.

.

viernes, 20 de diciembre de 2013

BAJARSE DEL BURRO


"El sol de verano nos hace reír,
mi hermano mellizo no sabe nadar,
le empujo hasta el fondo y le dejo morir,
me vuelvo a la arena junto a mi mamá, la, la, la"

     Canta Albert Pla al compás de una melodía de goma y comba con su vocecita más inocente su canción más demoledora. Si no fuera porque no, habría que reivindicar al de Sabadell como el místico que es, en la estela de los grandes poetas místicos que le precedieron en el intento de sitiar con palabras lo indecible, si bien aquellos aluden al vértigo extásico del amor a Dios y su gozo, y éste afeita con su navaja palabrera el horror mudo del goce. Ambas, semblanzas imposibles de lo Real. Amén.

   Pero yo no quería hablar de la mística y sus extravíos, sino de algo mucho más pedestre, o si me apuran, ecuestre, pues de equinos va el asunto, asunto por todos bien conocido aunque sólo fuera de oídas, cual es el proverbial y castizo CAER DEL BURRO.

     O de todo lo contrario. Porque la tesis que quiero plantear es que es de la dificultad, de la incapacidad, de la imposibilidad para caerse del burro, que versa un análisis. Habrá que ver qué demonios encierra esa indómita resistencia a soltar la poltrona burril. Para ello tendremos que dar un rodeo en el que trataré de deslindar y articular algunas cuestiones clave tal que son la culpa y el narcisismo.

     Veamos pues. Un aspecto que refulge con luz propia a la vuelta de cada historia, una y otra vez, sesión tras sesión, hoy seguro y mañana también, es el afanoso reclamo de inocencia. Reclamo de inocencia plenaria ante el que hay que preguntarse insoslayablemente, ¿por qué tanto afán desmentidor?: “Doctor yo nunca he pensado… yo nunca he sentido… jamás se me ocurriría… no soy rencoroso… ¿cómo alguien puede ser capaz de…?, pero usted ¿por quién me ha tomado?”. Invocaciones de fantasmas secretos, exorcismos de demonios íntimos, negaciones de los anhelos mas temidos.

     Dice otro proverbio que quien se excusa se acusa, y dice bien. Reclamo de inocencia que delata un crimen, o por lo menos, una culpa. Ma qué culpa?. Espinoso territorio donde los haya, Ignacio López destripaba el año pasado el tema y señalaba claramente entre otras su función superyoica de límite y de autoagresión, y esa otra faz de tapadera del propio vacío que había que atravesar para recuperar nuestra innata y olvidada capacidad de disfrute, “y nuestra naturaleza, concluía, guiarla el camino”. Así pues el enfoque gestaltico plantea la culpa como una distorsión que hace obstáculo al buen vivir fluido y armónico que el propio organismo regularía de forma natural. Es este un punto, el de lo natural, un aspecto central en el que hay que marcar un lindo linde desde el psicoanálisis. Marcar la diferencia y desmarcarse de esa mirada roussoniana de la bondad humana natural y esencial, porque si algo nos hace hombres es precisamente nuestra radical condición contra-natura. Esa expulsión y exilio irreversible del orden de la naturaleza que funda la Ley Simbólica y el ingreso en el lenguaje. Humanos que no humonos decíamos, para siempre jamás.

     Esto acarrea unas consecuencias muy precisas a la hora de pensar la clínica. Es bien sabido el rechazo que le supuso a Freud su tesis del caracter sexual en la etiología de la histeria, pero siendo original como enfoque médico, ya lo habían sustentado en sus carnes miles de cuerpos de mujer estragados por las llamas purificadoras de la Santa lnquisición víctimas de los lúbricos favores del Maligno. Lo verdaderamente subversivo e intolerable del aporte freudiano fue meter el dedo en la llaga más sagrada e intocable, la inocencia infantil. Meter el dedo y sacarlo hediondo, cómo iba a ser sinó, porque no hay nada mejor para exacerbar los tufos y las pestes que cubrir y vendar sin limpiar la herida abierta. Estúpido velo de mentiras que arropan lo obvio. El mellizo asesino que canta Pía solo es un canalla más de la lista interminable de pequeños canallas fratricidas del club de los cainitas muertos.

    En la Agresividad en Psicoanálisis, Lacan cita a San Agustín como un pionero develador del traje nuevo del Emperador. Transcribo: “Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeñuelo presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba todo pálido y con una mirada envenenada a su hermano de leche”. El buen salvaje es un mito. Y como todo mito un timo. Una idea, un relato, una leyenda de los orígenes que hace coartada. Coartada necesaria de un delito que a su vez es un mito y nos funda, sea en forma de manzana prohibida y Pecado Original, o sea esa otra versión mas sanguinaria del Urvater asesinado en la niebla por la horda, lógico y denostado mito freudiano, Totem y Tabú en el candelabro, again.

     Caer del burro, vale, pero ¿quién?. Aparcados la bestia y el verbo nos queda ver al jinete, el que va montado, el que así se lo monta, el rey del montaje, el Yo. Ya Freud lo comparaba con un jinete más o menos desmañado y sudoroso tratando de conducir a buena cuadra una montura en verdad caprichosa y tozuda. Este atribulado caballerete va a dejar paso en Lacan a una figura mas bien mendaz y tramposa, el Yo tahúr como función de desconocimiento, convirtiéndose a lo largo de su primera época en el malo de la película, probablemente como reacción a ese otro Yo bien vitaminado y robusto postulado por los “americanos” de la Ego psycology. No entraremos en el SeIf porque ya se sabe que el “si mismo” no es lo mismo, etcétera. Sí hay que señalar que ahí se tipifican las llamadas personalidades narcisistas y sus correspondientes trastornos en la línea que desarrolla Albert Rams en su enjundioso artículo de páginas adyacentes.

     Así que en este desfile de modas y de modos de abordar el tema, me ceñiré al enfoque estructural. El narcisismo como un universal, acto psíquico que funda la identidad. Acto del orden de la identificación a una imagen devenida por el Otro e ilustrada por Lacan en el estadio del espejo. Imagen que no es solo visual, pensemos en los ciegos, pero sí siempre imaginaria, construida golpe a golpe y verso a verso a partir de los diversos decires del Otro: “Mi niño más listo que nadie, mi niña más guapa que todas, tan torpe como tu padre, siempre en las nubes como tu madre, nunca llegarás a nada so inútil, ¡qué cruz que me ha caído contigo Señor!”.

     Enunciados identificatorios que van configurando una imagen, una gestalt que se conforma y propicia un referente de identidad allí donde sólo había un sarao de pulsiones mas bien grunge. Identidad paradojal del Yo en su raíz, ya que siendo alienante es subjetivante, y de ahí todo el drama que nos desgarra la existencia pues a ella se aferra el sujeto como la carne a la piel. Digámoslo, el Yo es piel. La piel del ser, y no somos serpientes, ergo…

     El análisis es un proceso de disección y caída identificatoria. Seccionar a través del decir las redes de coalescencia con el dicho del Otro. Dicho que en su origen es preverbal, una mirada, pero una mirada en un universo de hablantes, no lo olvidemos.

      Caída, decíamos, de un lugar de espejismo, porque de lugares imaginarios aquí se trata. Jaque al Yo en su trono fálico. En la quietud del diván verse sacudido, zancadilleado, empujado por la inercia irreversible de la libre asociación que deja en vilo sus certezas, y confrontado al espejismo en el abismo del espejo hacer nacer una pregunta de respuesta incierta: ¿quién soy yo?, o mejor, ¿quién es yo?.

     Sea quien fuere una cosa es segura, tiene el corazón partío. Y ahí vamos. Escisión del Yo, Spaltung freudiana, grieta estructural en los cimientos del ser. Hiancia incurable. Falta en ser, dicen en lacanés.

     La historia de la humanidad es la historia de las diversas maneras para no saber de eso, o de cómo ingeniárselas para intentar restañar ese agujero, interminable y variopinta galería de tapones divinos, rutilantes ideales, medias naranjas a la medida y otras suturas homologadas y de buen ver.

    “Caer del burro”, comenta Iribarren en el Porqué de los Dichos, “Reconocer el yerro y falta de uno. Cejar en el error en el que se ha perseverado tercamente”. ¡Qué forma tan simple de enunciar asunto tan complejo!. ¿Sería muy atrevido decir que más acá de otras fórmulas solipsístas éste es el fin del análisis?.

     Propondría un matiz. Sustituir el verbo caer por bajarse, pues caerse denota tropiezo, hecho consumado, avatar marcado por la ley de la gravedad y el accidente. Bajarse es acto, elección de sujeto, sujeto a la ley simbólica que asume y reconoce como tal su condición de barrado. Barrado por la Castración.

    Bajarse del burro es asumir la barra y renunciar a la parra.

    Parafraseando al viejo Bob, habría que preguntarle al viento cuántos rebuznos hacen falta para decidirse a hacer al camino a pie. (Solo de armónica).


                                                                                                     Mamouna, julio de 1998

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿AQUÍ Y AHORA VERSUS ALLÍ Y ENTONCES?



Apostar por la frontera como decíamos ayer es una vocación de encuentro que pasa por el desencuentro, experiencia inevitable si uno quiere ir un poco más allá del júbilo fatigado y ahumado de las hachas enterradas y las pipas de la paz. Un poco más allá del cambalache colorista de collares y espejuelos, de las palabras floridas y las buenas intenciones. Más allá, pasada la resaca del feliz encuentro, toca lidiar con la abrupta cornisa de las cosas que no encajan, que chirrían, que discordian. Muchas de las veces en la base del tropiezo subyace la falta de entendimiento que resulta del simple desconocimiento. Baluartes del mismo son los tópicos. Tristes tópicos que nos velan la fecundidad trópica que encierran una vez atravesados. Tropiquemos pues.

A lo largo de los verdes predios por donde lindan sin demasiado ruido el Psicoanálisis y la Gestalt destaca con figura propia una vieja controversia versia que pondría en oposición el emblemático Aquí y Ahora gestáltico versus un pretendido Allí y Entonces psicoanalítico.Idea ésta que dibuja al psicoanálisis como una especie de cruzada pertinaz y anacrónica a la  búsqueda de una mítica Arca Perdida.

Esta supuesta divergencia se pondría paradigmáticamente en evidencia en la crítica característica que hace la gestalt del fenómeno de la transferencia. Valga como exponente un texto de Paco Peñarrubia, “La relación terapéutica en gestalt”, del que entresaco  algunas citas en cursiva. Desde la gestalt la transferencia se considera algo que habla de “un problema de contacto con el presente”, una especie de “confusión que el paciente tiene o hace respecto al terapeuta y sus figuras parentales”, confusión que pasa “por un bloqueo en su conciencia que le impide distinguir entre la fantasía y la realidad”.

Hay pues que desmontar ese equívoco. Desmontar la transferencia y desmentirla. Aclarar que yo soy fulano y no soy tu padre, que aquello es aquello y que esto es esto. Que el pasado pasado es y pasado está y que lo que hay aquí y ahora es el presente y en eso estamos y que hay que darle a cada cual lo suyo, versión actualizada del bíblico “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, donde al presente casi se le altariza, “y en ese encuentro real el cliente aprende a distinguir entre la llamada insistente del pasado y la libertad y claridad del presente”.

Ese darse cuenta del error permitirá corregirlo relegando al obsoleto chupete a donde le corresponde, ese desván donde se arramblan los trastos viejos y ya así, desprendidos de tal rémora, poder aplicarse a degustar esos otros platos suculentos que una buena mesa nos ofrece. Pero ocurre que entonces va y se presenta impertinente el vómito, o voraz la bulimia, o peor, orgullosa la anorexia, y de noche en sueños se aparece gigante y obsceno el chupete dichoso, cuando no te despiertas sonámbulo rumbo al desván en el vértice de la escalera u otros vértigos más rampantes.

Y claro, ponte a decirle que eso no se hace, que eso no se debe, que no comes nada, que no me comas tanto, o que yo no soy su madre, algo más que evidente pues evidente es que no tengo ni sus bucles dorados ni sus confortables tetas. Y es que no hay que olvidar nunca que evidentemente evidente miente y que la cosa no se trata de un bloqueo de la conciencia ni de cualquier otro músculo. El yo, bien despierto y perplejo no entiende nada y puede preguntarse qué demonios significa todo esto, o lo más frecuente en estos casos, se dirigirá presto al señor de la bata para pedirle rohipnol o lexatín para que se le pase pronto.
No sólo es que no se entienda, es que se desentiende. No sabe, no contesta porque no quiere saber sobre ese otro saber que le habita pero que le es inconsciente. Y a lo inconsciente hemos llegado, santo y seña del psicoanálisis, expediente x universal del que tantas pruebas tenemos pero que nadie todavía ha retratado. Y que quede claro que no se trata de un ente más o menos esotérico  ni marciano, sino de un saber, decíamos, y una operatoria, estructurada  como un lenguaje, que empuja. Empuje que surca nuestras vidas y se muestra enigmático en eso que lacan vino a llamar las formaciones del inconsciente, lapsus, sueño, síntoma y donde la transferencia viene a hacer serie.

Así las cosas, dada su naturaleza sintomal, cualquier intervención sobre ella del tipo ortopédico o del sentido común, naufraga. Y es desde ahí  desde donde hay que intentar atender a esa llamada insistente del pasado que mencionaba Paco  y preguntarnos sobre ella, por qué insiste tanto, maldita testaruda, que no se desbrava porque la destapes y mucho menos se apaga si le retiras la palabra y le das carpetazo. Ella opera tenaz y siniestra en el silencio. Es lo que Freud va a llamar primero compulsión a la repetición y finalmente pulsión de muerte. Con Lacan sería el empuje al goce y nosotros, por qué no, más poéticos, nostalgia del pozo.

Es obvio que no se trata de hacer arqueología de momias más o menos insepultas ni hacer del chupete blasón y fetiche de nuestras pesquisas. Si hoy se asoma el chupete de marras, bienvenido sea, pero igual sitio hay que hacerle a la muñeca de trapo o al caballito de madera, a la Kawasaky 1000 o a esa rubia tan hortera, al abrigo de armiño o a mi niño bandera, a esa plaza de subsecretario o al entierro de primera, cada noche me duermo pensando en ti pero me da mucha vergüenza, hoy no voy a ir a la sesión porque me duele mucho la cabeza. Mmmm…
Y a todo eso, pasado, presente y futuro, ponerle palabras, aquí y ahora, en transferencia, embajadora privilegiada de lo inconsciente que ahí se encarna, porque sólo así, decía Freud,  se puede vencer al enemigo, que no in effigie ni in absentia .

Si la compulsión a la repetición es el vector de fuerza que nos enferma hay que permitir que tome cuerpo y que se despliegue en sus mil formas o caretas y en el seno de ellas el recuerdo se hace actual y se actúa, se hace acto. El acto que hacemos nos representa. Lleva implícito nuestro código de identidad, “por sus actos les conoceréis”, y la identidad, el que somos o creemos ser, lo que hacemos y dejamos de hacer, ahora y en los tiempos de la tos, da igual, son distintas radiografías, mejor, psicografías de nuestra estructura subjetiva, estructura que viene dada por nuestra posición como sujetos en relación a la castración.
En esta perspectiva la castración es la estrella polar que ordena este espacio cartapacio que es el psiquismo. Ese referente simbólico que permite el pasaje de humonos a humanos para siempre jamás. Es aquella operación que instaura irreversiblemente la Ley, ley que prohíbe el goce, o sí, digámoslo, el gozo, el gozo del pozo. Se acabó lo que (no)se daba. C´est fini. Es finitto. Caput. Stop.

Así pues, el enfoque brujular que imanta la castración nos permite orientarnos en ese carnaval de máscaras que la transferencia es  y rastrear no tanto su condición de máscara sino lo que como tal oculta, ese perfil fijo en la sombra que llamamos fantasma, pero esta es una cuestión que por razones obvias no podemos abordar aquí y ahora. En fin, castraçao. ¡Qué vamos a hacer! Por suerte nos queda el después. Hasta entonces pues.
Tal vez.
                                                                                                         Mamouna, julio del 97
 

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA PIEL DEL SER



"Anatomía de la palabra" es el brillante título de un texto de Valente.
Es curioso que anatomía me resulte una palabra sugerente, cargada de erotismo, cuando en su literalidad atañe a lo real del cuerpo, antierótico por definición.
Piensa en esas láminas de homúnculos musculares con color de garreta, esos torvos esqueletos, esos vasos bicolores, esos nervios, esas vísceras.
La verdad que encubre la piel.
El imaginario es la piel del ser, una película que nos envuelve y nos unifica.
Apariencia.Espejismo necesario. Yo.
Ay!

martes, 26 de noviembre de 2013

POR EL CAMINO DE HITCHCOCK I: RECUERDA





Hitchcock es a mi entender el principal divulgador del legado freudiano por su mirada incisiva sobre el lado oscuro de sus personajes y la elección de guiones donde la presencia del conflicto psíquico determina el desarrollo de sus tramas (Piénsese además de las incluidas en el ciclo, en cintas como Vértigo, Los pájaros, Extraños en un tren…)

Recuerda, sería la película canónica sobre el psicoanálisis junto a Freud, pasión secreta de John Huston, su biografía fílmica, pero ésta es de 1964 y la de Hitch es de 1945, apenas a un lustro de la muerte de Freud, homenajeado en esa especie de alter ego que es el anciano Dr. Brulov. Podríamos decir que es casi un curso práctico sobre la teoría y la técnica del método psicoanalítico  que despliega alrededor de una historia romántica y detectivesca.
Hoy me limitaré a presentar el santo y seña del psicoanálisis: el Inconsciente y sus manifestaciones
El psicoanálisis es una terapia muy rara, no tanto por lo raro que podamos resultar los psicoanalistas cuanto por el objeto central que vertebra su edificio: el Inconsciente, un término que más que como adjetivo designa una instancia del aparato psíquico y una operatoria que rige nuestras vidas más allá de nuestra conciencia y nuestra voluntad. Comprendería ese campo de contenidos mentales que nuestra conciencia ha rechazado por dolorosos o inaceptables. Ese rechazo constituye la represión y condena al olvido a toda una serie de contenidos que llamaremos reprimidos. Pero esos elementos no son restos pasivos sepultados bajo la alfombra. Como dije antes están sujetos a una dinámica interna que tiende a manifestarse, a hacerlos manifiestos, y lo consigue a través de productos deformados o disfrazados que llamaremos las formaciones del inconsciente. Destacaremos dos: El síntoma y el sueño.


EL SÍNTOMA                                                                 

Recuerda es un relato en el que se ejemplifica muy didácticamente la lógica subyacente en la constitución de un síntoma. El nuevo director (Gregory Peck) de una residencia psiquiátrica presenta una conducta un tanto extraña, desde una irritabilidad exacerbada ante un hecho nimio (las rayas que dibuja sobre el mantel con un tenedor la dra. Petersen-Ingrid Bergman) hasta una crisis de angustia que le lleva al desvanecimiento en el quirófano. Estos sucesos revelan que no es la persona que dice ser y que en realidad desconoce su propia identidad pues sufre de amnesia. A partir del hallazgo de esta suplantación aparece la sospecha de haber asesinado al desaparecido  que se transforma en la certeza subjetiva de una culpa. Indagar qué subyace en esa culpa nos permitirá resolver el caso policiaco y el clínico. 

Las pesquisas  de la analista que a la manera de un detective investiga el sentido cifrado que el síntoma encierra, le lleva a deducir que su espanto ante las rayas negras sobre el blanco remite a un acontecimiento traumático sucedido en la nieve y que guarda relación con la infancia. Efectivamente, tras afrontar una situación límite en la reviviscencia de la escena temida actual, (el descenso esquiando rumbo al precipicio), forzando una catarsis que deshará por ensalmo el entuerto al irrumpir a la conciencia el recuerdo infantil reprimido (fatídico tobogán que arroja al hermanito a ensartarse en unos barrotes de la verja negra contra un fondo claro) en un doble paso. Del “Yo mate a mi hermano” inicial y coagulado en el olvido, al “No, no lo mate, fue un accidente”, resignificación del suceso que le permite su toma de conciencia. Así pues, es la reactivación del complejo traumático inconsciente por el “accidente-asesinato” del que es testigo en la estación de esquí lo que dispara la amnesia como defensa sintomal para no “perder la razón”, aunque éste es un planteamiento erróneo, pues es la negación la que enloquece y el reconocimiento de la verdad lo que cura. Hay que añadir que el mensaje-desenlace que nos regala Hitchcock, “era un malentendido a desfacer, sólo fue un accidente”, rumbo al happy end, no vela un aspecto más oscuro que nos apuntó en los inicios del film por boca de la doctora Bergman: “Hay gente que se cree culpable de algo que no ha hecho y la causa suele remontarse a la infancia…A veces, un niño desea que le pase algo malo a alguien y crece con complejo de culpa por algo que no fue más que una pesadilla infantil.”
Lo cual pone el dedo en la llaga. La llaga se llama complejo de Edipo e implica un cambio de paradigma. El núcleo traumático deja de ser el acontecimiento y da paso a algo mucho más inquietante como es nuestro deseo.


EL SUEÑO

Freud dirá que los sueños son la vía regia del Inconsciente. Es decir, que el material onírico lleva las marcas del inconsciente, y como tal conserva una suerte de capacidad significante altamente productiva. Como ya dijimos, lo inconsciente es una operatoria que procesa el material reprimido en su afán por manifestarse. Así tendremos que distinguir el llamado contenido latente, las ideas reprimidas motor del sueño, del contenido manifiesto, la apariencia que presentan tras sufrir el criptamiento que las disfraza para poder atravesar la censura. Componen un rompecabezas que a través de la libre asociación proveerá de los elementos que interpretación mediante desvelarán sentidos ocultos. Ahora bien hay que aclarar que lo que se muestra en la película no es el método correcto que Freud propone, pues precisamente el cambio sustantivo del vienés frente a la tradición milenaria  es lateralizar la figura del oniromántico de turno y darle la palabra al soñante, que en sus asociaciones aportará las claves singulares del sentido, más allá de un código simbólico universal y cerrado como el que presentan los diccionarios de sueños al uso. Hay que remarcar pues, el gran valor que los sueños encierran  ya que en sus imágenes condensadas nos dan un retrato estructural del inconsciente. Para hacer operativa esa información cifrada es preciso conocer las claves estructurales de la subjetividad que aquí no podemos desarrollar pero que están admirablemente recogidas y expuestas en un texto de Ignacio Ruiz titulado “Progresión onírica y análisis estructural de los sueños”.
Terminaré rescatando una frase que pronuncia Ingrid Bergman en su debate con su maestro:
“Pues no vamos contra la ley, antes al contrario, vamos a su favor, pues somos médicos en busca de la verdad, verdad que no alcanza la policía”.
La verdad que le interesa al psicoanálisis es la verdad inconsciente, es decir, la verdad del deseo que el inconsciente encierra.

                                                                                                      Javier Arenas, otoño 13.

domingo, 24 de noviembre de 2013

LINDOS LINDES




Estuve haciendo el taller del Rasgo (Eneagrama) acabándose agosto en un pueblito minúsculo de un valle precioso. Valdivielso, allá arriba en Burgos, por donde el Ebro todavía parece un aprendiz de sí mismo. Recuerdo que en la rueda final de aquello que se me aparecía como una especie de Lotería del Ser, cuando le tocó a mi/nuestro número, Claudio, en un gesto de cortesía, me invitó a hablar diciendo aquello de: “Tenemos entre nosotros a un psicoanalista. Sería interesante poder escuchar qué nos puede decir…”. Añadir que  éramos casi cien personas del más diverso pelaje y que la singularidad de mi condición de analista me hizo sentir una soledad y una extrañeza que ni el último mohicano en Minnesota.

¿Qué hacía un psicoanalista como yo en un sitio como ése? me pregunto yo a veces a mi mismo desde la garita inclemente de mi superyó más incisivo. La respuesta viene fácil: asomarme a conocer y comprender sobre lo que se cuece en esta olla. De qué va. En qué consiste. A qué sabe. ¿Por qué?

Opino, mi propia experiencia me avala, que en el planeta Psi que habitamos cunde un lamentable fundamentalismo ét(n)ico, una xenofobia escolástica nada larvada, un profundo y recíproco desconocimiento y ¡qué pensar de esas fiebres ultranacionalistas y calenturientas que ni que nos hubiera picado el mosquito del palurdismo ése! Es claro que los caminos del Señor son infinitos, más o menos. Pero lo que ya no está tan claro es que todos los caminos conduzcan a Roma. Ni falta que hace. La capital del Imperio varía. Incluso hasta al propio Imperio se le pasa la vez y está comprobado que al caer el día el sol siempre se pone y no sólo por Antequera.

Mundo Psi. Paraninfo supino. Purgatorio del alma. Cajón de sastre. Babelia.Llevo bastantes años inmerso en esta carpa. Testigo empedernido de este carnaval de lenguas. Mi flamante uniforme con el que salí de West Point ha ido perdiendo brillo, botones y charreteras, pero todavía conservo afilado mi sable envainado y mi pipa tuerta.                                                                                                                                                                         Es desde ahí que igual acudo a Madrid a los palcos de la Academia que me arrimo al Burgos campestre, pitagórico y geómetra.Es desde aquí, en pleno corazón de Alicante, sede del Instituto en el que curro, donde intento llevar acabo mi tarea. Profundizar la aventura del saber en un territorio que huele a frontera, donde cada uno puede hablar a su aire y con su acento, despreocupado de inquisiciones, tabernáculos y otras purezas.

No es una loa al hibridaje bastardo. No. Sí es un abrir los ojos a una realidad mestiza evidente pero desde la clara memoria del propio linaje. Así pues, una apuesta decidida por un espacio fronterizo abierto a sus sones y a sus ritmos mulatos. Sólo en el encuentro con lo otro puede uno distinguirse de veras. Encuentro singular que implica explícitamente su faz de desencuentro. Amarga paradoja, ay.

No se trata pues de afanarse en un espejeo mimético indiscriminado y caníbal. No todo vale. No vale todo. Ni todo es lo mismo, ni nada es lo mismo, pues ya está dicho que lomismo es la enfermedad del lomo, y no es eso. Despídete de Jauja. Summerhill y Babia son destellos deslumbrados de un paraíso soñado que soñamos y perdimos.Bye bye sweet Caroline.

Tampoco procede, aunque sólo fuera por una cuestión de prurito, esa apología autista de la diferencia, criptoenigma con pajarita y otras alergias que nos recorren. Ya en su día comenté que más que el silencio de los corderos me inquietaba el fragor de las cacatúas. Cacatúas de salón anilladas con galicismos bizantinistas. Bli blu bla. Stop.

Dice un proverbio chino que una buena valla hace un buen vecino y es probable que esté cargado de razón, especialmente desde una concepción defensiva y cuadriculada de la vecindad y el propio espacio, abigarrado reino de Taifas y adosados sados. A mí nunca me gustaron las tapias altas ni los paredones de cemento. No me van los muros, ni los de Berlín, ni los de hormigón, ni siquiera esos tan modernos de metacrilato que canta el Kiko.

La Frontera es aquella tierra de nadie donde la naturaleza hace borde (border) y divide el paisaje en forma de árbol, río, valle, desierto o monte. Lindos lindes, donde las cosas cambian de nombre y el nombre cambia las cosas, o eso parece, plata-no-es, que como aquel champán de siempre, ahora ya denominado cava, se distingue y distingue.Y quien no lo sepa, un tonto es.

Salud y chi-chin.

                                                                                      Mamouna. Septiembre del 96
                                                                              

sábado, 16 de noviembre de 2013

ESTO NO ES UNA PIPA



                                              
No hace mucho leía un artículo que publicaba el TIME titulado interrogativamente: “¿Ha muerto Freud?”.
Hay que decir desde ya que sí, que Freud ha muerto y que ¡viva Freud! Pero lo que ponía en cuestión ese texto era la validez de las propuestas freudianas y su vigencia cien años después. Porque hace ya cien años que Freud le dio la vez a la histeria. La vez y la voz, y le hizo hueco a su palabra, y ese hueco agrietó para siempre el mapa que pisamos.

¿Ha muerto Freud?
Por supuesto que Freud ha muerto. ¡Viva Freud! Pero la grieta sigue ahí bien abierta, y no hay parche ni consigna que la selle, ni Prozac que la colme. Es cierto que el Valium la calma a ratos y el amor a veces. El Rohipnol intenta dormirla en vano porque desde lo oscuro ella bosteza terrible en las pesadillas. Siempre quedará el Dólar, pensarán algunos, pero desde hace tiempo sabemos por la tele que los ricos también lloran y encima, Dios, Alá o Manitú, ya ves tú, siempre están comunicando. Puro bolero.
Estamos hablando de la FALTA, esencial y necesaria. Eso que Freud en términos pelín rupestres denominaba Castración. Esencial y necesaria decía, porque es necesario que la Falta haya para que el sujeto sea. Pero eso ya son palabras mayores, harina de otro costal lista para ser amasada en los apetitosos cursos que esta santa casa ofrece…ñam!

Así que volvemos al Time y al óbito interrogado. Una de las esquelas favoritas dice así:            
 EL PSICOANALISIS ES ACIENTIFICO, y no pude evitar acordarme de aquella maravillosa secuencia del Jovencito Frankeinstein en la que Igor (pronúnciese Aigor) preguntado por Fronconstin sobre las señas del nuevo cerebro recién sustraído del laboratorio de Anatomía responde inocente:“No recuerdo bien jefe. Creo que era de un tal A. Normal.   Sí, estoy seguro, el tipo se llamaba A. Normal”. Lo demás ya es etcétera.
Y es que está confirmado. Definitivamente. El Inconsciente no aparece en las radiografías. No importa la toma o el ángulo, debe ser radiolúcido, y mucho me temo que ni la ecografía ni el TAC corran mejor suerte. Pero ¿es que acaso el deseo es fotogénico? ¿Quién ha inventado la red de pescar sueños? ¿Se sabe de alguien aparte de Alicia que se haya asomado al otro lado del espejo?

CUENTOS, POESÍA, PURA PALABRERÍA, dice la siguiente esquela, y una vez más estoy totalmente de acuerdo. Palabrería pura y dura. A pelo. “Hable usted y diga lo que se le ocurra sin rechazar que”, como marcan los cánones. Por la boca muere el pez. El pez es la palabra y el anzuelo va dentro. ¡Qué cosas dices! Si yo te contara. Cuenta, cuenta.
Freud ha muerto. Viva Freud.

Ya, ya, pero todo el mundo sabe que PARA FREUD TODO ERA SEXO, viejo verde, judío calenturiento, teorías lúbricas y mitos griegos. Aunque toda España también sabe, por boca de su hermana del alma Lolita, que Antonio Flores, que en paz descanse, todavía tenía complejo de Edipo, y así le fue. Pero tendrán que perdonarme porque yo no voy a hablar de sexo, que para eso ya está la doctora Ochoa y la señorita Gemio, las  teles y las radios todas, el cine y el rock, los periódicos más serios y las revistas más guarras, el bar de la esquina, la peluquería, los gimnasios, las guarderías, la plaza de correos, los confesionarios de las iglesias, los urinarios de la estación. En fin. Chitón.

¡Ah, viejo Freud! ¿Dónde fuiste a meter la oreja, que tanto irrita tanto tiempo?
Meter la oreja. De eso trata el psicoanálisis. Y en eso está el analista. Oyeur que no voyeur pues. Yo aún diría más, oidor que no oyente. Sujeto de una escucha que diremos ética, la cual precisa de nuestra parte no tanto de una limpieza de oídos como del arte de una pasión distante, y es desde esa distancia apasionada que uno va a oír lo que el otro dice y va a escuchar lo que el otro no dice, porque es en ese decir que no se dice donde habita la verdad velada. Y a desvelar ese velo es que viene el psicoanálisis, viaje de desvelación, proceso de desvelamiento y desvalimiento, revelación de ESO inconsciente que es la primera mentira verdadera. Pues eso.

Evidentemente evidente miente. Amén.
                                                                                                    Bahía. Julio del 95.