro fronterizo con "lo real", que excluyéndolo, permite el acceso a la realidad, una realidad, claro, tapizada de palabras, y por lo tanto equívoca, porque a las palabras, ya se sabe, las carga el diablo.

Lo que acabo de despachar en tres líneas son cuestiones mayores que merecerían la deferencia de una explicación más detallada, pero no era mi intención escribir sobre estas cosas cuando me puse a teclear, así que dejémoslo estar, en otra ocasión quizás. Por cierto, ¿no les pasa a ustedes cuando se ponen a escribir que las palabras les empujan en una dirección con la que no contaban y si se descuidan se te llevan al huerto?

Yo tenía concertada una cita en esta página para hablar del significado, el gran marginado del imperialismo significante que nos invade, esa doctrina que en su tentadora frivolidad reniega del peso de la tradición y los sentidos dados. Pensaba hacer una numantina reflexión sobre el valor del concepto, tan venido a menos tras el tsunami posmoderno, pero va a ser que no, pues la verdad, se me hace muy tedioso y cuesta arriba. Será cosa de las vacaciones. Son tan largos los sueños ¡y los veranos tan cortos!

Así que pasada la tormenta de verano recuperemos el espíritu de sus vacaciones. Ahora mismo estoy de retiro al fresco de la montaña pero mayoritariamente el verano me sabe a playa. Y paseando por su orilla es habitual tropezarte con esos arquitectos espontáneos, afanados constructores de castillos en la arena. Sus herramientas, el cubo y la pala. Hay una tercera, el rastrillo, que siempre se la lleva el más pequeño, el más lento o el más panoli. Pero siendo pragmáticos, la cosa pasa por el cubo y la pala.

Me vino esto a la cabeza por resonancia significante al pensar en mi hacer clínico, en concreto, en relación a esa tarea que yo llamo "de pico y pala". ¿De qué se trata?

Veamos. Veníamos de revisar en el post anterior la diferencia entre la deutung  y la bedeutung, es decir, dicho en cristiano, la diferencia existente entre la interpretación y la significación. Y la querencia lacaniana por la primera, que como dijimos, era aquella intervención significante que propiciaba la emergencia de nuevos sentidos. Pusimos como ejemplo el caso de aquella mujer con "fobia al cancer " y cómo, al puntuar tres sintagmas precisos -"primer toque", "siguiente achuchón", "gran subidón"- relativos al relato de su síntoma, emergieron encadenados varios recuerdos infantiles de clara índole incestuosa.

Lacan decía de la interpretacion que había de ser una intervención a modo de cita o enigma, remarcando así su condición eminentemente significante y desmarcándose de cualquier atisbo de significación, o atribución de significado, característica del hacer de la IPA (la Asociación Internacional Psicoanalítica) con la que bregaba su encarnizada cruzada del retorno a Freud.
El problema es que Freud también practicaba la bedeutung, le ofrecía un plato de arenques al Hombre de las ratas y analizó a su propia hija.
Enarbolar la bandera de la causa freudiana y reivindicarse como su legítimo albacea o heredero tiene mucho de sagacidad política y no poco de usurpación. Curiosamente la historia se repite con Miller, el yernísimo, y la obra de Lacan y sus prebendas padecen semejantes tironeos. La rapiña del padre es estructural.
Pero si hablamos de Freud, hay que decir que más allá de los arenques y las bedeutungs de turno, dejó escrita su hermosa analogía tomada de Leonardo da Vinci donde compara al psicoanálisis y las psicoterapias en relación a las artes plásticas, en las que distingue dos tipos, en función de su forma de hacer: aquellas que cursarían per vía di porre, es decir, transformar añadiendo, como la pintura, y aquellas otras que operan per vía di levare, es decir, transformar vaciando, al modo de la escultura. Y es muy claro al respecto, sitúa al psicoanálisis del lado del levare.
Y  más allá del obvio hacer porre de la psiquiatría y los conductismos varios, es tarea de cada cual discernir dónde se ubica con su arte.

A ese respecto, tras más de treinta años ejerciendo mi oficio (no me atrevo a decirme artista, si acaso artesano de una particular escucha de las palabras y sus inflexiones) tengo que confesar que me siento profundamente mestizo. Mi alma es psicoanalítica, lo sé, lo siento, pero mi cuerpo, ay, mi cuerpo, es pecador y vagamundo. Y desde ahí digo que no sigo dogmas ni sacramentos y que desconfío de quien los promueve. Si algo he aprendido en este viaje a ninguna parte que es la vida, es que el emperador está descaradamente desnudo, por mucho oropel y mucho consenso que lo desmienta.

Así que en la clínica del día a día, en las rutinas cambiantes de los decires cotidianos, y depende de con quién y cómo, a veces hago enigma, adivina adivinanza o la pregunta del millón; otras, la interjección sorpresiva o el silencio lapidario, y a veces, no tan pocas como quisiera, simple y llana pedagogía. Yo le llamo pedagogía del límite y pese a su aparente humildad de rango su importancia es capital. En alguna próxima ocasión la explicaré con detalle y viñetas clínicas.

Y es que, desengañémonos, no somos Arsenio Lupin, ni Hércules Poirot, ni Sherlock Holmes. O si les va más el noir, ni Marlowe, ni Harper, ni Wallander, y la ocurrencia deslumbrante, la deducción afortunada, la inspiración reveladora, son los destellos puntuales y fugaces de una tarea mucho más prosaica, paciente y concienzuda, pues es sabido que un análisis conlleva un verdadero trabajo de deconstrucción subjetiva y su posterior y laboriosa reconstrucción. A ese hacer perseverante es al que llamo "de pico y pala", trabajo duro y fatigoso donde los haya, pues no hay convidado de piedra más pelmazo y resistente que la compulsión a la repetición. Pulsion de muerte le llaman.
Y es por ello que hace tiempo y de forma no premeditada me encontré haciéndole sitio al humor, ese viejo comodín que liga bien en tantas bazas, un ingrediente sorprendentemente revulsivo y facilitador. Descuadrante, desarmante y sobre todo, divertido.

¿Psicoanálisis chistoso? No lo llamaría así, tal vez mejor, irreverente. Pero antes de que se me rasguen las vestiduras vendría bien recordar que fue Freud quien escribió El chiste y su relación con el inconsciente y que a veces, my friend, un puro no es sólo un puro.

"No sé, no sé, francamente, me parece poco serio", les imagino argüir.

Y ahí les tengo que corregir, pues si como decía el Herr inspector de policía de aquel pueblito transilvano de cuyo nombre no me puedo acordar advirtiendo a sus convecinos  que "un motín es una cosa muy feeaa!", yo diré sin ambages que el humor es una cosa muy seria.
Pero no vale cualquier humor. Parafraseando al Arcipreste, habría que escribir un Libro del buen humor. Y es de recibo que el buen humor empieza por uno mismo. Y que no hay mejor antídoto contra el narcisismo felón que poderse reír uno de sus reflejos. 
Y es que la risa, la buena risa, es medicina del alma.

Brillante Monstruos S.A., de la factoría Pixar, donde en su escena final resuelven el problema endémico de su necesidad energética sustituyendo como fuente de la misma el miedo que despiertan en los niños por su risa, divino tesoro.

Termino. Siguiendo esa lógica energética tan saludable y aprovechando la coyuntura veraniega que nos solaza, pensé que sería una buena idea sustituir la vieja fórmula del "pico y pala" por la más refrescante e ilusionante del "cubo y pala". Ahí estoy.

Pero no se confundan. No es un trueque cosmético o bien intencionado. A veces
un simple cambio de concepto alumbra una metáfora nueva. Y una nueva metáfora, a veces, opera como una bomba de gusano, una puerta performativa que produce una revisión/reversión de la realidad. 

Cosas del lenguaje. La alquimia de lo simbólico. Casi ná.

                                                     
                                                                           En Vijavega, Agosto del 2015