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domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Veroño?







Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera  es una película del coreano Kim Ki Duk (2003) que ya  desde el título nos deja ver el  espíritu que la atraviesa, el inexorable  paso  del  tiempo manifestándose en ese continuum  que encadenan las estaciones, pero con un sutil hallazgo retórico, esos puntos suspensivos precediendo al nuevo ciclo que anuncia el “… y primavera”.

La circularidad está servida  y como quien no quiere la cosa nos ha dado un zaska en el tercer ojo. Porque  el viaje como metáfora de la  vida tiende a imaginarizarse como una diacronía más o menos longitudinal y… va a  ser que no. Un análisis, cualquiera que lo haya vivido en sus carnes lo sabe, es más bien una espiral, una progresión  helicoidal de  sentido, decía yo to cursi cuando era  muy joven  y las frases engominadas me molaban.

Espiral o helicoidal, la cosa tiene que ver con la circularidad de la repetición. Desengañémonos, un psicoanálisis, ese viaje a tu lado oscuro, no tiene nada de aventura romántica, encuentro con monstruos góticos y enigmas en sánscrito. No es una ruta por lugares remotos y exóticos sino, precisamente, un asomarse a lo más próximo e íntimo de tu ser, que, paradojicamente, resulta inquietantemente extraño e ‘infamiliar’ ( unheimlich dirá Freud, aquí traducido como ‘lo  siniestro’ o ‘lo ominoso’ y que Lacan neologizará agudamente como ‘lo éxtimo’). Eso que suena tan raro son los gajes de la  represión. Y para poder acceder a sus matrices, sacarlas a la luz, habrá que transitar cien veces por sus áreas de influencia, poniendo palabras que vayan decapando laboriosamente intrincadas capas de bizarras resistencias.

Sabemos desde los Estoicos, del poder curativo de la palabra. Que tradiciones esotéricas y religiosas las emplean desde los albores para exorcismos y maleficios varios. Y ya en el campo de la (más que discutible) ciencia, que desde Mesmer y su magnetismo animal hasta el hipnotismo de las exhibiciones de Charcot en la Salpetriere pasan cien años largos.Y ahí emerge el joven Freud, que tras los escarceos iniciales con la hipnosis, de la mano de Breuer, en lo que serían los orígenes del psicoanálisis, pronto se soltará de su mentor y de su técnica directiva para dejar atrás el método de la sugestión, mecanismo clave en el fenómeno histórico de la influencia por la palabra. Proponer la regla de la libre asociación es un giro cualitativamente trascendental en su aparente levedad, pues supone sustraerse del eje imaginario propio del recurso sugestivo, para abrirse al eje simbólico de la propia dinámica significante. Es a partir de ahí que  podemos decir que los cambios no se producen por ensalmos, abracadabras o sortilegios. Ni  siquiera por escribir cien veces  en  la  pizarra “no me morderé más las uñas” o cualquier otra letanía conductista.                                                                                            
Librando a la palabra del amo de turno, y dejándole hacer su hacer, el camino del cambio es la repetición con conciencia.
Y añadiría: en transferencia.

¿Por qué esa apostilla? Veamos.

Es un lugar común que el analizante se presente con una cantinela tipo “Hoy no sé qué contarte. Ya te lo he contado todo” o “Siento que no avanzo. Siempre es lo mismo”.

Es obvio que latiguillos de este estilo manifiestan  una actitud  resistencial del paciente con su proceso, pero atención, mi querido colega, en concreto contigo. Es decir, es imprescindible dejar de  pensar que lo que le ocurre al paciente es algo suyo, en tanto que individuo autónomo, y por lo tanto, algo simplemente personal. Desde la  perspectiva psicoanalítica, una vez instalada la transferencia, lo que le acontece al paciente en su proceso nos incluye indeleblemente. Es decir, es de orden vincular. Y es esa circunstancia la clave del  poder transformativo del análisis. Lo que se juega, sea lo que fuere, se juega  en vivo y en directo, “ni en effigie ni en absentia” decía Freud, sino (con la regla de  abstinencia por medio, por supuesto) en lo real del cuerpo a cuerpo. Porque lo que está en juego es lo pulsional, por más que su vehículo sea la  palabra.

Y es por eso que las palabras tienen un lado secreto, que por sorpresa y a contrapié, de vez  en cuando nos dejan ver. La queja del ‘lomismo’ es el mantra que delata la censura que amordaza el fluir de la cadena significante.Y esa es la razón por la que el analista establece la regla fundamental, que avala y promueve el libre fluir de las palabras, el “diga usted lo que le  venga, sin censurar sus pensamientos…”. Y si a las palabras las dejas fluir, ellas son de naturaleza juguetona, y en su discurrir inventan siempre nuevas (y a veces ocurrentes) combinaciones.

Ese invitar a volver a hablar de ‘lo mismo’, si éste, tenaz, se presenta, es lo que permite que al contarlo de nuevo pero introduciendo alguna diferencia deje de ser ‘lo mismo’ y nos podamos encontrar con lo novedoso y lo distinto.
Una modalidad particular de este fenómeno se observa en el campo de los sueños, ese material psíquico tan fecundo y tan subestimado.

Es el caso de una mujer, madre de un niño al que sobreprotege por su propia angustia de separación. Un día en una curva asociativa comentará sobre una  pesadilla que se le repite. Sabemos que es corriente el hecho de sueños con una repetición temática. Constituyen lo que llamaremos series oníricas. Cada uno tiene sus  favoritas, por  más que hay algunas especialmente populares, siendo el de la caída de  dientes un verdadero top one. Algún día les contaré.        

En el caso de esta mujer se le repiten sueños en los que pierde a su hijo. Son sueños de mucha angustia que la despiertan en medio de la noche en su desesperación. Le pido que en lo sucesivo me los cuente  cuando acontezcan. Y es así que en el relato minucioso de cada episodio onírico vamos a ir reconociendo  elementos que se repiten sistemáticamente, pero a su vez vamos a descubrir elementos singulares que abren rutas novedosas.Y en ese recorrido pasamos del horror desolador de un extravío sin rastro alguno al de una desaparición por secuestro, y en ambas hace acto de presencia la culpa mortificante. Otras variantes variopintas tendrán lugar hasta llegar un día en el que se sueña tomando un  café con una amiga en unos grandes almacenes y observa tranquilamente a su hijo en la distancia jugar con otros niños, y en una distracción momentánea lo pierde de vista, para al poco caer en la cuenta de que no lo localiza, con el consiguiente sobresalto. Se apresura a buscarlo, con inquietud, pero con  la confianza de que lo va a encontrar, y efectivamente, para su sorpresa, lo descubre con su padre en un quiosco cercano.

Entre los primeros sueños de pánico sin límite hasta el de la aparición tranquilizadora del padre, transcurren un par de años de análisis, tiempo en el que tuvimos que transitar reiteradamente por los lugares comunes de su vida y su forma de habitarlos. Es ese caer en la cuenta de cómo uno se posiciona en cada encrucijada cotidiana y en el  por qué y para qué de su posición, lo que nos va  a facultar para poder, desatados de los automatismos inconscientes, elegir con conciencia nuestras decisiones y asumir las consecuencias.

En fin, Primavera, verano, otoño…¡un momento!, estaba a punto de retomar la circularidad estacional, cuando caigo en la cuenta de que en estos días en los que septiembre acoge al otoño recién llegado y las golondrinas empiezan a hacer las maletas, hay un significante de reciente cuño  que anda  empujando para hacerse sitio, le llaman veroño, y como zaska, quiere quedarse. Travesuras lenguajeras pidiendo la vez.

Que cada uno elija al gusto. Yo, personalmente, prefiero a estas fechas melancólicas de los últimos calores llamarlas como me enseñó mi abuela. Fueron y serán el veranito de san Miguel.


                                                                    Mamouna, finales de Septiembre de 2016

domingo, 21 de agosto de 2016

Bye, Bye objeto @








Cúmulos nimbos se derraman como borbotones de algodón por un cielo azul infancia. La fronda que tapiza la sierra es un centelleo de verdes después de la lluvia. El aire huele a pino y a tomillo y un tañido de campanas lejanas entrecorta con sus ecos el zumbido sonoro con que un millón de insectos satura el silencio del valle. Verano en Vijavega. Otro más. Uno menos.

Ha muerto a los 85 años Victor Mora, el creador del Capitán Trueno. Del autor no sé más que lo que apunta la necrológica, un buen tipo de izquierdas con coraje e imaginación que creó un poker de héroes. Del personaje, fue una figura tan cotidiana en mi niñez que es como si fuera de la familia. De hecho, es seguro que pasé muchas más horas con él que con ninguno de mis tíos, y también que lo quise más. Compartí pasiones y aventuras, amigos y enemigos, y compartí a Sigrid, su novia eterna. Yo estaba fascinado con el Capitán y enamorado de Sigrid, la reina de Thule, guapa, altiva, flaca y rubia, el modelo de mujer que me ha seducido toda la vida. Debe ser mi objeto @.

Nunca les he hablado del objeto @. Miento, en un par de ocasiones lo menté de refilón, apenas un roce fortuito que no llegó a toque, un susurro que no llegó a nombre, pues siempre lo evité. Confieso que me intimida, me desconcierta, me pierde. No lo termino de entender, me confunde, me cautiva, me angustia, me enmudece. Flipo con la peña que no se lo quita de la boca, sermoneando sobre sus misterios y sus hazañas como si fuera simple álgebra.

Lacan le concede el honor de llamarle 'su invento' y su presencia se convierte en inevitable en el universo lacaniano, trates de lo que trates. A mi me parece que está pelín sobrevalorado y de hecho lo he ignorado en mi discurso zapatillero hasta la fecha, como les comentaba recién. Es decir, se puede pensar en clave psicoanalítica sin recurrir a él, ergo, es prescindible, pese a quien pese.
Tal vez ayude el hecho de que Freud no supo nada de él y que desarrolló toda su doctrina al margen, y no le fue tan mal.

Pretenden asimilarlo al 'objeto perdido', a la 'experiencia mítica de satisfacción' y a la 'huella mnémica desiderativa', por eso le llaman objeto causa del deseo, pero, francamente, es muchas cosas más. Con los años se convierte en un comodín polivalente que te sirve tanto para un roto como para un descosido, pues te vale tanto para hablar del goce como del deseo, de la pulsión como del fantasma, de lo imaginario como de lo real, y al final llevas tal lío que no sabes si sumas o si restas, si subes o bajas, si vienes o vas.
Sin embargo, este bacalao del que doy testimonio, parecerá un desvarío delirante mio o una muestra de mi estulticia si lo contrastan con cualquier otro interlocutor del gremio, que, por supuesto, ignorará con desdén cualquier atisbo de duda.
Es lo que tienen los dogmas y los axiomas, que no las lentejas.

Y entonces, ¿a qué viene que lo saque a relucir a estas horas y en estas fechas?
¿A quién de ustedes le importa un comino lo que le pase a este señor?
¿Ganan algo en sus vidas si les armo la de Dios es Cristo destripando el concepto de marras?
Es más, ¿gano algo yo?

¡Uff! Preguntas demoledoras a la hora de la siesta cuando la parroquia está echándose una cabezadita antes de seguir con el basquet y el bádminton, el Phelps o el Bolt.
Soliloquios picapedrestres de un extraterrestre de vacaciones en estas tardes perezosas y declinantes de este Agosto olímpico caminito de bajar el telón.
Rumor de moscas y abejorros, lánguido diálogo de cencerros en el prado, y en la lontananza, pasado el molino, se divisan silenciosas las siluetas de dos jinetes alejándose rumbo al crepúsculo.

Adiós Sigrid, adiós Capitán Trueno, vaya rollo que os he largado sin comerlo ni beberlo.
Nos reuniremos cuando toque, en la ribera del olvido. Pero habrá que esperar, porque a día de hoy tengo una cita pendiente con Harry Hole.

Adío. Arrivederci. Sayonara.
Tempus fugit. Time is gone.


                                                                               En Vijavega, 21 de Agosto de 2016
 


domingo, 17 de julio de 2016

¡ZASKA!











Pasada ya la resaca del solsticio y su fragor de traca y fuego, quería retomar mi escritus interruptus, pero ¡ay!, descubro que los idus de Junio se lo llevaron con él.
Así que bye bye Kevin Costner, queda una historia pendiente y presiento que nos volveremos a ver.

En el intervalo de silencios transcurrido he sido testigo de un fenómeno de apariencia trivial, muchos dirían que anodino, que sin embargo a mí me ha resultado un acontecimiento extraordinario.
Me he tropezado con una nueva palabra y ¡he sido consciente de ello!
Es algo que a un crío o a un guiri le ocurre a diario de resultas de su abrupta inmersión en el océano del lenguaje, un medio extraño y como tal intrusivo, que uno tiene que aprender a encajar como buenamente se le tercie.

Pero para alguien machucho como yo la cosa debiera parecer tan exótica como descubrir el Mediterráneo. Supongo que me habrá ocurrido en infinidad de ocasiones que me habrán pasado desapercibidas, pero esta vez, tal vez por lo concentrado de su aparición, tres veces en un par de días, el impacto resonante me dejó sonado. Un paciente en la sesión, un locutor en la radio del coche, mi hija cenando y...¡Zaska! así, de golpe, sin previo aviso, en to el morro, como quien no quiere la cosa, dejándome con la sensación extraña del que regresa de un largo viaje y se ha perdido algo importante. ¡Que no te enteras, Contreras!.... Pero resulta que ahora mismo el corrector de windows la subraya en rojo, confirmando que no es una rayada mía, ok? Aunque me da que ya es tarde, y se ha infiltrado en el discurso colectivo sin distinción de estilos ni de clases. No sé si será un ave de paso o ha venido para quedarse. Nunca se sabe. Ahí está "¡jopeta!", un cadaver en el arcén del olvido que no ha mucho se pavoneaba en cada esquina (o quizás, siendo rigurosos, en cada parque de bolas, si creemos en los nichos semánticos) Que le den.

Vale, ... ¿y? ... Pues nada, que me pareció interesante y a su vez me conecta con otro asunto.
Venía de cerrar el curso con la proyección de Freud, pasión secreta (John Houston, 1962), un film que nació con vocación de clásico y que en la fiebre del tecnicolor fue rodado en blanco y negro. Monty Clift nos regala un Freud atormentado y apasionado descubriendo a machetazos la intrincada senda del inconsciente, muy diferente del astuto y consagrado burgués que recrea Viggo Mortensen en Un método peligroso (David Cronenberg, 2011). Si no la han visto, no se la pierdan.

Descuiden, no voy a destripársela. Sólo comentaré una línea muy precisa, la investigación que lleva a cabo en el tratamiento de Cecily, una paciente que hereda de Breuer y que es un remedo de la célebre Anna O. Para poder curarla, descifrando el sentido oculto del síntoma que la aqueja, va a abandonar la hipnosis, recurso que practicaba con Breuer para acceder al material olvidado, y dará paso a la técnica de la libre asociación, mediante la cual se conmina al analizante a expresar en voz alta todos los pensamientos que pasen por su mente evitando cualquier censura. Esa modificación técnica es un salto cualitativo sin precedentes, pues deja de lado la sugestión como vía de entrada al inconsciente y se abandona al poder espontáneo de la palabra desnuda, ella sí emisaria involuntaria de sus mensajes cifrados y sus señales a contrapié. Es ese hallazgo genial de Freud el que nos enseña a reconocer las huellas del inconsciente, no tanto en la profundidad de simas abisales como en la superficie del discurso, a ras de frase, en un vulgar desliz o en un inocente lapsus.

En la peli lo podemos observar en ese juego de palabras y homofonías que le lleva a asociar y transitar desde unas enfermeras peculiarmente pintadas a ... ¡tachán!... unas prostitutas. Y es ahí donde le formula la pregunta sobre cuándo fue la primera vez que escuchó esa palabra y, rastreando, rastreando, localizará el recuerdo infantil en  el que es sorprendida por su madre mientras se pintaba desmañada ante un espejo, y tirando de ese hilo, se despliega dolorosamente el dilatado historial putero de su amado padre. Pastel crucial que fantasmatizará su Edipo. No les digo más.

Días después vi Truman, la triunfadora en los últimos Goya.
Dos amigos se reencuentran para despedirse ante la inminente muerte de uno de ellos (Ricardo Darín y Javier Cámara, impecables)
La camadería fluye con la naturalidad más cotidiana y el pudor silencia la congoja que rezuman sus miradas. No se habla de sentimientos por más que se manifiestan en el borde de cada gesto.
Sobran las palabras, diría la reseña oficial, pero, disculpen que interrumpa...¿Realmente sobran?

Es éste un asunto con el que me tropiezo de cuando en vez, una suerte de consigna que preconiza el valor del silencio sobre la palabra, en la convicción de que las palabras van a embarrar lo genuino de la experiencia, así que mejor callar y quedarse con la experiencia pura y dura, sin aditivos ni colorantes.
No es éste un asunto menor ni baladí. Al contrario, a mi entender es capital. Y creo que vale la pena plantear algunas consideraciones al respecto.

La tesis más extendida que auspicia este enfoque suele endilgar al ejercicio de la palabra el calificativo de 'mental'. "Es muy mental", es el san Benito más repetido que se le cuelga al psicoanálisis desde un cierto sector de la psicoterapia humanista. A diferenciar de la crítica que se le hace desde el púlpito cognitivo-conductual, que tacha al psicoanálisis de no ser científico y arrambla con él por no ser más que pura palabrería. Son pues dos críticas que giran alrededor de la palabra, santo y seña del psicoanálisis, pero cualitativamente diferentes. Dejaré hoy a un lado la que concierne a la acientificidad del psicoanálisis para centrarme en aquella que lo denuncia como muy mental.

Es bien sabido que Perls ejerció el psicoanálisis durante bastantes años y que un conjunto de razones le llevó a abandonar su práctica y a desarrollar un modelo terapéutico nuevo y alternativo que cuajaría en la terapia Gestalt. Entre muchas de las diferencias que introduce destacaré el abandono del diván como lugar desde donde evocar 'pasivamente' recuerdos con el cuño de la infancia, es decir, de allí y entonces, para pasar a un trabajo activo centrado en el aquí y ahora de la experiencia presente.

Llevo colaborando más de veinte años en tareas de formación con un equipo de raigambre eminentemente gestaltista y bioenergética, y doy fe de que el aporte novedoso que hace su praxis es realmente eficaz y fecundo, especialmente en lo que atañe a su dimensión grupal y corporal, que es de la que he sido testigo. Es ese escenario el que me ha permitido escuchar a muchos alumnos de la más variada procedencia pronunciarse en los términos antedichos.

¿Qué se quiere decir cuando se dice que el psicoanálisis es muy mental?

Resumiré la idea que a mi entender subyace en los testimonios recogidos diciendo que mental vendría a ser sinónimo de razonativo, neologismo que abarca acepciones como razonador, explicativo, interpretador, argumentativo ... cuando no, jalarse el tarro, hacerte pajas mentales o pegarle vueltas al coco. Pues eso, muy mental. y claro, todo ello se traduce en palabras, osease, que es muy verbal.
Así que ya tenemos la ecuación completa:

Psicoanálisis = muy mental = muy verbal.

Frente a esa deriva palabrera, rotonda de extravíos varios, se promovería el valor de lo experiencial como una vía de expresión directa en su dimensión de acción y emoción (y/o sensación), que como dije antes, es algo a celebrar. Pero procede hacer algunas precisiones.

Creo en primer lugar que plantear antagonismos del tipo "mental vs emocional" conduce a un maniqueísmo simplista que no lleva a ningún lado.

No por obvia podemos omitir señalar la chapuza que supone la ecuación establecida líneas arriba.
Que mentar lo mental sea como mentar al mismísimo Belcebú es tan disparate como pensar lo verbal como caca de la vaca. Es de Perogrullo que con la palabra se puede hacer de tó, desde las mayores calumnias y estafas hasta la poesía más íntima o luminosa. Que hay palabras inanes que te resbalan y otras que son un golpe seco como un zasca.
Lacan en su obra temprana va a distinguir la palabra vacía de la palabra plena, un término que, en confianza, no me mata. Pero cualquiera puede reconocer la diferencia entre la palabra falsa y hueca de los políticos en campaña y el relato desolado de un superviviente de la última patera naufragada.
Sí, hay palabras y palabras.

Así que condenar a la palabra como tal, no sólo es un lamentable error, que lo es, sino sobre todo es abrir una puerta al horror. El psicoanálisis no concibe al sujeto sino desde su condición de sujeto del/al lenguaje. Parletre es el afortunado neologismo que acuña Lacan para dar cuenta de esta cuestión esencial. 'Hablanteser' traducen algunos, 'hablente' dicen otros. Yo prefiero 'hablaser' o 'ser de palabra'. Porque es la palabra, el lenguaje, ya lo decía Aristóteles, lo que nos hace humanos.

Concebir al hombre, o su verdadera esencia, como algo previo o ajeno al lenguaje es una pretensión animista nostálgica del paraíso, el sueño de un retorno a un estado de naturaleza, es decir, presimbólico, perdido para siempre. Volver a la selva, y no solo por su deforestación, no es un destino plausible. Exiliarse del Otro sólo conduce al autismo y al goce oscuro de lo Real. Lo cual no es óbice para que suspender transitoriamente el circuito de la cadena significante, sustraerte momentáneamente a su flujo, puedan ser experiencias cumbre, peak moments de libertad, pero como en los ejercicios de apnea, intervalos de tensión limitada. Porque no es ningún secreto que la eternidad es un instante fuera del tiempo. Pregúntenle a Amanda por sus cinco minutos.

Pero allende los cinco minutos es perentorio volver a suministrarle oxígeno al cuerpo, pensamiento al alma. Y es que no hay que olvidar que la etimología de alma es 'psijé', que también significa pensamiento, y de ahí psiquismo y sus derivados.

Aclarado esto, se puede entender que conminar a callar y no hablar de la experiencia 'x', en el afán de preservarla de cualquier mácula verbal, es cuanto menos un propósito ímprobo, por ingénuo.
Pues por mucho que a alguien le corten la lengua nunca dejará de hablar consigo mismo. Y hace mil lluvias que Simon y Garfunkel nos ilustraron sobre los sonidos del silencio.

Tras cualquier ejercicio, mi consigna siempre es otra:
"Ponle palabras.Con unas pocas basta. Con una frase sobra"
La palabra acota la experiencia. La delimita. La concreta. la subjetiviza. Le da ex-istencia.

'La palabra mata la cosa', decía Hegel. Con Lacan podemos decir que la mata simbólicamente, es decir, que la representa. Y ahí estamos. Exiliados irreversiblemente de la Cosa.
Exmatriados, habitamos una realidad representacional. No hay otra. Lo otro, su más allá, es el desierto de lo Real. Y de eso sí, como diría Wittgenstein, mejor callar.


                                                                                       En  Madrid, 17 de Julio de 2016

lunes, 20 de junio de 2016

SOLSTICIO







Aunque ahora parezca increíble hubo un tiempo en que Kevin Costner era cool, o, para que no me llamen posmoderno, dejémoslo en que molaba cantidad. Era antes de que rodara bodrios como El guardaespaldas  o Waterworld y se le quedara cara, si no  de  batracio, sí  de medio anfibio, luciendo branquias bajo las orejas to  natural. Hay papeles que no  perdonan, que no tienen vuelta atrás. Pero  como  decía,  hubo un antes glorioso y fulminante desde su irrupción con Silverado,  ese decidido homenaje al  western clásico  con el que L Kasdan pilló con el  paso cambiado  al  mundo  cinéfilo,  pasando por su Elliot Ness con De Palma o su electrizante No  hay salida. Aunque nada comparable a  ese relámpago inolvidable que nos regaló sacándoselo de la chistera  que fue Bailando  con lobos. Strike!  O como  dicen en mi  tierra, arribar y  puar. Siete Oscar le concedió la Academia, incluidos los gordos, en su fulgurante bautismo como director. Nunca más. Tres pelis  añadió a su curriculum, siguiendo con la batracia antes mentada, que  lo  llevaron de  la cima a la sima. Pareciera un cruel castigo de  los dioses. O la vida misma.


Vale. Todo este prolijo preámbulo  para situar  en contexto a  K.C. y su BcL. Yo personalmente creo que los preámbulos son importantes. Son el primer contacto que uno  establece con el asunto,  y todos sabemos que  ‘el primer contacto’  va a marcar de forma sutil  o abrupta el  devenir  de esa relación en ciernes,  en este caso, entre lector y texto. Opera como un filtro. Así, por ejemplo, al lector indeciso que no le interese el cine, la intro anterior puede ayudarle a cambiar de plan y con un simple click pasar a otra cosa mariposa.
En realidad esto de escribir un blog tiene algo de contar un cuento. La diferencia  es que mis hijos escuchaban atentamente mi relato hasta el final (si la peque no caía dormida por el camino) y ustedes pueden pasar del cuento si no les sale a cuenta. No  problemo.

Si decidieron continuar y acompañarme  por esta senda de palabras, anticipo que no sé dónde lleva. Porque de  un tiempo a esta parte escribir se ha vuelto una experiencia azarosa donde el yo piloto  tiene una ocurrencia cargada de cierto magnetismo y… … … ¡ya se verá  qué da de sí!
Para ello  es preciso confiar en la resonancia significante y abrirse  a sus encantos, pero, a diferencia de la escritura automática de los surrealistas, no abandonarse ciegamente a sus reclamos, sino jugar con ellos.
Habría una idea popular muy extendida  que  piensa que abrirle la puerta al inconsciente  es  abocarse al sinsentido  y sus  estragos, una suerte de territorio satánico y de  orgía negra. Bebe de la tradición romántica que rebelándose contra el paradigma de la Razón cartesiana y de sus acólitos neoclásicos, tan apolíneos  ellos,  reivindican con furia el territorio de la pasión, la tormenta de las  pasiones, ámbito donde reina la oscuridad  de la noche frente  a la  claridad del  día. Y en la oscuridad  de la noche de un verano que parecía invierno, en Villa Diodati,  junto  al  lago Leman, la flor y nata del romanticismo, (Byron y Shelley, en realidad  Mary S. y Polidori), una  pandilla de protohipys, dieron a luz a sus inmortales criaturas  de horror y  pesadilla, el vampiro y el monstruo, franquicias del terror de masas dos siglos después.

Como decía, la imaginería popular haría de estas figuras la encarnación de sus pulsiones más inconfesables y como tales, las más temidas, sepultadas en las profundidades de su alma. Ese lugar oscuro y  secreto vendrá a ser la semilla del famoso subconsciente, término  que recogerá Freud en sus primeros trabajos para dar cuenta de una actividad psíquica más allá de la conciencia y que abandonará pronto para sustituirlo  por el de inconsciente, con el que remarca su condición de negatividad respecto de  la conciencia y a su vez se desmarca del glosario popular. A día de hoy es un indicador infalible para situar a nuestro interlocutor y su grado  de conocimiento de la obra freudiana. Tan contundente como decir furboneta. No engaña.

Metidos ya en faena es un buen momento para limpiar alguna que  otra telaraña. Por ejemplo, dejar  claro que no  es lo mismo inconsciente que ello, por más que una cierta pereza teórica llevara a asimilarlos tras formular Freud su segunda tópica,  ya saben, su segunda configuración del aparato psíquico, constituido por tres instancias: Ello, Yo y Superyo, a  distinguir de la primera tópica y sus  tres  sistemas: Inconsciente, Preconsciente y Consciente.

El error vendría  de pretender sustituir una por otra y confundir sistemas con instancias. No es mi intención desgranar las diferencias, sólo señalarlas.  Porque esa diferencia es capital para poder entender las dos acepciones del término Inconsciente: como adjetivo,  aplicable a las instancias,  y como sustantivo,  referido al sistema homónimo. Es este  último al  que nos referiremos cuando hablemos del “Inconsciente”.

Y si hablamos antes de la  acepción  popular  del  Inconsciente como territorio del ‘sinsentido’ y sus estragos, ahora toca ya aclarar, aunque  pueda resultar decepcionante para los más  románticos, que el  inconsciente no  es ajeno al  sentido, antes al contrario, que  está atravesado por él,  aunque obvia decir que no  estamos  hablando del sentido común si no de un ‘otro’ sentido, la otra escena  que diría Freud, compuesta por  el  conjunto de las  representaciones reprimidas. Y ahí pululan revueltas y disfrazadas las interminables sagas deseantes de los culebrones neuróticos.  Constituirá la base de la que  llamamos clínica del deseo.

A distinguir de  esa clínica por fuera del sentido, ésta sí, ajena a él, que en lacanés vienen  a llamar clínica de lo  real y  que yo prefiero llamar clínica de la pulsión

Y de repente  me  saltan  todas las alarmas…¡quillo! ¿dónde  vas? Unos cuantos pueblos te has  pasado. ¡Que esto no es el seminario! ¡que el curso se  ha acabado!  ¡que es el blog en zapatillas! y que el veranito está aquí y yo con estas pantuflas, ¡me da calor solo pensarme!  Urge  una  matrixmorfosis… … …3, 2, 1  Alehop!

¡Ya está! Habemus chanclas. Los que no  le hayáis dado al click y hayáis llegado hasta aquí, gracias por vuestra paciencia y vuestra confianza. Ha sido un curso largo.
Disculpad la traca. Huele a Hogueras. Es tiempo de pirarse. Las Negras  me esperan.  Feliz solsticio.


                                                                        Mamouna, 20 de junio de 2016             

domingo, 24 de abril de 2016

No es lo mismo Hernández que Fernández

  






Soy un ignorante, soy un ignorante
No te veía y te tenía delante
                                                 
                                                  La Marabunta


Pues eso, que soy un ignorante, pero mi ignorancia no es docta, ni siquiera semidocta, sino amplia, generosa y convencida. Aunque yo no diré cómo dicen que dijo Sócrates, "sólo sé que no sé nada", porque aparte de no tener ni un atisbo de su ingenio, tampoco creo que eso sea así. Porque yo sé que sé poco, muy poco, requetepoco, pero ese poco que sé es algo, y algo es más que nada y aunque ese algo no sirva de mucho, ni para muchos, a mí me vale para ir tirando en este contubernio de claroscuros que es la vida. Así que aunque no suene  tan rotunda y extrema como la del Maestro, la diré a mi manera: Sé bien que sé poco, pero aunque mi poco no llene el granero, ayuda a su compañero. Y ahí voy. Ahí vamos.
Quien quiera venir, claro! Que este viaje en zapatillas no obliga a nadie, que es como el Camino de Santiago, lo hace quien quiere, porque quiere, cuando quiere y como quiere. 
A su aire y respirando.

He mentado al viejo Sócrates, del que vi una representación no hace mucho, encarnado por Jose María Pou.
Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano se llamaba, y fue una gran interpretación aclamada por el público y la crítica. Un par de meses después pude asistir en Madrid a ver Vida de Galileo de Bertold Bretch, interpretada por Ramón Fontseré. Fervorosos elogios y vuelta al ruedo a su vez. Vale, pero esta no es una columna teatral, así que me abstendré de hacer críticas al uso sobre las obras mencionadas. Me limitaré a comparar a los dos egregios personajes para ilustrar unos conceptos teóricos que considero capitales.

Veamos. En el caso de Sócrates ya sabemos, y el título de la obra lo dice explícito, de qué va la historia.
S es un filósofo militante en busca de la verdad. Pero la verdad es una cuestión muy vasta, con muchas caras para abordarla, y él se desmarca de sus insignes predecesores que indagaban sobre la verdadera naturaleza de las cosas para centrarse en un territorio bastante más escurridizo como es la verdad subjetiva. Practicaba para ello una técnica muy particular, la mayéutica, aquel arte que mediante la palabra alumbraba en el interlocutor la verdad subyacente tras sus contradicciones y falacias. Ese dar a luz verdades espinosas era una experiencia ardua y a menudo dolorosa, como un parto, y de ahí su etimología ('partera').
Guarda semejanzas con el oficio del psicoanálisis, pero también serias diferencias. 
Sócrates pensaba que el error en el que se hallaba sumido el afortunado discípulo improvisado era cosa de simple ignorancia, subsanable con un poco de paciencia y una buena explicación aclaratoria. La lógica de la verdad se impondría en su evidencia. Pero nosotros ya sabemos que evidentemente, evidente miente, a veces. Y también sabemos que el que los acorralados en sus imposturas se rebotaran ante las bienintencionadas lecciones lógicas del aplicado sabio no era cuestión de simple ignorancia informativa sino de algo bastante más proceloso que Freud denominó resistencias y que con Lacan llamamos goce.

Ya he dejado dicho en alguna otra ocasión qué en mi opinión el término 'goce' no es una buena elección, porque es equívoco, pero no un poco, sino mazo. Y tal como está el patio de enredado, flaco favor (nos) hacemos rizando el rizo. Pero es lo que hay y habrá que apechugar con ello.
Lo primero que hay que aclarar es que goce no es sinónimo de placer, ni de lejos, aunque en castellano parezcan vecinos semánticos. Hay que añadir a su vez que goce es un concepto muy polisémico de serie. Lo cual nos anuncia que el bacalao está servido. Así que me ceñiré a la acepción que en esta ocasión nos atañe, y que en su versión más simple reza así: aquel empuje a la completud que no quiere saber del límite.

¿Por qué creéis que llevaron a juicio a Sócrates?
Porque en su afán de instruir en la verdad a sus conciudadanos y confrontarlos con su falta les tocaba sus partes más sensibles, incluidas las narices y su narcisismo.
Tremendo temazo el del narcisismo que ya hemos tratado en algún otro post. Pero hoy aludiré a la vertiente de goce, es decir, de completud, que persigue la imagen especular, completud imaginaria a la que uno se aferra para no saber del tutifruti fragmentario que nos consiste la identidad, un patchwork de visceras revueltas e identificaciones variopintas al gusto del chef. Visto lo visto, mantener la imagen unitaria y sin tacha es primordial.
Verse confrontado uno con sus miserias agrieta el espejo y ese es un trance que no le agrada a nadie pasar, así que lo más sencillo es recurrir al borrón y espejo nuevo, a la vez que, de paso cañaso, al testigo eliminar.
No es lo mismo señalar con el dedo la llaga que el paciente en su desdicha quiere curar, y aún así, cuidadín!, que destaparle sus vergüenzas a un ateniense posturante en medio del ágora a una hora punta. Ojito con el amor propio herido. La venganza es un plato caliente que se sirve bien frío y por esos barrios tiene un nombre propio: Cicuta.
Pero ese es otro cantar.

El caso es que tenemos al buen Sócrates encerrado en la mazmorra esperando su cita con el veneno letal, cuando Critón, su fiel amigo y discípulo, atribulado, le ofrece la posibilidad de escapar.
"¿Toda una vida promulgando el respeto a la ley, para ahora, en el momento de la verdad, burlarla? No Critón, no vale la pena, me sentiría mendaz e indigno"
Así que con su dignidad bien pertrechada y la entereza que procura actuar en conciencia, afrontó sereno aquella muerte injusta, y con aquél acto irrevocable escribió su testamento ético. Cabeza de serie en el Olimpo filosófico, mártir laico y santo y seña de la Causa.

Galileo Galilei, por su parte, es ese sabio que estudia el firmamento con los ojos de la razón y un telescopio (el primero). Y con esos mimbres hace un mapa de las esferas soltándose y saltándose los prejuicios y sujetándose a las matemáticas. Y resulta que no le salen las cuentas. O mejor dicho, resulta que haciendo cuentas se encuentra con que la verdad sagrada es un cuento, es decir, es del orden del mito, y él juega en otra liga, la liga de la ciencia. Y claro, está cantado, Houston, tenemos un problema. 

Es ejemplar la escena en el palacio del príncipe de Florencia cuando va a mostrarles el hallazgo con el que refrenda la tesis copernicana del heliocentrismo, "que es la tierra, como los otros planetas, la que gira alrededor del sol", y los sabios de la corte se mofan de él con la soberbia que confiere la ignorancia, y en nombre del gran Aristóteles ni siquiera se dignan a observar por el telescopio.
Pero si desde la curia científica le cayó el desdén, desde la curia romana y su Santo Oficio le cayó la prisión y la amenaza de una condena por herejía como la que años atrás le costó la vida a Giordano Bruno. Visto lo visto y ante la inminencia de las torturas correspondientes, especialidad de la casa, decide retractarse y abjurar.
Salva la vida sí, pero no le sale gratis. Aparte de ser condenado a reclusión domiciliaria perpétua, la deshonra y el oprobio entre sus colegas y discípulos le persigue hasta sus últimos días.

Hay un diálogo imprescindible en la escena final con su antiguo discípulo Andrea, casi un hijo adoptivo, que durante el proceso inquisitorial siempre proclamó su convicción de que su maestro resistiría y que no claudicaría ante el embate obsceno de la canalla irracional, que estaría dispuesto a cumplir con su destino y afrontaría gallardamente la hoguera en pro de mantenerse fiel a la verdad.

Error. Horror. Va a ser que no. No fue una enorme decepción, o no solo eso. Fue más una traición cobarde, inconcebible e imperdonable. Un borrón imborrable en la inmaculada página que la historia reserva a sus héroes con aroma a chamusquina.
Galileo se disculpará con un lacónico "Pues sí, llevo muy mal el dolor, y mi cuerpo es alérgico a la tortura". Por otra parte, en esa prórroga que le sacó a la vida y en la soledad de su exilio doméstico, pudo redactar clandestinamente sus últimas elaboraciones astronómicas y dejarlas como impagable legado a la posteridad. Pero esa es otra historia.

Vale. A lo nuestro. ¿Y todo esto pa qué? se preguntarán ustedes vosotros, que decía aquél.
Y harán bien, porque he de confesar que a estas alturas, como ya viene siendo costumbre, no sé muy bien en qué acabará esto, cosas de la libre asociación y sus derivas significantes, 
que en su libertad resonante va improvisando un camino que no estaba en los mapas. Y ya sabemos que Itaca es la excusa perfecta para irse de marcha.

Hoy nuestra marcha ha partido de estos dos personajes que el azar trenzó en mi camino de aficionado al teatro, Sócrates y Galileo, que nos sirven de referentes para ilustrar un concepto tan bonito como es el de la posición subjetiva, que si nos ponemos ortodoxos, en psicoanálisis remite a aquella posición que adopta el sujeto en su encuentro con la castración (glups!).
Los que tengáis ya callos en los juanetes de acompañarme en estos extravíos sabéis que cuando decimos 'castración' estamos diciendo 'límite'. Y que éste, el límite, es el concepto clave de la película, sea cual sea la peli que estemos viendo.

Dicho esto, vemos que en circunstancias relativamente semejantes S y G optan por salidas bien diferentes. Uno, S, teniendo la oportunidad de salvar la vida de una condena injusta, renuncia a ella en nombre del respeto a la ley, algo que ha defendido siempre. Cuestión de coherencia, se supone.
El otro, ante la inminencia del bufido siniestro del potro quebranta huesos, donde dije digo, digo Diego. Un bocas.

En el Panteón de la Historia, Sócrates refulge con luz propia, y un aura de excelencia nimba su figura, intachable protomártir de la Ética.
Galileo, por su parte, ocupa un lugar señalado, pero en una casilla bien diferente, la de las víctimas de la intolerancia ciega ejercida implacablemente en nombre de la Fe. Munición de gran calibre, siempre a mano, en la cruzada anti religiosa, pero en lo que a su conducta respecta, poco se le reconoce de ejemplar. Y es que, como decíamos antes, no estuvo a la altura que se le presuponía para habitar eternamente en el podio de los mártires de la Causa.

Lo cual nos lleva inevitablemente a tener que preguntarnos de qué demonios se trata la tal Causa.

En realidad el tema concernido es lo de menos. Aquí lo que importa es la mayúscula, lo que intentamos representar con ella. Y para ello es preciso que introduzcamos un par de conceptos del estock psicoanalítico de los de recorrido más indeciso y errabundo ya desde su origen, pues Freud, por momentos, los utiliza indistintamente.
Se trata del Yo Ideal y del Ideal del Yo, los Hernández  y Fernández del psicoanálisis.

No les voy a aburrir con barbitúricas peripecias eruditas, una aventura tan excitante como ver crecer la hierba. Así que iré directamente al grano. Les voy a dar mi versión del asunto, que desde ya les digo que no se corresponde con los usos al uso, que a mí, personalmente, me resultan confusos. Seguramente es por defecto mío. Me he machacado bastante al respecto en el curso de mis andanzas por los logaritmos lacanianos, pero con los años me he ido relajando, y, asumiendo mi déficit, he llegado a la conclusión de que cuando distintos de sus exégetas dan versiones diferentes cuando no antitéticas de lo mismo, el tal 'lo mismo', más allá de mi miopía, no está claro.
Lo cual, una vez atravesado el pasmo y la orfandad correspondiente, resulta muy liberador, pues me legitima para dar mi visión particular, siempre y cuando  la argumente con criterio y rigor, cosa que honestamente intento.

Volviendo con los Dupond y Dupont del tema (que como sabrán, sólo se distinguen por el remate de sus mostachos), diré que ambos dos son modalidades del Ideal, pero en su homofonía de trabalenguas, representan dos modos o modelos muy diferentes.
Ya conocen por posts anteriores los Tiempos del Edipo, y en viendo Padres hay más que uno, recordarán que distinguíamos a un padre imaginario(o fálico), representado por Palminteri, el gánster, y un padre simbólico, De Niro, el conductor de autobús. Ya distinguimos sus dos modos de posición en relación a la ley, como Amo el primero y como su representante el segundo. Y decíamos que aquél era el representante de la completud y éste el representante de la falta. La falta en él álgebra lacaniana se representa como una barra ( ) y representa la llamada castración simbólica, que el padre ha ejercido en su función.

Vale, teniendo en cuenta estos elementos, sólo hay que aplicarlos a la cuestión del Ideal.
Y distinguiremos pues dos modalidades de Ideal.

El Yo Ideal, o Ideal que opera en régimen imaginario, es decir, sin límite, sin tacha o barra.
Yo le llamo coloquialmente el Ideal Tirano, y es aquél que rige nuestras vidas de manera tiránica, desde una exigencia extrema, insaciable y voraz, intolerante ante cualquier atisbo de falta. Uno hipoteca su vida en intentar alcanzarlo, calmarlo, colmarlo...pero es en vano. Nunca es suficiente, pues siempre falta algo, siempre falla algo, y aunque parezca increible, son legión los que están por la labor.

El Ideal del yo va a funcionar de otra manera, más tranqui. Le hace sitio a la falta y desde ella  se motiva en buscar aquello que alienta su deseo. Yo le llamo Ideal motor, y se convierte en la brújula que guía tus pasos, motor progresivo que empuja hacia delante pero haciéndole sitio al tropiezo, al 'casi', al 'por poco', al 'no se puede ganar siempre', al 'otra vez será', al 'no  hay mal que por bien no  venga', al 'por lo menos lo he intentado', al 'que nos quiten lo bailao'  y claro, al  'estuvo bien mientras duró'.

Si nos ponemos algebraicos los representaremos en su forma más simple, la I, inicial de ideal, atravesada o no por la barra ( / ), quedando (límites del grafismo asumidos) así:
I ) para el Ideal Tirano, ( sin barrar )
( I / ) para el Ideal motor, ( barrado )

Ahora ya estamos en condiciones de responder a la pregunta.
La Causa, así, mayusculada, remite al código de lo Imaginario, de las palabras henchidas que riegan de sangre la Historia, arengas de la estirpe del 'Por Dios, por la Patria y el Rey' con las que voz en grito se ha lanzado tanto soldadito anónimo a una muerte segura en pos de no se sabe qué maldita Gloria.
Y donde decimos 'Dios, Patria y Rey' podemos decir 'Libertad, Igualdad, Fraternidad' o 'Visca el Barça!', 'Trascendencia' o 'Psicoanálisis'.

Da igual ultra, fanático, iluminado o talibán. La cuestión es el tipo de vínculo que nos liga a la cosa, sea lo que fuere la tal. Pegado, fascinado, identificado, adicto, da igual. Fusión es confusión.
Huevo, Goce, Todo o Nada, Ideal.

Sócrates en su maximalista 'sólo sé que no sé nada' es congruente pues anticipa su elección postrera. Le consagra para la posteridad.
Yo me quedo con Galileo, con su apuesta por la verdad no-toda y su crepúsculo junto al mar.

Y es que no es lo mismo Hernández que Fernández, Zipi que Zape, Pili que Mili, o cualquier otros mellizos sin par, pues aunque parezcan iguales, no, no dan igual. Según quién gobierne tu barco, así será tu vida, así será tu navegar. 

Soy ateo, creo en el dios de las pequeñas cosas, Itaca puede esperar.



                                                                                               
                                                                                           Javier Arenas, en Mamouna, 24 de Abril de 2016


domingo, 14 de febrero de 2016

Acerca del Taller del Deseo y la Sexualidad. Una aproximación metapsicológica.









“¿Qué velos son esos que sofocan la  manifestación de  nuestro deseo, el encuentro con nuestra sexualidad?

Proponemos un  trabajo de exploración y contacto con nuestro cuerpo y sus invisibles lastres, a la par que un  desvelamiento de los fantasmas que  amordazan  e  impiden una más libre  expresión del  eros que empuja”.


Son muchos años ya citándonos por primavera lejos  del mundanal ruido para celebrar un encuentro terapéutico convocados por la llamada de dos significantes emblemáticos, deseo y sexualidad, dos palabras muy mediáticas que automáticamente disparan el lubricado imaginario  colectivo al punto de que algún despistado arribó pensando encontrarse algún tipo  de bucólica orgía pastoril  o, con un poco de chiripa y si  había luna, que le cayera el bingo de una bacanal negra. Mmmm. Para evitar chascos semejantes, aviso  para navegantes xxx: este no es su objetivo.

Sirva también para lectores despistados. En este post no voy a hablar de sexo, con todos  mis parabienes al susodicho,  sino acerca de sexualidad y deseo, y asumo desde el encabezamiento, con nocturnidad y alevosía, mi acercadeismo, imperdonable pecado capital gestáltico, lo sé, pero como también anuncio en el título, no pretendo más que una aproximación prudente y rigurosa a semejante y bravío bacalao. En una palabra, metapsicológica. ¿Meta qué? Pues esa es la cuestión, que hay que  meterse en harina, con todo lo que eso supone.  Ahí vamos.

¿Y por qué no voy a hablar de sexo?se preguntará alguno, y parafraseando a Frank Zappa diré, porque hablar de sexo es como bailar de arquitectura.
Pero además procede decir que el concepto de sexo remite habitualmente a lo genital, y la diferencia de los sexos, masculino y femenino, tradicionalmente venía marcada por la presencia o ausencia del pene, distintivo singular aún hoy en día en tiempos de ecografías HD.

Así que no hablaré ni de penes ni de vaginas; hablaremos del deseo y la sexualidad y trataré de aclarar en lo posible el batiburrillo reinante desde una perspectiva psicoanalítica, como corresponde a este humilde servidor en zapatillas, y les ruego me disculpen un momento, el preciso para servirme un Jameson y volver con ustedes, a los que invitaría encantado a que hicieran  lo mismo en pro de una confortable sintonía. Abstemios abstenerse.

¡Ea pues! Vamos allá. Les advierto que este asunto tiene bien poco de sexy y bastante de sesudo, pero es lo que tiene tratar de ponerle palabras a lo real, y nada más real que lo sexual.  Así pues es obligado empezar aclarando lo  que Freud intentó postular, que la sexualidad no se reducía a aquella actividad instintiva destinada a la reproducción, con su propina de placer, propia del mundo animal. 

Pero más allá de la milenaria tradición de la historia de la  anticoncepción por los medios más peregrinos saboteando el plan de la naturaleza (otros le llaman “de Dios”), Freud deshace la equivalencia  sexualidad=genitalidad,  a  la vez que desmonta la ecuación  psiquismo=conciencia. Esta doble operación dinamita el paradigma cultural de toda una época y junto con Darwin y Einstein dan paso a la  modernidad. Pero no nos engañemos, han  hecho falta cien años para que hoy  la ciencia confirme la existencia de las ondas gravitacionales, prodigiosas curvas en el  espacio tiempo, oscuros fenómenos del lejano infinito y más allá, pero pondría la mano en el fuego (¡ay! Mariano) y  no me quemaría, apostando que ningún Isotropón de última generación va a retratar al Inconsciente en pantalla digital alguna por más ultrasondas que le metan en el cerebro al neurocandidato de turno.

Así que asumámoslo, estamos solos en este rincón olvidado de la galaxia que el psicoanálisis alumbra. Sigamos con nuestra velita en ristre y vamos a ver qué vamos viendo.

Sexualidad no es (sólo) genitalidad. Más bien la genitalidad es una suerte de estación términi de un viaje  que empieza  mucho  más atrás, un viaje cuyo principio y origen ya es sexual, desde el polvo que nos engendra hasta el pecho que nos alimenta y calma nuestro primer llanto. Ese encuentro con el pecho nutricio ya es sexual dirá Freud, es más, será la semilla fundante del deseo. Porque cuando el bebé mama no solo ingiere leche, también se nutre de calorcito, de contacto, de mirada, de palabras, de  silencio y de amor. Con suerte, un completito muy nutritivo. Calorías para el cuerpito y para eso que llamaremos psijé o alma. Ese mix vincular fusional va a ser la matriz de la sexualidad y la huella psíquica de esa experiencia, que Freud designa experiencia mítica de satisfacción, se convertirá en la huella desiderativa, marca de un encuentro original con el otro al que siempre se evocará y perseguirá en vano pues ya nunca se alcanzará igual. Esa búsqueda tenaz y al final siempre fallida inscribe la tortuosa ruta del deseo, y a la energía que empuja y lo transita la llamará  libido.

A ese primer tiempo fusional de la escala libidinal le llamará autoerotismo y lo ilustra con el acto del chupeteo del bebé en el que mediante la acción  de chuparse el dedo o el chupete reedita alucinatoriamente la tal experiencia, zócalo psíquico de las futuras fantasías. Así pues en esa acción se imbrican la evocación mnémica y el llamado placer de órgano, resultado de la excitación de una zona precisa, aquí los labios, y que constituye la primera de las llamadas zonas erógenas, zonas privilegiadas en el encuentro con el otro, zonas orificiales sede de una excitación específica por la función de intercambio en juego.

Así pues la organización libidinal va a presentar  distintas fases en función de la zona erógena prevalente, determinando éstas su curso  evolutivo. Serán: la fase oral, la fase anal y la fase genital, aunque más tardíamente (1923) introducirá la fase fálica, precediendo a la fase genital. Simplemente las enumero pero no entraré en ellas porque sería muy farragoso. Quedaría para concluir el pastel, añadir el narcisismo y el heterotismo como los estadíos que completan la serie objetal que inauguraba el autoerotismo.

¿Cómo andamos de enharinados? Comprendo que para el turista, para el lego y para el  bisoño se haga ardua la digestión de tanto  concepto condensado. No problemo, que decía el Arnie, hagan como si meditaran, déjenlos pasar cual si fueran nubes. Y respiren.
Una vez respirados y con todo ese arsenal conceptual en la mochila estamos en condiciones de abordar el que será su concepto estrella, su carta en la manga, su dinamita pa los pollos. Señoras y señores, con todos ustedes…la pulsión.

A propósito de ella dirá Freud que “son seres míticos, grandiosos en su indeterminación” así que mucho me temo que tampoco las detectará el maldito Isotropón. Su grandeza mítica reside en ser un concepto límite entre lo psíquico y lo somático, ahí es na. Un híbrido para tramitar el eterno dualismo cuerpo/alma, un ente que permita articular campos heterogéneos como son lo orgánico y lo  simbólico.

Lo introduce en un texto clave, Los tres ensayos para una teoría sexual (1905), en el que tras hacer un recorrido por las perversiones sexuales catalogadas por Krafft Ebing en su conocida Psychopathia Sexuallis, las clasificará en dos géneros, según sean caracterizadas en cuanto a su desviación del fin o su desviación del objeto, dejando patente como planteábamos al principio, que la sexualidad humana no  podía pensarse en términos de instinto (instinkt), aquel patrón de conducta sexual que rige en la naturaleza encaminándola hacia un objeto predeterminado (heterosexual) con el fin prefijado de la reproducción. Es por eso que recurre al término trieb (pulsión) para desmarcarse de todo naturalismo en lo que a la sexualidad humana concierne. Demonizar y tachar de antinatural prácticas como la masturbación o la homosexualidad es no saber de la misa la mitad. O más bien al verrés, un saber todo-misa.

El paso siguiente va a ser un  martillazo a los cimientos de la ideología reinante. Va a evidenciar lo que era evidente, que hay una sexualidad infantil pregenital, con objetos parciales y sin fin procreativo, glups, a la manera de las sexualidades perversas, reglups, lo que le lleva a concluir su escandalosa tesis de que el niño es un perverso polimorfo. ¡Bang!¡Bang! Freud kaput.

Llegados aquí podría uno preguntarse ¿y para qué tanta alforja? ¿qué tiene esto que ver con el Taller? Lamento tener que abusar  un poco más de su  paciencia pero aún nos queda un paso más que dar. Go on!
Seguimos con Freud. (A Lacan ni mentarlo. Hoy no. No es computable). La brevedad apremia.

Pues resulta que el organismo se halla sometido a unas fuentes  internas de excitación constante de  cuyo  flujo no  puede  escapar y que constituye el  resorte del  funcionamiento psíquico. Es decir, que el  empuje pulsional va a tender a registrarse en el psiquismo. Y habrá un registro que constituirá el llamado representante representacional  (lo que en lacanés llamaremos significantes), y por otro lado contaremos con el llamado quantum de afecto, su substrato cuantitativo, condición más borrosa que remite al lado energético o libidinal.

Malabarismos lacanianos mediante, que hoy tendré  que soslayar, me llevan a postular que la dimensión significante de la pulsión constituirá el territorio del deseo. Y que la dimensión energética será la propiamente pulsional.

Establecido esto podemos proponer un Taller acerca del deseo y la  sexualidad donde una vez distinguidos metapsicológicamente los conceptos y sus campos de influencia se hará factible plantear líneas de trabajo específicas.

Habrá que desarrollar todo un trabajo sobre el cuerpo como vía privilegiada para abordar la dimensión energética de la sexualidad, sus bloqueos y sus éstasis (con ‘s’, claro, pero con la ‘x’ en el horizonte). Un trabajo donde la Bioenergética, la Biodanza y el Tantra se amalgaman y  encuentran su lugar idóneo de expresión.

Y por el lado del deseo, un trabajo sobre el fantasma y sus velos, una exploración sobre la encrucijada edípica, sus tramas y sus trabas. Un poner luz allí donde está oscuro, y ahí, el psicoanálisis y el psicodrama freudiano tienen algo que decir y mucho que escuchar.

Y hasta aquí la semblanza teórica de un taller que es esencialmente vivencial. Un trabajo sinérgico con Susi, que cada primavera desde hace muchos años la vida me regala para disfrutar.


                                                En Mamouna, el 14 de febrero de 2016
       

sábado, 9 de enero de 2016

ACHERONTA MOVEBO









'Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo'
es el epígrafe, verso de Virgilio, con el que Freud abre la Traumdeutung, su obra magna.
"Si no me atienden los dioses del cielo, agitaré los del mundo subterráneo" viene a decir en cristiano, advertencia que suena a desafío, si no a ajuste de cuentas, y que podríamos enlazar con aquella admonición que pronuncia unos pocos años después, en llegando al puerto Nueva York invitado por la Clark University a dar unas conferencias y sorprendido por tan jubiloso recibimiento le comenta a Jung, "Si al menos supieran lo que les traemos...", que Lacan transformará en una versión mucho más inquietante, "No saben que les traemos la peste...", que es como ha prendido en la leyenda y que daría para sabrosas conjeturas sobre la genuinidad del tan cacareado 'retorno a Freud' del francés.

El hecho es que con la publicación de 'La interpretación de los sueños' Freud sienta los cimientos del edificio psicoanalítico, disciplina revolucionaria en lo que a la concepción y construcción de la subjetividad respecta.
Pero hablar hoy en día de revoluciones puede sonar a utopismos desfasados o a sueños rotos.
El siglo XX ha sido escenario y testigo de múltiples e intensas convulsiones políticas y sociales.
De ahí venimos y en sus reflujos estamos. Los temblores que sacuden al siglo XXI no son precisamente nada tranquilizadores.

En el campo 'psi' que nos atañe la subversión freudiana tampoco vive sus mejores horas en tiempos de cognitivismos y neurobiología, pero es que habría que dejar constancia de que más allá de los cuatro tópicos de traumas, divanes, Edipo y sexo que circulan en las viñetas de humor o en los catálogos de autoayuda, bien escaso es lo que del psicoanálisis ha trascendido con fundamento a nuestra cultura, por más que a veces nos pensemos el ombligo (secreto) del mundo.
Así que después de cien años de acenso y caída de su gloria y esplendor, a día de hoy no llega mucho más allá de ser considerado una reliquia teórica ocurrente que ha envejecido mal, una práctica obsoleta por farragosa, fantasiosa, interminable y proverbialmente cara.

Podríamos ponernos dignos y altivos y despachar tamañas críticas como infamias y resistencias, pero no nos engañemos, son tiempos donde el objetivo mass media es el goce low cost y urgente, y el psicoanálisis ni lo cultiva ni lo profesa, sino todo lo contrario.
¿Cuántos de nuestros hijos guasaperos abducidos por las pantallas y desertados del papel van a leerse un libro como el que tan amorosamente ha encuadernado Sarah Olsen?
Que cada uno se responda.

No seré yo quien entierre al psicoanálisis. Vivo de él. Creo en él.
Pero confieso mi pesimismo. Me siento de la tribu de los Mohicanos. Buena gente en extinción.
Mas que no decaiga.
Por eso hoy, uno de Enero de un año más, y poniéndoles a ustedes por testigos, me comprometo a seguir en la trinchera. O mejor. Guerrillero, formador de guerrilleros, seguiré en la brecha activa y montaraz de elucidar y enseñar a elucidar la verdad inconsciente, infiltrada y balbuceante entre los decires de aquellos intrépidos que se animan a asomarse a su lado oscuro.
Mientras el deseo empuje y el cuerpo aguante.
¡Acheronta movebo!

                                       
                                                               En Mamouna, Uno de Enero de 2016