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domingo, 5 de febrero de 2017

LA LA LAND y que nos quiten lo bailao (una reflexión sobre el azar y el destino)








"Madre no hay más que una" es un proverbio lapidario que no se anda por las ramas. Es una declaración de pasión filial incontestable que dinamita cualquier atisbo de democratizar la función materna.
Que se jodan las madrastras con su lúgubre leyenda, ya sea la de Cenicienta, mezquina y sistemática cercenadora de cualquier destello de subjetividad, ya la de Blancanieves, bruja y narcisa hasta decir basta.
Tampoco las suegras salen mejor paradas en el reparto de roles colectivo y de muestra el mataidem de chufla y pandereta de las viejas Nocheviejas o el dolor que te estremece cual latigazo ladino cuando irritas accidentalmente el cubital. 

En fin, esta deconstrucción en clave edípica sólo era una manera de reivindicar a Viky, mi suegra, una mujer excepcional, con la que el otro día fui a ver LA LA Land, en mi caso por segunda vez en una semana. Se dio la circunstancia de que para mi sorpresa, cuando toda la tropa harta del atasco kilométrico se pone a cantar y a bailar entre los coches desgranando sus sueños ante la ciudad de las estrellas, en esta ocasión, por un fallo técnico, no había subtítulos que nos lo tradujeran. Ni tampoco cuando Mia fantasea ante el espejo con ese "one in the crowd" que la aguarda desde siempre. Y así sucesivamente a lo largo de toda la peli.
Tras explicárselo contrariado a Viky, me contestó sin apartar la vista de la pantalla, "Da igual, es tan buena que no importan las palabras" 

Este comentario inapelable da testimonio de ese "algo" especial que contiene esta película. 
Algo que trasciende el hito de sus catorce nominaciones a los Óscar, su arrollador éxito en los Globos de Oro, su algarabía mediática y el enconado debate que suscita entre tribus de filias y fobias.

Me aparto del ruido. No me interesa.
Sí me interesa dejar constancia de mi experiencia, pues yo soy el primer sorprendido.
Que quede claro, no me ponen los musicales. Ya desde niño los sufría. Incluso enamorado de Marisol o fascinado con Mary Poppins, no soportaba cuando una pandilla de deshollinadores hiperactivos se dedicaba a dar brincos entre las chimeneas mientras nos soltaban una tabarra interminable intentando contagiarnos de un optimismo absolutamente incongruente.
Al claqué de Fred Astaire nunca le pillé el punto y Gene Kelly, desfilando por las paredes o agarrándose a las farolas, siempre me pareció el pesao repeinao al que le dió un subidón inolvidable una noche cantando bajo la lluvia. Rescato fragmentos, versos sueltos, estrellas errantes. Y una perlita española muy divertida, Al otro lado de la cama. Poco más.

Rácano historial lo sé, por eso mismo no entiendo muy bien lo que me pasó el otro día, pero el hecho es que mientras contemplaba absorto la historia y el espectáculo, el tiempo quedó suspendido y cada vez que el piano entonaba el tema principal algo me embriagaba el alma.
Podría argüir, 'es la historia' (y sí, es la historia), o 'es ella, Emma Stone' (y sí, lo confieso, es ella, es Emma Stone, arrebatadora en cada plano) pero también 'es él, Ryan Gosling' (el duro prota de Drive) en trance íntimo conjurando las teclas del piano como quien tocara las teclas del alma, y conforme lo escribo me doy cuenta de que ese algo que me conmueve y no sé cernir tiene que ver con el alma, sea lo que fuere ésta. 
Porque, ya que estamos, ¿qué demonios es el alma? 
Sí, me conozco la etimología, pero ¿de qué coño hablamos cuando hablamos del alma? 
¿Apuntamos a lo mismo que cuando decimos corazón?
No me quiero poner metafísico ni trascendente ¡ay! ...pero la cosa tiene su aquél.
A vueltas con el malentendido estructural. ¡Manda huevos!
Y con la dificultad intrínseca de las palabras para poder dar cuenta de lo que a ellas se les escapa.
Frontera de lo inefable. Mística de todo a cien.

Así que mi suegra sabía lo que se decía cuando largó aquella frase en la oscuridad de la sala con la misma naturalidad del que bebe agua cuando tiene sed.
Pero partiendo de ese valladar elemental, el psicoanálisis, a su manera, se afana en intentar apalabrar lo apalabrable, en decir sobre lo indecible, en merodear lo innombrable, ... manque pierda.

Y yo quisiera decir algo más sobre la peli de marras, a riesgo de perderme.

Se trata de una romántica historia de amor. 
Escribía yo el otro día..."Para mí, desde ya, carne de clásico", y es que, salvando todas las distancias y diferencias que ustedes quieran, se pone a rebufo de Casablanca, el clásico por excelencia, a quien le rinde homenaje en un guiño explícito. "¡Ála, tres pueblos te has pasao!" pensarán algunos, ...puede, pero para gustos los amores. También para los disgustos.
Una historia de amor romántica suele ser la historia de una pasión atravesada por un destino que se tuerce. Y hablar de destino es una forma de atribuirle una causalidad al puro azar, un designio a la casualidad, un sentido a la coincidencia.
Y de azarosa podríamos calificar la escena del flechazo de Mia, deambulante nocturna por las calles de una ciudad vacía tras habérsele llevado el coche la grúa. Azarosos pasos que le conducen por una acera en la que escucha los sones acompasados de un piano al pasar ante la puerta cerrada de un club. Se detiene. Retrocede. Duda un instante y se decide a entrar. Y allí sucede el milagro. La melodía que la cautiva la va a dejar estupefacta ( y a nosotros con ella) al ver que la interpreta al piano el tipo que le hizo en el atasco de la autopista una ofensiva peineta.
Flamante flashback en el que retomando desde la escena de la peineta nos presentan a Sebastian, un pianista de jazz semideshauciado que consigue que le den una segunda oportunidad de trabajar en el tal club tocando villancicos como música de fondo mientras los comensales celebran su cena de Navidad. Hastiado de repetir Jinglebells y Noche de paz se toma la licencia, contraviniendo las normas, de tocar por unos instantes su melodía favorita. Ese va a ser el momento preciso en el que Mia cruza ante el bar y capturada por sus acordes abre la puerta de una historia que cambiará sus vidas. 

¿Azar? Sí, azar, pero no sólo. También subjetividad. Resonancia emocional, pausa, atención, rectificación, y determinación. Si ignoramos este conjunto de condiciones nada de lo ocurrido hubiera sucedido. Si ignoramos lo que de nosotros se juega en el "azar" no seríamos más que marionetas animadas en manos de un fatum arbitrario y banal.
Pero no. Nosotros elegimos. Elegimos siempre. Incluso cuando nos rehusamos a elegir.
Elige Mia seguir la rueda de su destino con Greg, ese novio convencional que la lleva a una de esas cenas que pueden entretener tu vida a ninguna parte. Y elige Mia cuando pensando en la cita a la que ha faltado cree alucinar la melodía que la ha enamorado, y no, no alucina, otra vez el azar se le manifiesta vía hilo musical y ella, sí ella, decide arrancarse de aquella pantomima vacua y con un 'lo siento' y sin volver la vista atrás parte a la carrera rumbo hacia su destino, éste sí, guiado por su deseo.

No les voy a contar la peli. A quien ya la vio se le haría farragoso, y quién todavía no la haya visto ¿a qué esperan? Dejen de leer y no se la pierdan. No vale dejársela para cuando la pongan en la tele, o bajársela de internet. No sean cutres. Es una peli que pide ser vista en el cine. Sean generosos y regálense la experiencia. O no. Ya saben, cada uno elige.

Pero para quien ya la haya visto o quienes decidan ignorar mi recomendación haré un último comentario que, aviso, contiene spoilers.

Dijimos que era una historia de amor romántica, la historia de una pasión cuyo destino se tuerce. Es lo que suele sucederle a las pasiones cuando pasado el tiempo de las nubes aterrizan en la realidad y habitan en ella. Y la realidad es que ella es actriz y él, músico, y la vida les lleva a elecciones cruciales donde los caminos se bifurcan. (Ahí hay tema, pero hoy pasamos)
Elegante elipsis, que cinco años son nada. O todo.

Y llegamos al rotundo desenlace. Mia, convertida en estrella, está de visita en Hollywood. Casada con un apuesto galán y una hijita encantadora. Otra vez una cena por delante, un atasco y una elección. Y el azar, claro. ¡Es cine!
Caminando la pareja de vuelta al coche que está aparcado, en feliz coincidencia, junto a un local iluminado. Una última copa para cerrar la noche. Y está cantado. Al franquear la puerta Mia descubre en la pared el logotipo que ella diseñó para el proyecto soñado de Sebastian, el Seb's (y no Pincho de Pollo).  
Y si, allí está, el club de jazz que soñaron juntos. Lleno de gente que escucha tocar a una banda. Y allí está él. Y la mirada, asombrada primero y después doliente, en la que se encuentran. Y un largo silencio hasta que empieza a tocar su canción y contemplamos una recreación sincopada de la historia que fue y la que ojalá hubiera sido. Y Mia, un nudo en la garganta y en las tripas y un  "vámonos", pues no hay marcha atrás. Pero ya en la puerta se detiene y se gira. Y en ese instante decisivo, otra vez, se juega todo. En ese cruce de miradas el tiempo se detiene y se reconocen sus almas. La eternidad del instante sí, y una tormenta de silencio, y por fin él esboza una tenue sonrisa a la que ella responde con una complicidad agradecida. No hay más. Ella continúa su camino y él, tras una pausa, "one, two, three...come on", empieza a tocar una nueva canción. The end.

Gran cierre. Algo que se acaba mientras la vida, inexorable, continúa.
Pero vale la pena subrayar la importancia de esa penúltima pausa, la de Mia.
La diferencia que comporta salir huyendo del conflicto o afrontarlo y despedirse.
La diferencia que hay entre vivir la vida en fuga hacia adelante o cautivo de la melancolía, 
a vivir  la vida con tu presente en marcha y con tus recuerdos en paz.

Siento que cuando termine de escribir estas líneas por fin voy a poder soltar la cosa 'La La Land' que me ha tenido absorbido desde que la vi. Ya me vale.
Me deja un poso agridulce que, como la melodía, se va apagando racheadamente.
Y un posible epitafio para la tumba que nunca habitaré:

"Que nos quiten lo bailao"

Tan patoso yo. Amén.

                                                                              





                                                                                                                            En Mamouna, febrero de 2017

domingo, 18 de diciembre de 2016

Apostillas Mamíferas









                                                                                   And what can I tell you
                                                                                   My brother, my killer
                                                                                   What can I possibly say?
                                                                                   I guess that I miss you,
                                                                                   Yes, i forgive you
                                                                                   I'm glad you stood in my way...

                                                                                            Famous blue raincoat
                                                                                                                      L.C.                                              
                                                                                 

Me animo por fin a escribir y a calzarme las zapatillas en una pausa que me invento antes de que expire este otoño desnortado que ha trastocado tantas cosas y otras cuantas se ha llevado para siempre.

Se me ha muerto Leonard Cohen, el más querido de mis inmortales.
Lo conocí en el invierno del 71, con catorce años y una guitarra con la que destrozaba El Partisano. Una chica voluntariosa intentó enseñarme los luego famosos seis acordes mágicos, pero no hubo manera. Dejé la guitarra, dejé a la chica, y me agarré furiosamente a su voz, a sus canciones, al embrujo de sus letanías.
Recuerdo que mi padre me pilló en pleno rito y desde su comprensible extrañeza exclamó, "¿Quién es este tío? Parece que esté rezando el rosario". Eso es oído papá. Porque para mí, escuchar a Cohen, siempre tuvo esa dimensión de rezo, de oración íntima.

La orfandad es un sentimiento puro y duro que te desmocha la orgullosa vertical y te arroja al desamparo horizontal, porque la vida sigue en su diacronía inexorable, pero en el lugar de la estrella polar hay un vacío. Y un silencio irreparable.

No quiero que la tentación del silencio me embargue. Es sibilina y seductora. Pero este es un rincón de palabras que en su roce se despiertan con susurros y sacuden la modorra contagiosa a la que invita el invierno que llega.
Hibernar, como los osos, debe ser un recurso muy mamífero. Y el mamífero que nos habita por debajo del traje verborréico que nos cubre la piel vive hibernando una existencia letárgica.
Hoy hablaré de mamíferos, letargos y despertares.

Recién volvimos de hacer el Taller del deseo y la sexualidad. No pudo ser en primavera, su estación habitual, y nos lo trajimos a este otoño revuelto, donde la luz en vez de venir se va.
La oscuridad es el marco perfecto para poder percibir los diversos perfiles de la luz.
Y el frío que asoma por las esquinas es el que le da al calor su verdadero valor.
Era preciso que fuera otoño y presentir la inminencia del invierno para descubrir la vigencia de la cueva y la perentoriedad del fuego.

Ha sido un Taller especial. Diferente. Es de Perogrullo que no hay dos iguales, pero el cambio de escenario nos arrojó de bruces a los leones y a las diferencias cualitativas. Podría resumirlo, para no perderme en lo prolijo de los detalles, con una fórmula comercial tan en boga como un "dos x tres", si no un "tres x dos". Presentar lo que era el par inicial como una tríada, quedando la propuesta como un trabajo acerca del deseo, la sexualidad ...y... la adversidad, en forma de gota fría e insólito refugio hippy en pleno territorio tomanche al sur de Mazarrón, no les digo más.
¡Ah! ¡Qué ingrediente más preciado la bendita adversidad! Como la trufa blanca o la flor del azafrán.

Pues nada como la adversidad para atizar las transferencias negativas.
Atención, aclaración. Trabajar los afectos llamados 'negativos' (como el odio, la rabia, la hostilidad y demás parentela) vía descarga activa, constituye una modalidad terapéutica bien arraigada llamada catarsis. Hay ejercicios específicos para promover su expresión y liberar el baúl de los afectos largamente retenidos. Pero no hay que confundir estas propuestas de abordaje programado y diseñado con tal fin, con el fenómeno espontáneo de la transferencia negativa, esa infiltración subrepticia  del 'mal rollito', o, directamente, la irrupción intempestiva de la bestia parda, en vivo y en directo, y contigo.
Y ahí está el arte, que no el artisteo, de poder canalizar esa torrentera abrasiva y entrópica, y, reconduciéndola, transformarla en corriente progresiva y fértil, de forma que lo que empezó como un reguero de quejas sobre la higiene, la humedad, el canto del gallo o el perrito piloto, convertirse, tras su paso por el alambique del nombrar lo innombrable y lo innombrado, en el cauce de expresión de las heridas abiertas y los secretos cerrados a cal y canto.

Pero claro, hay que decir que para que esa alquimia opere, para que la palabra-ruido se transforme en palabra melodía, antes, hay que olvidarse de las palabras, requisarlas, dejarlas afuera. Darle la vez y la voz al cuerpo. Abrirse al lenguaje de los sentidos, atreverse a explorar el campo de la experiencia, dejar a un lado el hemisferio izquierdo y despertar al cachorro olvidado y tanto tiempo dado por muerto.

En psicoanálisis, y especialmente en el lacaniano, se enfatiza y con razón nuestra condición lingüística. No podemos pensarnos fuera del lenguaje, y, ¡ay de aquél que lo haga!, pero lo cortés no quita lo valiente, y por mucho que mole Hegel, puede que la palabra mate a la cosa, pero, ¡pardiez!, el mamífero que nos encarna está vivo y coleando.

Somos mamíferos pensantes, o, por qué no decirlo, mamíferos poéticos.
(Poiesis en griego significaba 'hacer', 'crear'. Son los romanos, el latín, quien lo connotará como creación verbal, y de ahí 'poesía')

Somos mamíferos poéticos pues, o, por qué no decirlo, mamíferos patéticos.
(Pathos remite a 'emoción'o 'sentimiento' y de ahí se emparenta con 'pasión', 'sufrimiento' o enfermedad del sentimiento)

Así que de la mano de Susi descubrí hace tiempo el mamífero que llevamos dentro, poético y patético, y, parafraseando un proverbio de infausto prestigio, propondré la tesis de que la letra con leche entra.
Mamá. Mama. Mamar. Vínculo primario de leche y piel. Calorcito. Recogimiento. Mirada. Olor. Murmullo. Piropos. Silencios. Clapping. Eructo. Mecimiento. Nana, cuna, luna.
Sensaciones en un universo de palabras. Pero palabras en su dimensión significante, no semántica.

Atender a esta dimensión del ser no es tarea nada fácil. No pertenece a la memoria consciente, ni siquiera a la inconsciente. Algunos la llaman memoria tisular. El caso es que es más bien de orden energético y sintonizar con esa frecuencia, o con sus ecos, propicia movimientos regresivos intensos, aflojamiento de la coraza, apertura emocional.
Y desde ahí, desde esa experiencia de contacto íntimo y genúino, el encuentro con el otro se amplifica y amplifica. Y sobre esa base entran ya el espejo y las palabras, o las palabras como espejo,  desarrollando un trabajo sobre lo que podemos llamar el narcisismo tróficoque tiene un poderoso efecto reparador.

Cuando en un post anterior (febrero 16) presenté los fundamentos teóricos de la labor que desplegamos en el Taller, terminé postulando la conveniencia de diferenciar lo relativo a la sexualidad como el campo propio de la pulsión, y el campo del deseo como aquel que se escenifica en el fantasma.
Ya sé que como propuesta queda guay, pero para que no se quedara en otra fórmula rimbombante y vacía es que efectué aquel arduo recorrido conceptual, alto en calorías y de laboriosa digestión. A él les remito, quien quiera refrescar el disco duro.

Hoy quise acercarme e ilustrar la dimensión pulsional en su versión mamífera. Es un ámbito  de difícil acceso si no se cuenta con el encuadre preciso. Es por ello que la primera tarea que nos ocupa al emprender el Taller va a ser hacer grupo, es decir, promover el tejido de la red vincular  que va a sostener ese proceso de desarme, despojamiento y exposición de tu vulnerabilidad, a pecho abierto y sin anestesia. Y así, cuando uno abre esa puerta, en el calor de la cueva, al abrigo del temporal exterior y sus amenazas, desde ese clima de confianza básica que da el grupo cohesionado, es más fácil conectar con la ternura hacia sí mismo y hacia el prójimo. Y es desde ahí y por ahí, a través de la ruta amorosa bien labrada, que podremos abordar y asomarnos con garantías al proceloso territorio del fantasma y sus umbrías. Pero ese es otro cantar. A contar en una próxima travesía.

Me despediré del otoño y de ustedes, en esta tarde de frío y lluvia, no con una balada a lo Serrat sino con una cita de Lacan (ya conocida por quién transite mis pasos) y una apostilla:

"Porque sólo a través del amor (mamífero) puede el goce condescender al deseo"

    
                                                                                      En Mamouna, el 18 de Diciembre de 2016




domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Veroño?







Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera  es una película del coreano Kim Ki Duk (2003) que ya  desde el título nos deja ver el  espíritu que la atraviesa, el inexorable  paso  del  tiempo manifestándose en ese continuum  que encadenan las estaciones, pero con un sutil hallazgo retórico, esos puntos suspensivos precediendo al nuevo ciclo que anuncia el “… y primavera”.

La circularidad está servida  y como quien no quiere la cosa nos ha dado un zaska en el tercer ojo. Porque  el viaje como metáfora de la  vida tiende a imaginarizarse como una diacronía más o menos longitudinal y… va a  ser que no. Un análisis, cualquiera que lo haya vivido en sus carnes lo sabe, es más bien una espiral, una progresión  helicoidal de  sentido, decía yo to cursi cuando era  muy joven  y las frases engominadas me molaban.

Espiral o helicoidal, la cosa tiene que ver con la circularidad de la repetición. Desengañémonos, un psicoanálisis, ese viaje a tu lado oscuro, no tiene nada de aventura romántica, encuentro con monstruos góticos y enigmas en sánscrito. No es una ruta por lugares remotos y exóticos sino, precisamente, un asomarse a lo más próximo e íntimo de tu ser, que, paradojicamente, resulta inquietantemente extraño e ‘infamiliar’ ( unheimlich dirá Freud, aquí traducido como ‘lo  siniestro’ o ‘lo ominoso’ y que Lacan neologizará agudamente como ‘lo éxtimo’). Eso que suena tan raro son los gajes de la  represión. Y para poder acceder a sus matrices, sacarlas a la luz, habrá que transitar cien veces por sus áreas de influencia, poniendo palabras que vayan decapando laboriosamente intrincadas capas de bizarras resistencias.

Sabemos desde los Estoicos, del poder curativo de la palabra. Que tradiciones esotéricas y religiosas las emplean desde los albores para exorcismos y maleficios varios. Y ya en el campo de la (más que discutible) ciencia, que desde Mesmer y su magnetismo animal hasta el hipnotismo de las exhibiciones de Charcot en la Salpetriere pasan cien años largos.Y ahí emerge el joven Freud, que tras los escarceos iniciales con la hipnosis, de la mano de Breuer, en lo que serían los orígenes del psicoanálisis, pronto se soltará de su mentor y de su técnica directiva para dejar atrás el método de la sugestión, mecanismo clave en el fenómeno histórico de la influencia por la palabra. Proponer la regla de la libre asociación es un giro cualitativamente trascendental en su aparente levedad, pues supone sustraerse del eje imaginario propio del recurso sugestivo, para abrirse al eje simbólico de la propia dinámica significante. Es a partir de ahí que  podemos decir que los cambios no se producen por ensalmos, abracadabras o sortilegios. Ni  siquiera por escribir cien veces  en  la  pizarra “no me morderé más las uñas” o cualquier otra letanía conductista.                                                                                            
Librando a la palabra del amo de turno, y dejándole hacer su hacer, el camino del cambio es la repetición con conciencia.
Y añadiría: en transferencia.

¿Por qué esa apostilla? Veamos.

Es un lugar común que el analizante se presente con una cantinela tipo “Hoy no sé qué contarte. Ya te lo he contado todo” o “Siento que no avanzo. Siempre es lo mismo”.

Es obvio que latiguillos de este estilo manifiestan  una actitud  resistencial del paciente con su proceso, pero atención, mi querido colega, en concreto contigo. Es decir, es imprescindible dejar de  pensar que lo que le ocurre al paciente es algo suyo, en tanto que individuo autónomo, y por lo tanto, algo simplemente personal. Desde la  perspectiva psicoanalítica, una vez instalada la transferencia, lo que le acontece al paciente en su proceso nos incluye indeleblemente. Es decir, es de orden vincular. Y es esa circunstancia la clave del  poder transformativo del análisis. Lo que se juega, sea lo que fuere, se juega  en vivo y en directo, “ni en effigie ni en absentia” decía Freud, sino (con la regla de  abstinencia por medio, por supuesto) en lo real del cuerpo a cuerpo. Porque lo que está en juego es lo pulsional, por más que su vehículo sea la  palabra.

Y es por eso que las palabras tienen un lado secreto, que por sorpresa y a contrapié, de vez  en cuando nos dejan ver. La queja del ‘lomismo’ es el mantra que delata la censura que amordaza el fluir de la cadena significante.Y esa es la razón por la que el analista establece la regla fundamental, que avala y promueve el libre fluir de las palabras, el “diga usted lo que le  venga, sin censurar sus pensamientos…”. Y si a las palabras las dejas fluir, ellas son de naturaleza juguetona, y en su discurrir inventan siempre nuevas (y a veces ocurrentes) combinaciones.

Ese invitar a volver a hablar de ‘lo mismo’, si éste, tenaz, se presenta, es lo que permite que al contarlo de nuevo pero introduciendo alguna diferencia deje de ser ‘lo mismo’ y nos podamos encontrar con lo novedoso y lo distinto.
Una modalidad particular de este fenómeno se observa en el campo de los sueños, ese material psíquico tan fecundo y tan subestimado.

Es el caso de una mujer, madre de un niño al que sobreprotege por su propia angustia de separación. Un día en una curva asociativa comentará sobre una  pesadilla que se le repite. Sabemos que es corriente el hecho de sueños con una repetición temática. Constituyen lo que llamaremos series oníricas. Cada uno tiene sus  favoritas, por  más que hay algunas especialmente populares, siendo el de la caída de  dientes un verdadero top one. Algún día les contaré.        

En el caso de esta mujer se le repiten sueños en los que pierde a su hijo. Son sueños de mucha angustia que la despiertan en medio de la noche en su desesperación. Le pido que en lo sucesivo me los cuente  cuando acontezcan. Y es así que en el relato minucioso de cada episodio onírico vamos a ir reconociendo  elementos que se repiten sistemáticamente, pero a su vez vamos a descubrir elementos singulares que abren rutas novedosas.Y en ese recorrido pasamos del horror desolador de un extravío sin rastro alguno al de una desaparición por secuestro, y en ambas hace acto de presencia la culpa mortificante. Otras variantes variopintas tendrán lugar hasta llegar un día en el que se sueña tomando un  café con una amiga en unos grandes almacenes y observa tranquilamente a su hijo en la distancia jugar con otros niños, y en una distracción momentánea lo pierde de vista, para al poco caer en la cuenta de que no lo localiza, con el consiguiente sobresalto. Se apresura a buscarlo, con inquietud, pero con  la confianza de que lo va a encontrar, y efectivamente, para su sorpresa, lo descubre con su padre en un quiosco cercano.

Entre los primeros sueños de pánico sin límite hasta el de la aparición tranquilizadora del padre, transcurren un par de años de análisis, tiempo en el que tuvimos que transitar reiteradamente por los lugares comunes de su vida y su forma de habitarlos. Es ese caer en la cuenta de cómo uno se posiciona en cada encrucijada cotidiana y en el  por qué y para qué de su posición, lo que nos va  a facultar para poder, desatados de los automatismos inconscientes, elegir con conciencia nuestras decisiones y asumir las consecuencias.

En fin, Primavera, verano, otoño…¡un momento!, estaba a punto de retomar la circularidad estacional, cuando caigo en la cuenta de que en estos días en los que septiembre acoge al otoño recién llegado y las golondrinas empiezan a hacer las maletas, hay un significante de reciente cuño  que anda  empujando para hacerse sitio, le llaman veroño, y como zaska, quiere quedarse. Travesuras lenguajeras pidiendo la vez.

Que cada uno elija al gusto. Yo, personalmente, prefiero a estas fechas melancólicas de los últimos calores llamarlas como me enseñó mi abuela. Fueron y serán el veranito de san Miguel.


                                                                    Mamouna, finales de Septiembre de 2016

domingo, 21 de agosto de 2016

Bye, Bye objeto @








Cúmulos nimbos se derraman como borbotones de algodón por un cielo azul infancia. La fronda que tapiza la sierra es un centelleo de verdes después de la lluvia. El aire huele a pino y a tomillo y un tañido de campanas lejanas entrecorta con sus ecos el zumbido sonoro con que un millón de insectos satura el silencio del valle. Verano en Vijavega. Otro más. Uno menos.

Ha muerto a los 85 años Victor Mora, el creador del Capitán Trueno. Del autor no sé más que lo que apunta la necrológica, un buen tipo de izquierdas con coraje e imaginación que creó un poker de héroes. Del personaje, fue una figura tan cotidiana en mi niñez que es como si fuera de la familia. De hecho, es seguro que pasé muchas más horas con él que con ninguno de mis tíos, y también que lo quise más. Compartí pasiones y aventuras, amigos y enemigos, y compartí a Sigrid, su novia eterna. Yo estaba fascinado con el Capitán y enamorado de Sigrid, la reina de Thule, guapa, altiva, flaca y rubia, el modelo de mujer que me ha seducido toda la vida. Debe ser mi objeto @.

Nunca les he hablado del objeto @. Miento, en un par de ocasiones lo menté de refilón, apenas un roce fortuito que no llegó a toque, un susurro que no llegó a nombre, pues siempre lo evité. Confieso que me intimida, me desconcierta, me pierde. No lo termino de entender, me confunde, me cautiva, me angustia, me enmudece. Flipo con la peña que no se lo quita de la boca, sermoneando sobre sus misterios y sus hazañas como si fuera simple álgebra.

Lacan le concede el honor de llamarle 'su invento' y su presencia se convierte en inevitable en el universo lacaniano, trates de lo que trates. A mi me parece que está pelín sobrevalorado y de hecho lo he ignorado en mi discurso zapatillero hasta la fecha, como les comentaba recién. Es decir, se puede pensar en clave psicoanalítica sin recurrir a él, ergo, es prescindible, pese a quien pese.
Tal vez ayude el hecho de que Freud no supo nada de él y que desarrolló toda su doctrina al margen, y no le fue tan mal.

Pretenden asimilarlo al 'objeto perdido', a la 'experiencia mítica de satisfacción' y a la 'huella mnémica desiderativa', por eso le llaman objeto causa del deseo, pero, francamente, es muchas cosas más. Con los años se convierte en un comodín polivalente que te sirve tanto para un roto como para un descosido, pues te vale tanto para hablar del goce como del deseo, de la pulsión como del fantasma, de lo imaginario como de lo real, y al final llevas tal lío que no sabes si sumas o si restas, si subes o bajas, si vienes o vas.
Sin embargo, este bacalao del que doy testimonio, parecerá un desvarío delirante mio o una muestra de mi estulticia si lo contrastan con cualquier otro interlocutor del gremio, que, por supuesto, ignorará con desdén cualquier atisbo de duda.
Es lo que tienen los dogmas y los axiomas, que no las lentejas.

Y entonces, ¿a qué viene que lo saque a relucir a estas horas y en estas fechas?
¿A quién de ustedes le importa un comino lo que le pase a este señor?
¿Ganan algo en sus vidas si les armo la de Dios es Cristo destripando el concepto de marras?
Es más, ¿gano algo yo?

¡Uff! Preguntas demoledoras a la hora de la siesta cuando la parroquia está echándose una cabezadita antes de seguir con el basquet y el bádminton, el Phelps o el Bolt.
Soliloquios picapedrestres de un extraterrestre de vacaciones en estas tardes perezosas y declinantes de este Agosto olímpico caminito de bajar el telón.
Rumor de moscas y abejorros, lánguido diálogo de cencerros en el prado, y en la lontananza, pasado el molino, se divisan silenciosas las siluetas de dos jinetes alejándose rumbo al crepúsculo.

Adiós Sigrid, adiós Capitán Trueno, vaya rollo que os he largado sin comerlo ni beberlo.
Nos reuniremos cuando toque, en la ribera del olvido. Pero habrá que esperar, porque a día de hoy tengo una cita pendiente con Harry Hole.

Adío. Arrivederci. Sayonara.
Tempus fugit. Time is gone.


                                                                               En Vijavega, 21 de Agosto de 2016
 


domingo, 17 de julio de 2016

¡ZASKA!











Pasada ya la resaca del solsticio y su fragor de traca y fuego, quería retomar mi escritus interruptus, pero ¡ay!, descubro que los idus de Junio se lo llevaron con él.
Así que bye bye Kevin Costner, queda una historia pendiente y presiento que nos volveremos a ver.

En el intervalo de silencios transcurrido he sido testigo de un fenómeno de apariencia trivial, muchos dirían que anodino, que sin embargo a mí me ha resultado un acontecimiento extraordinario.
Me he tropezado con una nueva palabra y ¡he sido consciente de ello!
Es algo que a un crío o a un guiri le ocurre a diario de resultas de su abrupta inmersión en el océano del lenguaje, un medio extraño y como tal intrusivo, que uno tiene que aprender a encajar como buenamente se le tercie.

Pero para alguien machucho como yo la cosa debiera parecer tan exótica como descubrir el Mediterráneo. Supongo que me habrá ocurrido en infinidad de ocasiones que me habrán pasado desapercibidas, pero esta vez, tal vez por lo concentrado de su aparición, tres veces en un par de días, el impacto resonante me dejó sonado. Un paciente en la sesión, un locutor en la radio del coche, mi hija cenando y...¡Zaska! así, de golpe, sin previo aviso, en to el morro, como quien no quiere la cosa, dejándome con la sensación extraña del que regresa de un largo viaje y se ha perdido algo importante. ¡Que no te enteras, Contreras!.... Pero resulta que ahora mismo el corrector de windows la subraya en rojo, confirmando que no es una rayada mía, ok? Aunque me da que ya es tarde, y se ha infiltrado en el discurso colectivo sin distinción de estilos ni de clases. No sé si será un ave de paso o ha venido para quedarse. Nunca se sabe. Ahí está "¡jopeta!", un cadaver en el arcén del olvido que no ha mucho se pavoneaba en cada esquina (o quizás, siendo rigurosos, en cada parque de bolas, si creemos en los nichos semánticos) Que le den.

Vale, ... ¿y? ... Pues nada, que me pareció interesante y a su vez me conecta con otro asunto.
Venía de cerrar el curso con la proyección de Freud, pasión secreta (John Houston, 1962), un film que nació con vocación de clásico y que en la fiebre del tecnicolor fue rodado en blanco y negro. Monty Clift nos regala un Freud atormentado y apasionado descubriendo a machetazos la intrincada senda del inconsciente, muy diferente del astuto y consagrado burgués que recrea Viggo Mortensen en Un método peligroso (David Cronenberg, 2011). Si no la han visto, no se la pierdan.

Descuiden, no voy a destripársela. Sólo comentaré una línea muy precisa, la investigación que lleva a cabo en el tratamiento de Cecily, una paciente que hereda de Breuer y que es un remedo de la célebre Anna O. Para poder curarla, descifrando el sentido oculto del síntoma que la aqueja, va a abandonar la hipnosis, recurso que practicaba con Breuer para acceder al material olvidado, y dará paso a la técnica de la libre asociación, mediante la cual se conmina al analizante a expresar en voz alta todos los pensamientos que pasen por su mente evitando cualquier censura. Esa modificación técnica es un salto cualitativo sin precedentes, pues deja de lado la sugestión como vía de entrada al inconsciente y se abandona al poder espontáneo de la palabra desnuda, ella sí emisaria involuntaria de sus mensajes cifrados y sus señales a contrapié. Es ese hallazgo genial de Freud el que nos enseña a reconocer las huellas del inconsciente, no tanto en la profundidad de simas abisales como en la superficie del discurso, a ras de frase, en un vulgar desliz o en un inocente lapsus.

En la peli lo podemos observar en ese juego de palabras y homofonías que le lleva a asociar y transitar desde unas enfermeras peculiarmente pintadas a ... ¡tachán!... unas prostitutas. Y es ahí donde le formula la pregunta sobre cuándo fue la primera vez que escuchó esa palabra y, rastreando, rastreando, localizará el recuerdo infantil en  el que es sorprendida por su madre mientras se pintaba desmañada ante un espejo, y tirando de ese hilo, se despliega dolorosamente el dilatado historial putero de su amado padre. Pastel crucial que fantasmatizará su Edipo. No les digo más.

Días después vi Truman, la triunfadora en los últimos Goya.
Dos amigos se reencuentran para despedirse ante la inminente muerte de uno de ellos (Ricardo Darín y Javier Cámara, impecables)
La camadería fluye con la naturalidad más cotidiana y el pudor silencia la congoja que rezuman sus miradas. No se habla de sentimientos por más que se manifiestan en el borde de cada gesto.
Sobran las palabras, diría la reseña oficial, pero, disculpen que interrumpa...¿Realmente sobran?

Es éste un asunto con el que me tropiezo de cuando en vez, una suerte de consigna que preconiza el valor del silencio sobre la palabra, en la convicción de que las palabras van a embarrar lo genuino de la experiencia, así que mejor callar y quedarse con la experiencia pura y dura, sin aditivos ni colorantes.
No es éste un asunto menor ni baladí. Al contrario, a mi entender es capital. Y creo que vale la pena plantear algunas consideraciones al respecto.

La tesis más extendida que auspicia este enfoque suele endilgar al ejercicio de la palabra el calificativo de 'mental'. "Es muy mental", es el san Benito más repetido que se le cuelga al psicoanálisis desde un cierto sector de la psicoterapia humanista. A diferenciar de la crítica que se le hace desde el púlpito cognitivo-conductual, que tacha al psicoanálisis de no ser científico y arrambla con él por no ser más que pura palabrería. Son pues dos críticas que giran alrededor de la palabra, santo y seña del psicoanálisis, pero cualitativamente diferentes. Dejaré hoy a un lado la que concierne a la acientificidad del psicoanálisis para centrarme en aquella que lo denuncia como muy mental.

Es bien sabido que Perls ejerció el psicoanálisis durante bastantes años y que un conjunto de razones le llevó a abandonar su práctica y a desarrollar un modelo terapéutico nuevo y alternativo que cuajaría en la terapia Gestalt. Entre muchas de las diferencias que introduce destacaré el abandono del diván como lugar desde donde evocar 'pasivamente' recuerdos con el cuño de la infancia, es decir, de allí y entonces, para pasar a un trabajo activo centrado en el aquí y ahora de la experiencia presente.

Llevo colaborando más de veinte años en tareas de formación con un equipo de raigambre eminentemente gestaltista y bioenergética, y doy fe de que el aporte novedoso que hace su praxis es realmente eficaz y fecundo, especialmente en lo que atañe a su dimensión grupal y corporal, que es de la que he sido testigo. Es ese escenario el que me ha permitido escuchar a muchos alumnos de la más variada procedencia pronunciarse en los términos antedichos.

¿Qué se quiere decir cuando se dice que el psicoanálisis es muy mental?

Resumiré la idea que a mi entender subyace en los testimonios recogidos diciendo que mental vendría a ser sinónimo de razonativo, neologismo que abarca acepciones como razonador, explicativo, interpretador, argumentativo ... cuando no, jalarse el tarro, hacerte pajas mentales o pegarle vueltas al coco. Pues eso, muy mental. y claro, todo ello se traduce en palabras, osease, que es muy verbal.
Así que ya tenemos la ecuación completa:

Psicoanálisis = muy mental = muy verbal.

Frente a esa deriva palabrera, rotonda de extravíos varios, se promovería el valor de lo experiencial como una vía de expresión directa en su dimensión de acción y emoción (y/o sensación), que como dije antes, es algo a celebrar. Pero procede hacer algunas precisiones.

Creo en primer lugar que plantear antagonismos del tipo "mental vs emocional" conduce a un maniqueísmo simplista que no lleva a ningún lado.

No por obvia podemos omitir señalar la chapuza que supone la ecuación establecida líneas arriba.
Que mentar lo mental sea como mentar al mismísimo Belcebú es tan disparate como pensar lo verbal como caca de la vaca. Es de Perogrullo que con la palabra se puede hacer de tó, desde las mayores calumnias y estafas hasta la poesía más íntima o luminosa. Que hay palabras inanes que te resbalan y otras que son un golpe seco como un zasca.
Lacan en su obra temprana va a distinguir la palabra vacía de la palabra plena, un término que, en confianza, no me mata. Pero cualquiera puede reconocer la diferencia entre la palabra falsa y hueca de los políticos en campaña y el relato desolado de un superviviente de la última patera naufragada.
Sí, hay palabras y palabras.

Así que condenar a la palabra como tal, no sólo es un lamentable error, que lo es, sino sobre todo es abrir una puerta al horror. El psicoanálisis no concibe al sujeto sino desde su condición de sujeto del/al lenguaje. Parletre es el afortunado neologismo que acuña Lacan para dar cuenta de esta cuestión esencial. 'Hablanteser' traducen algunos, 'hablente' dicen otros. Yo prefiero 'hablaser' o 'ser de palabra'. Porque es la palabra, el lenguaje, ya lo decía Aristóteles, lo que nos hace humanos.

Concebir al hombre, o su verdadera esencia, como algo previo o ajeno al lenguaje es una pretensión animista nostálgica del paraíso, el sueño de un retorno a un estado de naturaleza, es decir, presimbólico, perdido para siempre. Volver a la selva, y no solo por su deforestación, no es un destino plausible. Exiliarse del Otro sólo conduce al autismo y al goce oscuro de lo Real. Lo cual no es óbice para que suspender transitoriamente el circuito de la cadena significante, sustraerte momentáneamente a su flujo, puedan ser experiencias cumbre, peak moments de libertad, pero como en los ejercicios de apnea, intervalos de tensión limitada. Porque no es ningún secreto que la eternidad es un instante fuera del tiempo. Pregúntenle a Amanda por sus cinco minutos.

Pero allende los cinco minutos es perentorio volver a suministrarle oxígeno al cuerpo, pensamiento al alma. Y es que no hay que olvidar que la etimología de alma es 'psijé', que también significa pensamiento, y de ahí psiquismo y sus derivados.

Aclarado esto, se puede entender que conminar a callar y no hablar de la experiencia 'x', en el afán de preservarla de cualquier mácula verbal, es cuanto menos un propósito ímprobo, por ingénuo.
Pues por mucho que a alguien le corten la lengua nunca dejará de hablar consigo mismo. Y hace mil lluvias que Simon y Garfunkel nos ilustraron sobre los sonidos del silencio.

Tras cualquier ejercicio, mi consigna siempre es otra:
"Ponle palabras.Con unas pocas basta. Con una frase sobra"
La palabra acota la experiencia. La delimita. La concreta. la subjetiviza. Le da ex-istencia.

'La palabra mata la cosa', decía Hegel. Con Lacan podemos decir que la mata simbólicamente, es decir, que la representa. Y ahí estamos. Exiliados irreversiblemente de la Cosa.
Exmatriados, habitamos una realidad representacional. No hay otra. Lo otro, su más allá, es el desierto de lo Real. Y de eso sí, como diría Wittgenstein, mejor callar.


                                                                                       En  Madrid, 17 de Julio de 2016

lunes, 20 de junio de 2016

SOLSTICIO







Aunque ahora parezca increíble hubo un tiempo en que Kevin Costner era cool, o, para que no me llamen posmoderno, dejémoslo en que molaba cantidad. Era antes de que rodara bodrios como El guardaespaldas  o Waterworld y se le quedara cara, si no  de  batracio, sí  de medio anfibio, luciendo branquias bajo las orejas to  natural. Hay papeles que no  perdonan, que no tienen vuelta atrás. Pero  como  decía,  hubo un antes glorioso y fulminante desde su irrupción con Silverado,  ese decidido homenaje al  western clásico  con el que L Kasdan pilló con el  paso cambiado  al  mundo  cinéfilo,  pasando por su Elliot Ness con De Palma o su electrizante No  hay salida. Aunque nada comparable a  ese relámpago inolvidable que nos regaló sacándoselo de la chistera  que fue Bailando  con lobos. Strike!  O como  dicen en mi  tierra, arribar y  puar. Siete Oscar le concedió la Academia, incluidos los gordos, en su fulgurante bautismo como director. Nunca más. Tres pelis  añadió a su curriculum, siguiendo con la batracia antes mentada, que  lo  llevaron de  la cima a la sima. Pareciera un cruel castigo de  los dioses. O la vida misma.


Vale. Todo este prolijo preámbulo  para situar  en contexto a  K.C. y su BcL. Yo personalmente creo que los preámbulos son importantes. Son el primer contacto que uno  establece con el asunto,  y todos sabemos que  ‘el primer contacto’  va a marcar de forma sutil  o abrupta el  devenir  de esa relación en ciernes,  en este caso, entre lector y texto. Opera como un filtro. Así, por ejemplo, al lector indeciso que no le interese el cine, la intro anterior puede ayudarle a cambiar de plan y con un simple click pasar a otra cosa mariposa.
En realidad esto de escribir un blog tiene algo de contar un cuento. La diferencia  es que mis hijos escuchaban atentamente mi relato hasta el final (si la peque no caía dormida por el camino) y ustedes pueden pasar del cuento si no les sale a cuenta. No  problemo.

Si decidieron continuar y acompañarme  por esta senda de palabras, anticipo que no sé dónde lleva. Porque de  un tiempo a esta parte escribir se ha vuelto una experiencia azarosa donde el yo piloto  tiene una ocurrencia cargada de cierto magnetismo y… … … ¡ya se verá  qué da de sí!
Para ello  es preciso confiar en la resonancia significante y abrirse  a sus encantos, pero, a diferencia de la escritura automática de los surrealistas, no abandonarse ciegamente a sus reclamos, sino jugar con ellos.
Habría una idea popular muy extendida  que  piensa que abrirle la puerta al inconsciente  es  abocarse al sinsentido  y sus  estragos, una suerte de territorio satánico y de  orgía negra. Bebe de la tradición romántica que rebelándose contra el paradigma de la Razón cartesiana y de sus acólitos neoclásicos, tan apolíneos  ellos,  reivindican con furia el territorio de la pasión, la tormenta de las  pasiones, ámbito donde reina la oscuridad  de la noche frente  a la  claridad del  día. Y en la oscuridad  de la noche de un verano que parecía invierno, en Villa Diodati,  junto  al  lago Leman, la flor y nata del romanticismo, (Byron y Shelley, en realidad  Mary S. y Polidori), una  pandilla de protohipys, dieron a luz a sus inmortales criaturas  de horror y  pesadilla, el vampiro y el monstruo, franquicias del terror de masas dos siglos después.

Como decía, la imaginería popular haría de estas figuras la encarnación de sus pulsiones más inconfesables y como tales, las más temidas, sepultadas en las profundidades de su alma. Ese lugar oscuro y  secreto vendrá a ser la semilla del famoso subconsciente, término  que recogerá Freud en sus primeros trabajos para dar cuenta de una actividad psíquica más allá de la conciencia y que abandonará pronto para sustituirlo  por el de inconsciente, con el que remarca su condición de negatividad respecto de  la conciencia y a su vez se desmarca del glosario popular. A día de hoy es un indicador infalible para situar a nuestro interlocutor y su grado  de conocimiento de la obra freudiana. Tan contundente como decir furboneta. No engaña.

Metidos ya en faena es un buen momento para limpiar alguna que  otra telaraña. Por ejemplo, dejar  claro que no  es lo mismo inconsciente que ello, por más que una cierta pereza teórica llevara a asimilarlos tras formular Freud su segunda tópica,  ya saben, su segunda configuración del aparato psíquico, constituido por tres instancias: Ello, Yo y Superyo, a  distinguir de la primera tópica y sus  tres  sistemas: Inconsciente, Preconsciente y Consciente.

El error vendría  de pretender sustituir una por otra y confundir sistemas con instancias. No es mi intención desgranar las diferencias, sólo señalarlas.  Porque esa diferencia es capital para poder entender las dos acepciones del término Inconsciente: como adjetivo,  aplicable a las instancias,  y como sustantivo,  referido al sistema homónimo. Es este  último al  que nos referiremos cuando hablemos del “Inconsciente”.

Y si hablamos antes de la  acepción  popular  del  Inconsciente como territorio del ‘sinsentido’ y sus estragos, ahora toca ya aclarar, aunque  pueda resultar decepcionante para los más  románticos, que el  inconsciente no  es ajeno al  sentido, antes al contrario, que  está atravesado por él,  aunque obvia decir que no  estamos  hablando del sentido común si no de un ‘otro’ sentido, la otra escena  que diría Freud, compuesta por  el  conjunto de las  representaciones reprimidas. Y ahí pululan revueltas y disfrazadas las interminables sagas deseantes de los culebrones neuróticos.  Constituirá la base de la que  llamamos clínica del deseo.

A distinguir de  esa clínica por fuera del sentido, ésta sí, ajena a él, que en lacanés vienen  a llamar clínica de lo  real y  que yo prefiero llamar clínica de la pulsión

Y de repente  me  saltan  todas las alarmas…¡quillo! ¿dónde  vas? Unos cuantos pueblos te has  pasado. ¡Que esto no es el seminario! ¡que el curso se  ha acabado!  ¡que es el blog en zapatillas! y que el veranito está aquí y yo con estas pantuflas, ¡me da calor solo pensarme!  Urge  una  matrixmorfosis… … …3, 2, 1  Alehop!

¡Ya está! Habemus chanclas. Los que no  le hayáis dado al click y hayáis llegado hasta aquí, gracias por vuestra paciencia y vuestra confianza. Ha sido un curso largo.
Disculpad la traca. Huele a Hogueras. Es tiempo de pirarse. Las Negras  me esperan.  Feliz solsticio.


                                                                        Mamouna, 20 de junio de 2016             

domingo, 24 de abril de 2016

No es lo mismo Hernández que Fernández

  






Soy un ignorante, soy un ignorante
No te veía y te tenía delante
                                                 
                                                  La Marabunta


Pues eso, que soy un ignorante, pero mi ignorancia no es docta, ni siquiera semidocta, sino amplia, generosa y convencida. Aunque yo no diré cómo dicen que dijo Sócrates, "sólo sé que no sé nada", porque aparte de no tener ni un atisbo de su ingenio, tampoco creo que eso sea así. Porque yo sé que sé poco, muy poco, requetepoco, pero ese poco que sé es algo, y algo es más que nada y aunque ese algo no sirva de mucho, ni para muchos, a mí me vale para ir tirando en este contubernio de claroscuros que es la vida. Así que aunque no suene  tan rotunda y extrema como la del Maestro, la diré a mi manera: Sé bien que sé poco, pero aunque mi poco no llene el granero, ayuda a su compañero. Y ahí voy. Ahí vamos.
Quien quiera venir, claro! Que este viaje en zapatillas no obliga a nadie, que es como el Camino de Santiago, lo hace quien quiere, porque quiere, cuando quiere y como quiere. 
A su aire y respirando.

He mentado al viejo Sócrates, del que vi una representación no hace mucho, encarnado por Jose María Pou.
Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano se llamaba, y fue una gran interpretación aclamada por el público y la crítica. Un par de meses después pude asistir en Madrid a ver Vida de Galileo de Bertold Bretch, interpretada por Ramón Fontseré. Fervorosos elogios y vuelta al ruedo a su vez. Vale, pero esta no es una columna teatral, así que me abstendré de hacer críticas al uso sobre las obras mencionadas. Me limitaré a comparar a los dos egregios personajes para ilustrar unos conceptos teóricos que considero capitales.

Veamos. En el caso de Sócrates ya sabemos, y el título de la obra lo dice explícito, de qué va la historia.
S es un filósofo militante en busca de la verdad. Pero la verdad es una cuestión muy vasta, con muchas caras para abordarla, y él se desmarca de sus insignes predecesores que indagaban sobre la verdadera naturaleza de las cosas para centrarse en un territorio bastante más escurridizo como es la verdad subjetiva. Practicaba para ello una técnica muy particular, la mayéutica, aquel arte que mediante la palabra alumbraba en el interlocutor la verdad subyacente tras sus contradicciones y falacias. Ese dar a luz verdades espinosas era una experiencia ardua y a menudo dolorosa, como un parto, y de ahí su etimología ('partera').
Guarda semejanzas con el oficio del psicoanálisis, pero también serias diferencias. 
Sócrates pensaba que el error en el que se hallaba sumido el afortunado discípulo improvisado era cosa de simple ignorancia, subsanable con un poco de paciencia y una buena explicación aclaratoria. La lógica de la verdad se impondría en su evidencia. Pero nosotros ya sabemos que evidentemente, evidente miente, a veces. Y también sabemos que el que los acorralados en sus imposturas se rebotaran ante las bienintencionadas lecciones lógicas del aplicado sabio no era cuestión de simple ignorancia informativa sino de algo bastante más proceloso que Freud denominó resistencias y que con Lacan llamamos goce.

Ya he dejado dicho en alguna otra ocasión qué en mi opinión el término 'goce' no es una buena elección, porque es equívoco, pero no un poco, sino mazo. Y tal como está el patio de enredado, flaco favor (nos) hacemos rizando el rizo. Pero es lo que hay y habrá que apechugar con ello.
Lo primero que hay que aclarar es que goce no es sinónimo de placer, ni de lejos, aunque en castellano parezcan vecinos semánticos. Hay que añadir a su vez que goce es un concepto muy polisémico de serie. Lo cual nos anuncia que el bacalao está servido. Así que me ceñiré a la acepción que en esta ocasión nos atañe, y que en su versión más simple reza así: aquel empuje a la completud que no quiere saber del límite.

¿Por qué creéis que llevaron a juicio a Sócrates?
Porque en su afán de instruir en la verdad a sus conciudadanos y confrontarlos con su falta les tocaba sus partes más sensibles, incluidas las narices y su narcisismo.
Tremendo temazo el del narcisismo que ya hemos tratado en algún otro post. Pero hoy aludiré a la vertiente de goce, es decir, de completud, que persigue la imagen especular, completud imaginaria a la que uno se aferra para no saber del tutifruti fragmentario que nos consiste la identidad, un patchwork de visceras revueltas e identificaciones variopintas al gusto del chef. Visto lo visto, mantener la imagen unitaria y sin tacha es primordial.
Verse confrontado uno con sus miserias agrieta el espejo y ese es un trance que no le agrada a nadie pasar, así que lo más sencillo es recurrir al borrón y espejo nuevo, a la vez que, de paso cañaso, al testigo eliminar.
No es lo mismo señalar con el dedo la llaga que el paciente en su desdicha quiere curar, y aún así, cuidadín!, que destaparle sus vergüenzas a un ateniense posturante en medio del ágora a una hora punta. Ojito con el amor propio herido. La venganza es un plato caliente que se sirve bien frío y por esos barrios tiene un nombre propio: Cicuta.
Pero ese es otro cantar.

El caso es que tenemos al buen Sócrates encerrado en la mazmorra esperando su cita con el veneno letal, cuando Critón, su fiel amigo y discípulo, atribulado, le ofrece la posibilidad de escapar.
"¿Toda una vida promulgando el respeto a la ley, para ahora, en el momento de la verdad, burlarla? No Critón, no vale la pena, me sentiría mendaz e indigno"
Así que con su dignidad bien pertrechada y la entereza que procura actuar en conciencia, afrontó sereno aquella muerte injusta, y con aquél acto irrevocable escribió su testamento ético. Cabeza de serie en el Olimpo filosófico, mártir laico y santo y seña de la Causa.

Galileo Galilei, por su parte, es ese sabio que estudia el firmamento con los ojos de la razón y un telescopio (el primero). Y con esos mimbres hace un mapa de las esferas soltándose y saltándose los prejuicios y sujetándose a las matemáticas. Y resulta que no le salen las cuentas. O mejor dicho, resulta que haciendo cuentas se encuentra con que la verdad sagrada es un cuento, es decir, es del orden del mito, y él juega en otra liga, la liga de la ciencia. Y claro, está cantado, Houston, tenemos un problema. 

Es ejemplar la escena en el palacio del príncipe de Florencia cuando va a mostrarles el hallazgo con el que refrenda la tesis copernicana del heliocentrismo, "que es la tierra, como los otros planetas, la que gira alrededor del sol", y los sabios de la corte se mofan de él con la soberbia que confiere la ignorancia, y en nombre del gran Aristóteles ni siquiera se dignan a observar por el telescopio.
Pero si desde la curia científica le cayó el desdén, desde la curia romana y su Santo Oficio le cayó la prisión y la amenaza de una condena por herejía como la que años atrás le costó la vida a Giordano Bruno. Visto lo visto y ante la inminencia de las torturas correspondientes, especialidad de la casa, decide retractarse y abjurar.
Salva la vida sí, pero no le sale gratis. Aparte de ser condenado a reclusión domiciliaria perpétua, la deshonra y el oprobio entre sus colegas y discípulos le persigue hasta sus últimos días.

Hay un diálogo imprescindible en la escena final con su antiguo discípulo Andrea, casi un hijo adoptivo, que durante el proceso inquisitorial siempre proclamó su convicción de que su maestro resistiría y que no claudicaría ante el embate obsceno de la canalla irracional, que estaría dispuesto a cumplir con su destino y afrontaría gallardamente la hoguera en pro de mantenerse fiel a la verdad.

Error. Horror. Va a ser que no. No fue una enorme decepción, o no solo eso. Fue más una traición cobarde, inconcebible e imperdonable. Un borrón imborrable en la inmaculada página que la historia reserva a sus héroes con aroma a chamusquina.
Galileo se disculpará con un lacónico "Pues sí, llevo muy mal el dolor, y mi cuerpo es alérgico a la tortura". Por otra parte, en esa prórroga que le sacó a la vida y en la soledad de su exilio doméstico, pudo redactar clandestinamente sus últimas elaboraciones astronómicas y dejarlas como impagable legado a la posteridad. Pero esa es otra historia.

Vale. A lo nuestro. ¿Y todo esto pa qué? se preguntarán ustedes vosotros, que decía aquél.
Y harán bien, porque he de confesar que a estas alturas, como ya viene siendo costumbre, no sé muy bien en qué acabará esto, cosas de la libre asociación y sus derivas significantes, 
que en su libertad resonante va improvisando un camino que no estaba en los mapas. Y ya sabemos que Itaca es la excusa perfecta para irse de marcha.

Hoy nuestra marcha ha partido de estos dos personajes que el azar trenzó en mi camino de aficionado al teatro, Sócrates y Galileo, que nos sirven de referentes para ilustrar un concepto tan bonito como es el de la posición subjetiva, que si nos ponemos ortodoxos, en psicoanálisis remite a aquella posición que adopta el sujeto en su encuentro con la castración (glups!).
Los que tengáis ya callos en los juanetes de acompañarme en estos extravíos sabéis que cuando decimos 'castración' estamos diciendo 'límite'. Y que éste, el límite, es el concepto clave de la película, sea cual sea la peli que estemos viendo.

Dicho esto, vemos que en circunstancias relativamente semejantes S y G optan por salidas bien diferentes. Uno, S, teniendo la oportunidad de salvar la vida de una condena injusta, renuncia a ella en nombre del respeto a la ley, algo que ha defendido siempre. Cuestión de coherencia, se supone.
El otro, ante la inminencia del bufido siniestro del potro quebranta huesos, donde dije digo, digo Diego. Un bocas.

En el Panteón de la Historia, Sócrates refulge con luz propia, y un aura de excelencia nimba su figura, intachable protomártir de la Ética.
Galileo, por su parte, ocupa un lugar señalado, pero en una casilla bien diferente, la de las víctimas de la intolerancia ciega ejercida implacablemente en nombre de la Fe. Munición de gran calibre, siempre a mano, en la cruzada anti religiosa, pero en lo que a su conducta respecta, poco se le reconoce de ejemplar. Y es que, como decíamos antes, no estuvo a la altura que se le presuponía para habitar eternamente en el podio de los mártires de la Causa.

Lo cual nos lleva inevitablemente a tener que preguntarnos de qué demonios se trata la tal Causa.

En realidad el tema concernido es lo de menos. Aquí lo que importa es la mayúscula, lo que intentamos representar con ella. Y para ello es preciso que introduzcamos un par de conceptos del estock psicoanalítico de los de recorrido más indeciso y errabundo ya desde su origen, pues Freud, por momentos, los utiliza indistintamente.
Se trata del Yo Ideal y del Ideal del Yo, los Hernández  y Fernández del psicoanálisis.

No les voy a aburrir con barbitúricas peripecias eruditas, una aventura tan excitante como ver crecer la hierba. Así que iré directamente al grano. Les voy a dar mi versión del asunto, que desde ya les digo que no se corresponde con los usos al uso, que a mí, personalmente, me resultan confusos. Seguramente es por defecto mío. Me he machacado bastante al respecto en el curso de mis andanzas por los logaritmos lacanianos, pero con los años me he ido relajando, y, asumiendo mi déficit, he llegado a la conclusión de que cuando distintos de sus exégetas dan versiones diferentes cuando no antitéticas de lo mismo, el tal 'lo mismo', más allá de mi miopía, no está claro.
Lo cual, una vez atravesado el pasmo y la orfandad correspondiente, resulta muy liberador, pues me legitima para dar mi visión particular, siempre y cuando  la argumente con criterio y rigor, cosa que honestamente intento.

Volviendo con los Dupond y Dupont del tema (que como sabrán, sólo se distinguen por el remate de sus mostachos), diré que ambos dos son modalidades del Ideal, pero en su homofonía de trabalenguas, representan dos modos o modelos muy diferentes.
Ya conocen por posts anteriores los Tiempos del Edipo, y en viendo Padres hay más que uno, recordarán que distinguíamos a un padre imaginario(o fálico), representado por Palminteri, el gánster, y un padre simbólico, De Niro, el conductor de autobús. Ya distinguimos sus dos modos de posición en relación a la ley, como Amo el primero y como su representante el segundo. Y decíamos que aquél era el representante de la completud y éste el representante de la falta. La falta en él álgebra lacaniana se representa como una barra ( ) y representa la llamada castración simbólica, que el padre ha ejercido en su función.

Vale, teniendo en cuenta estos elementos, sólo hay que aplicarlos a la cuestión del Ideal.
Y distinguiremos pues dos modalidades de Ideal.

El Yo Ideal, o Ideal que opera en régimen imaginario, es decir, sin límite, sin tacha o barra.
Yo le llamo coloquialmente el Ideal Tirano, y es aquél que rige nuestras vidas de manera tiránica, desde una exigencia extrema, insaciable y voraz, intolerante ante cualquier atisbo de falta. Uno hipoteca su vida en intentar alcanzarlo, calmarlo, colmarlo...pero es en vano. Nunca es suficiente, pues siempre falta algo, siempre falla algo, y aunque parezca increible, son legión los que están por la labor.

El Ideal del yo va a funcionar de otra manera, más tranqui. Le hace sitio a la falta y desde ella  se motiva en buscar aquello que alienta su deseo. Yo le llamo Ideal motor, y se convierte en la brújula que guía tus pasos, motor progresivo que empuja hacia delante pero haciéndole sitio al tropiezo, al 'casi', al 'por poco', al 'no se puede ganar siempre', al 'otra vez será', al 'no  hay mal que por bien no  venga', al 'por lo menos lo he intentado', al 'que nos quiten lo bailao'  y claro, al  'estuvo bien mientras duró'.

Si nos ponemos algebraicos los representaremos en su forma más simple, la I, inicial de ideal, atravesada o no por la barra ( / ), quedando (límites del grafismo asumidos) así:
I ) para el Ideal Tirano, ( sin barrar )
( I / ) para el Ideal motor, ( barrado )

Ahora ya estamos en condiciones de responder a la pregunta.
La Causa, así, mayusculada, remite al código de lo Imaginario, de las palabras henchidas que riegan de sangre la Historia, arengas de la estirpe del 'Por Dios, por la Patria y el Rey' con las que voz en grito se ha lanzado tanto soldadito anónimo a una muerte segura en pos de no se sabe qué maldita Gloria.
Y donde decimos 'Dios, Patria y Rey' podemos decir 'Libertad, Igualdad, Fraternidad' o 'Visca el Barça!', 'Trascendencia' o 'Psicoanálisis'.

Da igual ultra, fanático, iluminado o talibán. La cuestión es el tipo de vínculo que nos liga a la cosa, sea lo que fuere la tal. Pegado, fascinado, identificado, adicto, da igual. Fusión es confusión.
Huevo, Goce, Todo o Nada, Ideal.

Sócrates en su maximalista 'sólo sé que no sé nada' es congruente pues anticipa su elección postrera. Le consagra para la posteridad.
Yo me quedo con Galileo, con su apuesta por la verdad no-toda y su crepúsculo junto al mar.

Y es que no es lo mismo Hernández que Fernández, Zipi que Zape, Pili que Mili, o cualquier otros mellizos sin par, pues aunque parezcan iguales, no, no dan igual. Según quién gobierne tu barco, así será tu vida, así será tu navegar. 

Soy ateo, creo en el dios de las pequeñas cosas, Itaca puede esperar.



                                                                                               
                                                                                           Javier Arenas, en Mamouna, 24 de Abril de 2016