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viernes, 20 de diciembre de 2013

BAJARSE DEL BURRO


"El sol de verano nos hace reír,
mi hermano mellizo no sabe nadar,
le empujo hasta el fondo y le dejo morir,
me vuelvo a la arena junto a mi mamá, la, la, la"

     Canta Albert Pla al compás de una melodía de goma y comba con su vocecita más inocente su canción más demoledora. Si no fuera porque no, habría que reivindicar al de Sabadell como el místico que es, en la estela de los grandes poetas místicos que le precedieron en el intento de sitiar con palabras lo indecible, si bien aquellos aluden al vértigo extásico del amor a Dios y su gozo, y éste afeita con su navaja palabrera el horror mudo del goce. Ambas, semblanzas imposibles de lo Real. Amén.

   Pero yo no quería hablar de la mística y sus extravíos, sino de algo mucho más pedestre, o si me apuran, ecuestre, pues de equinos va el asunto, asunto por todos bien conocido aunque sólo fuera de oídas, cual es el proverbial y castizo CAER DEL BURRO.

     O de todo lo contrario. Porque la tesis que quiero plantear es que es de la dificultad, de la incapacidad, de la imposibilidad para caerse del burro, que versa un análisis. Habrá que ver qué demonios encierra esa indómita resistencia a soltar la poltrona burril. Para ello tendremos que dar un rodeo en el que trataré de deslindar y articular algunas cuestiones clave tal que son la culpa y el narcisismo.

     Veamos pues. Un aspecto que refulge con luz propia a la vuelta de cada historia, una y otra vez, sesión tras sesión, hoy seguro y mañana también, es el afanoso reclamo de inocencia. Reclamo de inocencia plenaria ante el que hay que preguntarse insoslayablemente, ¿por qué tanto afán desmentidor?: “Doctor yo nunca he pensado… yo nunca he sentido… jamás se me ocurriría… no soy rencoroso… ¿cómo alguien puede ser capaz de…?, pero usted ¿por quién me ha tomado?”. Invocaciones de fantasmas secretos, exorcismos de demonios íntimos, negaciones de los anhelos mas temidos.

     Dice otro proverbio que quien se excusa se acusa, y dice bien. Reclamo de inocencia que delata un crimen, o por lo menos, una culpa. Ma qué culpa?. Espinoso territorio donde los haya, Ignacio López destripaba el año pasado el tema y señalaba claramente entre otras su función superyoica de límite y de autoagresión, y esa otra faz de tapadera del propio vacío que había que atravesar para recuperar nuestra innata y olvidada capacidad de disfrute, “y nuestra naturaleza, concluía, guiarla el camino”. Así pues el enfoque gestaltico plantea la culpa como una distorsión que hace obstáculo al buen vivir fluido y armónico que el propio organismo regularía de forma natural. Es este un punto, el de lo natural, un aspecto central en el que hay que marcar un lindo linde desde el psicoanálisis. Marcar la diferencia y desmarcarse de esa mirada roussoniana de la bondad humana natural y esencial, porque si algo nos hace hombres es precisamente nuestra radical condición contra-natura. Esa expulsión y exilio irreversible del orden de la naturaleza que funda la Ley Simbólica y el ingreso en el lenguaje. Humanos que no humonos decíamos, para siempre jamás.

     Esto acarrea unas consecuencias muy precisas a la hora de pensar la clínica. Es bien sabido el rechazo que le supuso a Freud su tesis del caracter sexual en la etiología de la histeria, pero siendo original como enfoque médico, ya lo habían sustentado en sus carnes miles de cuerpos de mujer estragados por las llamas purificadoras de la Santa lnquisición víctimas de los lúbricos favores del Maligno. Lo verdaderamente subversivo e intolerable del aporte freudiano fue meter el dedo en la llaga más sagrada e intocable, la inocencia infantil. Meter el dedo y sacarlo hediondo, cómo iba a ser sinó, porque no hay nada mejor para exacerbar los tufos y las pestes que cubrir y vendar sin limpiar la herida abierta. Estúpido velo de mentiras que arropan lo obvio. El mellizo asesino que canta Pía solo es un canalla más de la lista interminable de pequeños canallas fratricidas del club de los cainitas muertos.

    En la Agresividad en Psicoanálisis, Lacan cita a San Agustín como un pionero develador del traje nuevo del Emperador. Transcribo: “Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeñuelo presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba todo pálido y con una mirada envenenada a su hermano de leche”. El buen salvaje es un mito. Y como todo mito un timo. Una idea, un relato, una leyenda de los orígenes que hace coartada. Coartada necesaria de un delito que a su vez es un mito y nos funda, sea en forma de manzana prohibida y Pecado Original, o sea esa otra versión mas sanguinaria del Urvater asesinado en la niebla por la horda, lógico y denostado mito freudiano, Totem y Tabú en el candelabro, again.

     Caer del burro, vale, pero ¿quién?. Aparcados la bestia y el verbo nos queda ver al jinete, el que va montado, el que así se lo monta, el rey del montaje, el Yo. Ya Freud lo comparaba con un jinete más o menos desmañado y sudoroso tratando de conducir a buena cuadra una montura en verdad caprichosa y tozuda. Este atribulado caballerete va a dejar paso en Lacan a una figura mas bien mendaz y tramposa, el Yo tahúr como función de desconocimiento, convirtiéndose a lo largo de su primera época en el malo de la película, probablemente como reacción a ese otro Yo bien vitaminado y robusto postulado por los “americanos” de la Ego psycology. No entraremos en el SeIf porque ya se sabe que el “si mismo” no es lo mismo, etcétera. Sí hay que señalar que ahí se tipifican las llamadas personalidades narcisistas y sus correspondientes trastornos en la línea que desarrolla Albert Rams en su enjundioso artículo de páginas adyacentes.

     Así que en este desfile de modas y de modos de abordar el tema, me ceñiré al enfoque estructural. El narcisismo como un universal, acto psíquico que funda la identidad. Acto del orden de la identificación a una imagen devenida por el Otro e ilustrada por Lacan en el estadio del espejo. Imagen que no es solo visual, pensemos en los ciegos, pero sí siempre imaginaria, construida golpe a golpe y verso a verso a partir de los diversos decires del Otro: “Mi niño más listo que nadie, mi niña más guapa que todas, tan torpe como tu padre, siempre en las nubes como tu madre, nunca llegarás a nada so inútil, ¡qué cruz que me ha caído contigo Señor!”.

     Enunciados identificatorios que van configurando una imagen, una gestalt que se conforma y propicia un referente de identidad allí donde sólo había un sarao de pulsiones mas bien grunge. Identidad paradojal del Yo en su raíz, ya que siendo alienante es subjetivante, y de ahí todo el drama que nos desgarra la existencia pues a ella se aferra el sujeto como la carne a la piel. Digámoslo, el Yo es piel. La piel del ser, y no somos serpientes, ergo…

     El análisis es un proceso de disección y caída identificatoria. Seccionar a través del decir las redes de coalescencia con el dicho del Otro. Dicho que en su origen es preverbal, una mirada, pero una mirada en un universo de hablantes, no lo olvidemos.

      Caída, decíamos, de un lugar de espejismo, porque de lugares imaginarios aquí se trata. Jaque al Yo en su trono fálico. En la quietud del diván verse sacudido, zancadilleado, empujado por la inercia irreversible de la libre asociación que deja en vilo sus certezas, y confrontado al espejismo en el abismo del espejo hacer nacer una pregunta de respuesta incierta: ¿quién soy yo?, o mejor, ¿quién es yo?.

     Sea quien fuere una cosa es segura, tiene el corazón partío. Y ahí vamos. Escisión del Yo, Spaltung freudiana, grieta estructural en los cimientos del ser. Hiancia incurable. Falta en ser, dicen en lacanés.

     La historia de la humanidad es la historia de las diversas maneras para no saber de eso, o de cómo ingeniárselas para intentar restañar ese agujero, interminable y variopinta galería de tapones divinos, rutilantes ideales, medias naranjas a la medida y otras suturas homologadas y de buen ver.

    “Caer del burro”, comenta Iribarren en el Porqué de los Dichos, “Reconocer el yerro y falta de uno. Cejar en el error en el que se ha perseverado tercamente”. ¡Qué forma tan simple de enunciar asunto tan complejo!. ¿Sería muy atrevido decir que más acá de otras fórmulas solipsístas éste es el fin del análisis?.

     Propondría un matiz. Sustituir el verbo caer por bajarse, pues caerse denota tropiezo, hecho consumado, avatar marcado por la ley de la gravedad y el accidente. Bajarse es acto, elección de sujeto, sujeto a la ley simbólica que asume y reconoce como tal su condición de barrado. Barrado por la Castración.

    Bajarse del burro es asumir la barra y renunciar a la parra.

    Parafraseando al viejo Bob, habría que preguntarle al viento cuántos rebuznos hacen falta para decidirse a hacer al camino a pie. (Solo de armónica).


                                                                                                     Mamouna, julio de 1998

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿AQUÍ Y AHORA VERSUS ALLÍ Y ENTONCES?



Apostar por la frontera como decíamos ayer es una vocación de encuentro que pasa por el desencuentro, experiencia inevitable si uno quiere ir un poco más allá del júbilo fatigado y ahumado de las hachas enterradas y las pipas de la paz. Un poco más allá del cambalache colorista de collares y espejuelos, de las palabras floridas y las buenas intenciones. Más allá, pasada la resaca del feliz encuentro, toca lidiar con la abrupta cornisa de las cosas que no encajan, que chirrían, que discordian. Muchas de las veces en la base del tropiezo subyace la falta de entendimiento que resulta del simple desconocimiento. Baluartes del mismo son los tópicos. Tristes tópicos que nos velan la fecundidad trópica que encierran una vez atravesados. Tropiquemos pues.

A lo largo de los verdes predios por donde lindan sin demasiado ruido el Psicoanálisis y la Gestalt destaca con figura propia una vieja controversia versia que pondría en oposición el emblemático Aquí y Ahora gestáltico versus un pretendido Allí y Entonces psicoanalítico.Idea ésta que dibuja al psicoanálisis como una especie de cruzada pertinaz y anacrónica a la  búsqueda de una mítica Arca Perdida.

Esta supuesta divergencia se pondría paradigmáticamente en evidencia en la crítica característica que hace la gestalt del fenómeno de la transferencia. Valga como exponente un texto de Paco Peñarrubia, “La relación terapéutica en gestalt”, del que entresaco  algunas citas en cursiva. Desde la gestalt la transferencia se considera algo que habla de “un problema de contacto con el presente”, una especie de “confusión que el paciente tiene o hace respecto al terapeuta y sus figuras parentales”, confusión que pasa “por un bloqueo en su conciencia que le impide distinguir entre la fantasía y la realidad”.

Hay pues que desmontar ese equívoco. Desmontar la transferencia y desmentirla. Aclarar que yo soy fulano y no soy tu padre, que aquello es aquello y que esto es esto. Que el pasado pasado es y pasado está y que lo que hay aquí y ahora es el presente y en eso estamos y que hay que darle a cada cual lo suyo, versión actualizada del bíblico “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, donde al presente casi se le altariza, “y en ese encuentro real el cliente aprende a distinguir entre la llamada insistente del pasado y la libertad y claridad del presente”.

Ese darse cuenta del error permitirá corregirlo relegando al obsoleto chupete a donde le corresponde, ese desván donde se arramblan los trastos viejos y ya así, desprendidos de tal rémora, poder aplicarse a degustar esos otros platos suculentos que una buena mesa nos ofrece. Pero ocurre que entonces va y se presenta impertinente el vómito, o voraz la bulimia, o peor, orgullosa la anorexia, y de noche en sueños se aparece gigante y obsceno el chupete dichoso, cuando no te despiertas sonámbulo rumbo al desván en el vértice de la escalera u otros vértigos más rampantes.

Y claro, ponte a decirle que eso no se hace, que eso no se debe, que no comes nada, que no me comas tanto, o que yo no soy su madre, algo más que evidente pues evidente es que no tengo ni sus bucles dorados ni sus confortables tetas. Y es que no hay que olvidar nunca que evidentemente evidente miente y que la cosa no se trata de un bloqueo de la conciencia ni de cualquier otro músculo. El yo, bien despierto y perplejo no entiende nada y puede preguntarse qué demonios significa todo esto, o lo más frecuente en estos casos, se dirigirá presto al señor de la bata para pedirle rohipnol o lexatín para que se le pase pronto.
No sólo es que no se entienda, es que se desentiende. No sabe, no contesta porque no quiere saber sobre ese otro saber que le habita pero que le es inconsciente. Y a lo inconsciente hemos llegado, santo y seña del psicoanálisis, expediente x universal del que tantas pruebas tenemos pero que nadie todavía ha retratado. Y que quede claro que no se trata de un ente más o menos esotérico  ni marciano, sino de un saber, decíamos, y una operatoria, estructurada  como un lenguaje, que empuja. Empuje que surca nuestras vidas y se muestra enigmático en eso que lacan vino a llamar las formaciones del inconsciente, lapsus, sueño, síntoma y donde la transferencia viene a hacer serie.

Así las cosas, dada su naturaleza sintomal, cualquier intervención sobre ella del tipo ortopédico o del sentido común, naufraga. Y es desde ahí  desde donde hay que intentar atender a esa llamada insistente del pasado que mencionaba Paco  y preguntarnos sobre ella, por qué insiste tanto, maldita testaruda, que no se desbrava porque la destapes y mucho menos se apaga si le retiras la palabra y le das carpetazo. Ella opera tenaz y siniestra en el silencio. Es lo que Freud va a llamar primero compulsión a la repetición y finalmente pulsión de muerte. Con Lacan sería el empuje al goce y nosotros, por qué no, más poéticos, nostalgia del pozo.

Es obvio que no se trata de hacer arqueología de momias más o menos insepultas ni hacer del chupete blasón y fetiche de nuestras pesquisas. Si hoy se asoma el chupete de marras, bienvenido sea, pero igual sitio hay que hacerle a la muñeca de trapo o al caballito de madera, a la Kawasaky 1000 o a esa rubia tan hortera, al abrigo de armiño o a mi niño bandera, a esa plaza de subsecretario o al entierro de primera, cada noche me duermo pensando en ti pero me da mucha vergüenza, hoy no voy a ir a la sesión porque me duele mucho la cabeza. Mmmm…
Y a todo eso, pasado, presente y futuro, ponerle palabras, aquí y ahora, en transferencia, embajadora privilegiada de lo inconsciente que ahí se encarna, porque sólo así, decía Freud,  se puede vencer al enemigo, que no in effigie ni in absentia .

Si la compulsión a la repetición es el vector de fuerza que nos enferma hay que permitir que tome cuerpo y que se despliegue en sus mil formas o caretas y en el seno de ellas el recuerdo se hace actual y se actúa, se hace acto. El acto que hacemos nos representa. Lleva implícito nuestro código de identidad, “por sus actos les conoceréis”, y la identidad, el que somos o creemos ser, lo que hacemos y dejamos de hacer, ahora y en los tiempos de la tos, da igual, son distintas radiografías, mejor, psicografías de nuestra estructura subjetiva, estructura que viene dada por nuestra posición como sujetos en relación a la castración.
En esta perspectiva la castración es la estrella polar que ordena este espacio cartapacio que es el psiquismo. Ese referente simbólico que permite el pasaje de humonos a humanos para siempre jamás. Es aquella operación que instaura irreversiblemente la Ley, ley que prohíbe el goce, o sí, digámoslo, el gozo, el gozo del pozo. Se acabó lo que (no)se daba. C´est fini. Es finitto. Caput. Stop.

Así pues, el enfoque brujular que imanta la castración nos permite orientarnos en ese carnaval de máscaras que la transferencia es  y rastrear no tanto su condición de máscara sino lo que como tal oculta, ese perfil fijo en la sombra que llamamos fantasma, pero esta es una cuestión que por razones obvias no podemos abordar aquí y ahora. En fin, castraçao. ¡Qué vamos a hacer! Por suerte nos queda el después. Hasta entonces pues.
Tal vez.
                                                                                                         Mamouna, julio del 97
 

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA PIEL DEL SER



"Anatomía de la palabra" es el brillante título de un texto de Valente.
Es curioso que anatomía me resulte una palabra sugerente, cargada de erotismo, cuando en su literalidad atañe a lo real del cuerpo, antierótico por definición.
Piensa en esas láminas de homúnculos musculares con color de garreta, esos torvos esqueletos, esos vasos bicolores, esos nervios, esas vísceras.
La verdad que encubre la piel.
El imaginario es la piel del ser, una película que nos envuelve y nos unifica.
Apariencia.Espejismo necesario. Yo.
Ay!