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miércoles, 26 de febrero de 2014

POR EL CAMINO DE HITCHCOCK II: MARNIE LA LADRONA



 

Vimos Marnie, película de 1964, y nos sirvió para dar un paso adelante por el camino de Hitchcock y desarrollar cuestiones que habían quedado aparcadas en el planteamiento de Recuerda

DEL  EDIPO
Veníamos de visionar Recuerda para ilustrar la dinámica del Inconsciente a través del síntoma y su lógica. Mostraba la película como el desvelamiento del acontecimiento traumático sucedido en la infancia resolvía el enigma de la amnesia y la culpa subyacente. Ya apuntamos que no calzaba del todo que el vigor de la culpa se sustentase en el terrible accidente que ocasiona la muerte del hermanito si no incluimos el plus cainita del  deseo de muerte del rival, tan antiguo como la historia de la humanidad y del que el Génesis da cuenta. Y es del deseo y su constitución que hablaremos hoy, lo que nos lleva a hablar del trending topic del psicoanálisis, el complejo de Edipo.
No entraré en la versión del mito que recoge entre otros Sófocles en su Edipo Rey, y sobre el que basará Freud sus planteamientos, tan conocidos como mayoritariamente denostados por la psicología científica y al alcance de cualquier bachiller.
Me centraré en el desarrollo que hace Lacan en su propuesta estructuralista, siendo consciente de la complejidad de la materia a tratar y del riesgo de fárrago en un marco más bien liviano como es este blog. Así que a la manera de Eduardo Manostijeras haré una poda conceptual enérgica intentando preservar y conjugar lo esencial y lo asequible.
Partamos de la propuesta de premisa que adelantamos antes:
Llamaremos Edipo a esa encrucijada de lugares y posiciones donde se juega y configura el modo en que se constituye la subjetividad, es decir el advenimiento del sujeto como tal, es decir, sujeto deseante, es decir, sujeto a la ley del deseo.
Los elementos que componen esta estructura ( entendiéndola como aquel sistema en el que el valor de sus elementos no viene dado per sė sino por su relación con los otros elementos: uno es padre o madre en tanto que hay un hijo, y uno es hijo por la viceversa, o uno es hermano en tanto que hay otro ídem, etc.) van a ser cuatro: madre, padre, bebé y el falo, siendo este último un concepto comodín clave, a no confundir con el pene, que sería su referente imaginario primario. Digamos que llamáremos falo a aquel elemento que circula y connota de valor singular el lugar que ocupa.
Lacan va distinguir en el proceso tres tiempos lógicos, que no cronológicos, para zafarse del etapismo y sus pleitesías. Una lógica posicional que no es inexorable ni irreversible, antes al contrario, es diacrónicamente fluctuante. Es un proceso estructural donde se dirime una dialéctica de lugares más que de personas y donde madre y padre son funciones con diversidad de encarnaciones posibles. Así pues, sin perder de vista su condición de constructo, distinguiremos esquemáticamente:

Primer Tiempo:
Tiempo primordial donde el Padre, en eclipse, no consta en ese ámbito exclusivamente reducido al vínculo entre la Madre y el bebé, vínculo donde no hay una frontera definida que distinga donde acaba uno y empieza el otro, territorio pues de fusión-confusión y de supuesta completud, donde no hay registro de falta y esa Madre aparece como completa y Fálica en tanto que el bebé detenta ese lugar de falo y está ahí en condición de objeto completante. Desde ahí, Madre Fálica omnipotente que dicta su ley. Coloquialmente le llamamos el Huevo.

Segundo Tiempo:
El bebé se percata de que la madre mira más allá de él, ergo es que algo le falta, algo que yo no tengo y en esa mirada más allá es que se inscribe la dimensión de la Falta y desde ella la dimensión del Deseo, porque sólo desde la falta es que es posible el deseo. Así pues en esa mirada la madre se muestra faltante y deseante y siguiendo esa mirada el bebé encuentra al Padre poseedor de eso que la madre no tiene y anhela, el falo, encarnado en el pene, depositario de su fulgor. Padre Fálico pues, que con su irrupción derroca al bebé de su pedestal fálico con su correspondiente destronamiento narcisista y su herida. Pero no todo es injuria pues simultáneamente al corte del espejismo de supuesta completud, tal corte a su vez libera de ese lugar de Goce, término lacaniano equívoco, pues remite al gozo en el pozo, es decir, agujero ahogante, asfixiante prisión oscura. Es desde esa pérdida de ese cebo-cebamiento envenenado que el bebé adviene al lugar de sujeto, liberado de su condición de objeto al servicio de la madre, sujeto deseante de un deseo propio que lo llevará a transitar las rutas de la incertidumbre y sus conflictos, la vida misma, peregrino de un viaje al que el padre empuja. Pero hete aquí que este padre al que designaremos Padre Fálico, o Padre de la Potencia, hereda la potestad omnipotente de la que antes gozaba la madre, y desde ese lugar va a dictar e imponer su ley, autárquica y obscena, convocando toda la fascinación y el odio imaginables, convirtiéndose a su vez en el detentador de un lugar a arrebatar. Como decía el Gran Visir Iznogud, "yo quiero ser Califa en lugar del Califa". Y  en su estela, hacer de tu vida la obstinada persecución del maldito Califato.

Tercer Tiempo:
Cuando ese padre supuesto Amo de la ley se revela también sujeto a ella, y de ser su presunto dueño pasa a ser su representante, algo así como pasar de ser John Wayne descerrajando tu puerta con su garbosa coz de shérif y el winchester a la cadera, a ser Colombo, con su raída gabardina y la debida orden judicial tocando a tu puerta. El tal agente es conocido como Padre Simbólico o Padre de la Ley. Mas ¿de qué ley hablamos? De una ley universal que nos atañe a todos. La ley de la gravedad acaso? No, pues es ésta una ley de la naturaleza que incumbe también a los perros, naturalmente, y nos referimos a una ley específicamente humana, es decir, propia del ser que habla y que como tal llamaremos ley simbólica, que no es otra que la ley del incesto, y aquí veníamos y ya hemos llegado, como constata Levy Strauss en sus Estructuras elementales del parentesco, ley que establece una prohibición fundante y fundamental y hace de ella el fundamento de la cultura, de todas las culturas.
Así pues, acceder a la dimensión simbólica es incorporarnos a un registro de un límite y una falta estructural de la que nadie se escapa y que en psicoanálisis recibe el nombre de Castración Simbólica y que en función de la defensa que emplee el sujeto ante ella devendrán las distintas estructuras clínicas.
Para ilustrar estos conceptos iremos de la mano de Hitchcock y haremos una lectura estructural de su película.

A PROPÓSITO DE MARNIE 
Narra las peripecias de una mujer cleptómana atrapada en un vínculo estragante con su madre y el encuentro con un hombre que le abre la posibilidad de un destino diferente.
Empieza la película andando por el andén de una estación con un bolso amarillo donde lleva el botín que le ha sustraído a un rico empresario aprovechando su puesto de secretaria trabajadora y eficiente al tiempo que recatadamente sexy. Viaja a ver a su madre, una mujer mayor y con una cierta cojera, que vive sola, aunque es frecuentada por una niña rubia hija de una vecina viuda. Desde que le abre la puerta, la rivalidad feroz  con la niña está servida y el afán desesperado por conseguir la atención o la aprobación de la madre, que la trata con severidad, frialdad y distancia. "¿Por qué no me quieres mamá?" pregunta y se pregunta derrotada, "si todo lo que hago es por ti". Ese enigma preside la vida de esta mujer órbitando incesantemente alrededor de esa madre estrella inalcanzable. "No tuvimos papá" sentencia tajante esa Madre Fálica, zanjando sin más explicación esa ausencia clamante. "No necesitamos a ningún hombre", remata con un plural inclusivo un vínculo-huevo que no contempla al tercero ni la diferencia.

Destripando el guión y desvelando su golpe de efecto final sabremos que en realidad necesitaba a cualquier hombre que estuviera dispuesto a pagar sus servicios y que en un rifirrafe con un marinero putero acaba lisiada y por los suelos mientras su hija de pocos años golpea hasta la muerte al agresor de su mamá. Escena traumática que será silenciada y sepultada en el olvido, y desde ese lugar rechazado de la conciencia volverá tortuosamente en forma de fobia al rojo sangre o de angustiosa pesadilla.
Estamos hablando de algo ya conocido, la dinámica inconsciente, la lógica del síntoma, el retorno de lo reprimido.
Aclarar un punto importante en relación al trauma. Hay que decir que más allá del suceso x o y, con toda la gravedad que encierre, es su silenciamiento lo que le confiere su potencia patógena y de ahí que su puesta en palabras tenga ese efecto sanador.
Es ese valor liberador de la palabra el que va a jugar activamente un Sean Connery en funciones de Padre Simbólico. Alguien que ejerce de límite desde una posición de amor y que  busca confrontarla con la verdad como condición necesaria para poder cortar el cordón imaginario que la une viscosamente a su madre con una ligadura aliñada de afán y culpa.
Hay una secuencia que nos muestra la labilidad de las posiciones sustentadas. En la luna de miel S.C. le da su palabra a M. de qué no volverá a tocarla si ella no quiere, para   días después y en un momento de exasperación saltársela y prácticamente violarla. Su reacción no se hace esperar. Con las primeras luces intenta suicidarse. Es la respuesta a esa caída desde la posición de padre de la ley que al traicionar su palabra dada deviene padre gozador o fálico. Posteriormente intentará hacerse perdonar consiguiéndole su querido caballo o pretendiendo reparar el daño leyendo libros psi que le ayuden a entenderla. Ella se burlará de sus patéticos esfuerzos imprecándole si no será él el enfermo al enamorarse tercamente de una mentirosa y una ladrona, a lo que él responderá que nunca pretendió ser perfecto. Sí, definitivamente el padre simbólico está barrado.

DE LA HISTERIA
Reseñados los itinerarios de los personajes que trasiegan por los distintos tiempos del Edipo, faltaría comentar aunque fuera brevemente la posición histérica, una de las modalidades del campo de las Neurosis que comparte con su fiel compañero "el obsesivo".
De las mil caras de la histeria nos ceñiremos a la que presenta Marnie, una mujer, decíamos, estragada por su madre, en su sentido más literal, engullida, devorada, a la manera de las viejas brujas de los cuentos. "No tuvimos papá" proclama orgullosa de su supuesta autosuficiencia la madre de marras, pero aunque se empeñe en silenciarlo, ya sea a Billy, el muchacho que le dejó el pastel y su gersey de basquet, ya sean los marineros que visitaban su dormitorio, la niña tenía que dejar la cama que compartía con su mami y dormir afuera en el sofá. Padre anónimo pues, pero tercero que la desaloja del huevo materno. "¿Qué tendrá el negro que yo no tenga?" se pregunta el zapatero remendón de la canción de Albert Pla. Pues en este caso a parte de rabo, pasta. Y a eso se dedicará empleando sus mejores artes, a seducir a tíos pastosos y a robarles su falomoney para regalarle a su mamá el visón de turno. Llamado a un padre que no está a la altura y del que hará colección en su capazo de cabezas burladas.
Y de repente irrumpe S.C. que no cae en su celada pero sí en esa cosa misteriosa que llamamos amor. Y para su sorpresa, aparte de pillada in fraganti, se siente vista, interpelada en su mentira en busca de su verdad. " Y eso ¿a quién le importa?"' "A mi me importa". Y por un instante y desde la perplejidad de la sorpresa percibe algo diferente, desconocido, y su mirada hacia el hombre cambia, aunque obviamente la resistencia persiste. No lo tiene nada fácil S.C. para viabilizar ese destello y poder encontrar el camino que la conduzca a salir de su atolladero. En su afán conductor habrá deslices y desbarres que ya hemos contado pero hay que decir en su descargo que no debe ser fácil gestionar el James Bond que lleva dentro y su propia perplejidad ante la frigidez de Marnie, la única rubia que se le ha resistido en su legendario currículum de amante pluscuamexperto. Sí James, nadie es perfecto. 
Con la frigidez, síntoma de rancio abolengo en la histeria, tendrá que lidiar Marnie en su psicoanálisis, pero esa ya es otra historia.
                                                                                   
                                                                                Alicante, febrero 14 

jueves, 13 de febrero de 2014

¿QUIEN TEME AL LOVE FEROZ?








                                                                                 "Lo mejor es enemigo de lo bueno"
                                                                                                       Proverbio manchego


      Recuerdo que cuando aquella analizante me pidió que le recomendara algún libro para leer durante las vacaciones de verano tomé conciencia de la delicada responsabilidad que adquiría si decidía responder a su demanda aparentemente banal. El caso es que ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez mi percepción de lo mismo fue distinta. Me vinieron a la cabeza casi de súbito dos textos, ambos muy hermosos, que en su día yo disfruté leyendo: "Seda" de Alessandro Baricco y "Verde agua" de Marisa Madieri, dos relatos muy distintos, pero que entre sus muchas diferencias albergan una muy precisa en lo tocante a la manera en que los protagonistas encaran el amor, y de ahí su propia vida, su estar en el mundo. Resolví indicarle los dos.

     A su regreso me refirió agradecida las variadas y hondas vivencias experimentadas durante su lectura. Llegado el momento, terminé la sesión con un conciso comentario, "Son dos formas distintas de mirar el amor", a lo que ella replicó: "Sí, pero las dos son válidas, ¿no?", y yo contesté con un salomónico "Digamos que las dos existen" como despedida.

      Fue cerrar la puerta y sobrevenirme como un relámpago otra respuesta probablemente más pertinente: "Válidas ...¿para qué?", porque ésa es la cuestión, cuestión en verdad compleja que me acribilla con una primera oleada de interrogantes:


Dime, ¡oh Perogrullo!, ¿quién soy yo para decidir qué amor es válido y cuál no?
¿Qué es lo que valida un amor?
¿A quién estamos amando cuando decimos "te amo"?
Y ya que estamos, como decía aquel señor gran amante del bourbon,¿de qué hablamos cuándo hablamos de amor?.
Bacalao.

      Y es que el Amor es la vaca sagrada del universo, y en su nombre se profesan los mayores estragos. "Ama y haz lo que quieras" nos exhortaba san Agustín mientras puntualizaba que "la medida del amor es amar sin medida", y así vamos. Y no me estoy refiriendo a la patología del amor en su cara más airada y aireada, la tan traída violencia doméstica, bien sea versión la maté porque era mía,o bien,mi marido me pega lo normal. No, o por lo menos, no solo. Quisiera reconsiderar su otra faz, la que se inviste de sublime y se enuncia como mandamiento ("Amarás a..."). 

           ¿Habéis visto "El marido de la peluquera"?.

      La historia de una pasión. En el desenlace, en una noche de lluvia y lujuria, Matilde dice que sale a comprar yogures y en un plis plas se arroja a un caudal de aguas turbulentas sin volver la vista atrás.Le ha dejado una carta a Antoine:

      "Mi amor, me voy antes de que te vayas tú. Me voy antes de que dejes de desearme, porque entonces sólo nos quedará la ternura y sé que no será suficiente. Me voy antes de ser desgraciada. Me voy llevando el sabor de tus abrazos, llevando tu olor, tu mirada, tus besos. Me voy llevándome el recuerdo de los mejores años de mi vida, los que me diste tú. Te beso infinitamente, hasta morir. Siempre te he amado. No he amado a nadie más. Me voy para que nunca me olvides. Matilde."


Inmolarse por amor para que no muera el Amor.
Pero, ¿qué amor es ése sino el viejo Ideal Tirano que nos convierte en sus más fervientes lacayos?

Da igual que sea Princesa en la torre, que Príncipe azul,
Dios venerable, que Dios en la cruz,
Gora Euskal Herria independiente, que piloto bomba en Manhattan sur.
Todos tienen algo en común: abanderados de La Causa en mayúsculas.
Un espejismo siniestro de gloriosa completud.

Un amor sin límites, pero ¿acaso no es ésa la naturaleza del hecho amoroso?

Esa irrefrenable aspiración a fundirse y confundirse, a hacerse Uno en el otro.

¿No es ésa la fuente de la poesía y de las religiones?

    
      Marx se quedó corto con lo de "el opio del pueblo" y se vio arrollado por los frutos trágicos de la nueva utopía que él alumbró. Y ése es el asunto, ese irreductible anhelo por la eterna utopía de turno, ese sueño que nos hace ser quienes somos, persiguiendo "eso que no es en ningún lugar".

     Opio del ser pues, que nos hace adictos empedernidos y del que sólo muy arduamente algunos pocos consiguen desengancharse. Mal remedio será sustituir el opio por el jaco, o el jaco por Jehová.

     El reto es otro. Perder al Otro para empezar a reconocerse a uno mismo, aunque a menudo, pese a que el Otro esté perdido de antemano, uno no asume su pérdida y como Antoine haciendo crucigramas en el epílogo de la película, le dirá al cliente impaciente, "espere usted, la peluquera volverá".

      La esperanza es lo último que se pierde, dice el dicho, pero, relámpago en la puerta, habría que preguntarse: la esperanza .... ¿de qué?.

     Lacan, en su versión más zen, plantea que el amor es dar aquello que no se tiene a alguien que no lo es. No seré yo quien le estropee la adivinanza, pero sí quiero hacer notar cómo destaca la dimensión de una falta indeleble.

       Así pues, enlazando con el principio, decíamos que habría dos formas distintas de mirar el amor, y en consecuencia, de encarar la existencia: Visa oro para un sueño, o por el contrario, ir viviendo como uno buenamente pueda, sabiendo que al final, más allá de los vértigos y los pálpitos, siempre habrá números rojos en la cuenta del olvido, que cantaba el poeta.

      Y cada uno elige.
                                                                                                
                                                                                  Mamouna, Septiembre de 2002