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sábado, 4 de enero de 2014

Q3K3


                                                     
 “Inter faeces et urinas nascimur”

     Decía el poeta que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, y decía bien, aunque habría que apostillar que “lo malo, si breve, mejor”. De cualquier forma lo diré rápido: La verdad es cutre
     Es un secreto a voces que igual nos puede llevar toda la vida descubrirlo o igual nos puede llevar toda la vida no enterarnos. Es ésta una posibilidad frecuente. Yo aún diría más, es lo habitual, entre otras cosas porque a nadie le hace ilusión un secreto tan cutre. Tan cutre, tan cutre que eso no es un secreto ni es na.
     Tampoco es un secreto para nadie que un motín es una cosa muy fea y que un (psico)análisis es una cosa muy larga, o dicho mejor, un proceso extenso en el tiempo e intenso en el corazón. Si le resulta breve y leve, consulte a su proveedor. Desconfíe de sucedáneos baratos. Ya se sabe que el psicoanálisis es una cosa muy cara y que no lo cubre la Seguridad Social. Para colmo Woody Allen, su principal icono mediático, ha apostatado públicamente del mismo para luego optar, mira tú por donde, por la ruta del incesto putativo.
     En fin, menos mal que nos queda Portugal.
     Así las cosas en este siglo que agoniza al borde de un ataque de nervios por el efecto 2000, resulta casi insólito que el psicoanálisis, cien años después, todavía resista, y no solo ello sino que además se extienda irreversible por el intersticio social, al punto de infiltrarse hasta en las páginas amarillas. Vive Dios, ¿a dónde vamos a ir a parar?.
     “No se imaginan que les traemos la peste” comentó Freud en llegando a los USA allá por el 09, y desde entonces vamos sobrellevando el peso de la metáfora.
     Aventurarse a un análisis es precisamente eso, iniciar una aventura donde en absoluto está garantizado el happy end. El colorín colorado, con lo que ha llovido, anda un tanto desteñido, y las perdices, al paso que vamos, vete tu a saber.
     Son muchos los/las analizantes que instruidos por el viejo Hitchcock, emprenden el viaje en pos de algo que temen y anhelan a un tiempo, indagar y despejar las brumas que en la memoria ocultan un presentido trauma de horror y culpa desaforado y trágico: Relámpagos y sangre de marinero putero en Marnie la ladrona, o una amnesia pertinaz que vela una verja negra y mortífera, un grito helado en la nieve y la cara de pasmao que se le queda a Gregory Peck ya para siempre, ¿recuerdan Recuerda?.
     Pero la verdad es más cutre que las películas, con licencia de Torrente, el brazo tonto de la ley, y más allá de lo que de pintoresco haya en el relato del paciente, lo que se asoma y manifiesta en él es la tragedia cotidiana de su insatisfacción profunda que camuflada bajo el matorral sintomal redunda incansable y terca aferrada al lomismo.
     “Yo ya no se qué decir, ya te lo he contado todo y siempre es lo mismo”, es la queja rutinaria que emerge desde el diván mil veces cada día, y es lógico, pues el camino del análisis está empedrado de quejas y rutinas. Repetición fiel y necesaria del disco rayado que sustenta nuestras vidas. A ese pegote que obliga a la aguja al giro infinito le llamamos goce.
     Freud ya lo designaba como viscosidad de la libido, y desde él sabemos que está hecho de la misma substancia inefable que riega los sueños.
     ¿Quién no ha recibido la visita inquietante de ese sueño enigmático que tozudo y mudo vuelve y vuelve? Freud hablaba de regresión al punto de fijación. Luego lo llamó compulsión a la repetición, circuito vicioso que se hace cárcel, pesadilla o locura.
     “Cuando me viene la manía tengo que lavarme las manos equis veces, siendo equis siempre múltiplo de tres. Empecé por tres veces, luego seis, después nueve, y así cada vez más,... treinta, sesenta, noventa,... y si pierdo la cuenta tengo que volver a empezar. Es horrible, pero no lo puedo evitar, y no le veo salida. ¿Hay alguna salida doctor?.
     Salida, salida, mmmm.... digamos que sí, que salida hay, pero que lo que no hay es escapatoria. Porque la huida no es salida, tanto sea hacia delante como hacia atrás. La huida funda la persecución. Es más, la huida crea al perseguidor y nos hace forajidos, fora exidos. Cuanto más corres más ladran los perros, porque los perros huelen tu miedo y el miedo deja un rastro indeleble en el aire. Y no es el huir solo cuestión de piernas. Da igual que te dopes o que te escondas detrás del síntoma, se te ve el plumero. ¿Y qué decir de quien como el avestruz hunde la cabeza en un hoyo para no ver, mientras de su culo hace bandera?.
     No ver. No querer ver. No querer saber. De eso va el cuento.
     No querer que el cuento se acabe. No querer saber que el cuento se acabó. Esa es la historia.
     Es muy duro dejar de creer en los Reyes Magos.
     Es más duro todavía dejar de creer en los Reyes Malos.
     Nos aferramos desesperados al Hada Madrina, y nuestro anhelo le da alas y nuestro cuerpo varita. El precio es la Bruja Calixta y el Hombre del saco, estrellas invitadas de nuestros terrores nocturnos favoritos. Y es que da igual varita que escoba, sueño que pesadilla, pues ambos son el verso y el reverso del mismo engaño, las dos caras de la misma mentira. Y ya se sabe que la mentira vende. Por un tubo. Ignoro si los limones salvajes del Caribe existen tal cual. De lo que estoy seguro es de no ver ni atisbo en el gel con el que me ducho cantarín, y quien tenga alguna duda que se atreva a leer su fórmula cualitativa.
     En fin, perdidos al río, cometamos el penúltimo pleonasmo: la verdad es cutre, y no está bien vista y a veces huele y a menudo duele. Esa es la cruda realidad, pero sólo la verdad limpia y disuelve el pegote de chirla que hace de nuestra vida mierda. Sin perdón.
     Hay que frotar y frotarse mil veces con las palabras y limarse en su filo para dar a luz la palabra plena y desnuda. Combinación nueva de los viejos dichos que propicia un decir distinto, un sentido diferente. Progresión significante que precisa del crisol inconsciente, y donde una vez más, son los sueños los testigos fieles, si no los agentes, de esa laboriosa metamorfosis: Aquí se hace preciso hablar de la progresión onírica, tema apasionante donde los haya, pero eso ya es materia del milenio que viene.

     Quedan emplazados para la ocasión. Agur.

                                                                                       Mamouna, julio de 1999

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